A Macri se le rompió el equipo y se complica el futuro de Cambiemos

A Macri se le rompió el equipo y se complica el futuro de Cambiemos

La persistente caída en las encuestas de Mauricio Macri ha provocado un alto impacto dentro de la Alianza Cambiemos y del establishment en general, sobre todo a partir de que los números empezaron a indicar que hasta Cristina Fernández de Kirchner saldría victoriosa en un eventual ballotage al actual presidente.

Tal como los voceros de las principales corporaciones económicas y financieras se han encargado de divulgar a los cuatro vientos, tanto aquí como en el exterior, la ex mandataria parece ubicarse en su consideración más a la izquierda que el propio Demonio. Por esta razón, consideran indispensable reconfigurar la, hasta ahora, exitosa estrategia de la polarización, a la que aún apuestan todas sus fichas Jaime Durán Barba y Marcos Peña Braun. Sin embargo, cada día van quedando más aislados en su convencimiento, ya que los radicales parecen competir en la toma de distancia de la gestión presidencial, Lilita Carrió  no se priva de descalificar a Mauricio Macriante quien quiera escucharla, la Unión Industrial lo calificó como nefasto y hasta el poder financiero, el principal beneficiario de esta gestión, manifiesta sus dudas con contundencia: el riesgo país ha trepado a 708 puntos -el pico más alto en los últimos dos meses- y el dólar alcanzó prácticamente el límite de la banda de flotación cambiaria, rozando los 40 pesos en apenas un par de días. Las encuestas, además, son crueles en cuanto a la valoración que hace la sociedad de la gestión de Macri, que es desaprobado por más del 70 por ciento. El desencanto no se detiene allí: dos tercios de la sociedad supone que el año que viene estarán peor y está convencido de que el gobierno no sabe cómo salir de la situación a que nos condujo, a más de un año del recambio presidencial.

Por si fuera poco, las peripecias de la final de la Copa Libertadores han dejado en claro de que la gestión Macri no es capaz de garantizar la seguridad interior y cree a pies juntillas que los conflictos internos dentro del espinel de Cambiemos y de las diversas instituciones de seguridad y justicia han convertido a la Argentina en un barco sin timonel. Para la mayoría, la economía no terminó de estallar aún por la intervención del FMI al Banco Central y que sólo habrá posibilidades de un cierto orden durante el Encuentro del G20 simplemente porque nuestro país resignó su soberanía y colocó la cuestión en manos extranjeras. En síntesis, que estamos en manos de Dios, porque la república está colapsada.  

¿Qué pasará en los próximos meses, cuando se afirma que lo peor aún no ha comenzado, y que aún se esperan alrededor de 250 mil despidos y un enfriamiento polar de la economía? Este interrogante es muy difícil de responder, incluso para el más avezado escritor de obras maestras del terror. El poder corporativo admite una cuestión que lo desvela: su necesidad de construir un armado político que le permita atravesar el naufragio que dejará como herencia Mauricio Macri, a quien prácticamente todos consideran como un cadáver político, excepción hecha de los medios y formadores de opinión que recaudan generosamente gracias a la pauta oficial. Pero el blindaje mediático ya ha comenzado a ceder: la armadura está rota y los borbotones de sangre que fluyen de ella han despertado la voracidad política de toda la dirigencia, dentro y fuera de Cambiemos.

Desde hace bastante tiempo, el multimedio Clarín viene apostando a la creación de una especie de neo-menemismo, a partir de una alianza entre el Peronismo Federal, el Frente Renovador y el peronismo de Cambiemos -en particular, el cuarteto María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta, Rogelio Frigerio y Emilio Monzó-, detrás del cual deberían encolumnarse radicales no K, socialistas e independientes. Es un secreto mal resguardado que por poco no consiguió imponer un gobierno de transición en aquel fin de semana en que Macri decidió ponerse de rodillas ante el Fondo Monetario Internacional para no repetir la denigrante escena de la huida en el helicóptero presidencial. Pero la situación, lejos de haber mejorado, se ha degradado profundamente y para Magnetto queda en claro que la derrota de Cristina y su alianza entre Unidad Ciudadana y un peronismo light sólo sería posible a manos de una opción superadora que surja del propio peronismo, ya que de otro modo sería imposible sortear el tsunami económico, social y financiero que heredará la próxima administración.

En sintonía con esta línea de pensamiento, en los últimos días, el armado de Alternativa Argentina ya ha sumado a diez gobernadores peronistas o filo-peronistas -Juan Schiaretti (Córdoba), Juan Manuel Urtubey (Salta), Juan Manzur (Tucumán), Rosana Bertone (Tierra del Fuego), Gustavo Bordet (Entre Ríos), Domingo Peppo (Chaco), Sergio Casas (La Rioja), Hugo Passalacqua(Misiones) y Mariano Arcioni (Chubut), y Gerardo Zamora-, en tanto hay cuatro más en la gatera resolviendo su incorporación -Sergio Uñac (San Juan), Lucía Corpacci (Catamarca) y Carlos Verna(La Pampa) y Alberto Weretilneck (Río Negro)-, sumados a los fundadores Miguel Pichetto y Sergio Massa. Pero también se ha avanzado considerablemente en los acuerdos con el gobernador de Santa Fe, Miguel Lifschitz, y con diversos referentes de un atomizado radicalismo, como Margarita Stolbizer o Ricardo Alfonsín, y ya está prácticamente acordada la incorporación de Daniel Scioli, Marcelo Tinelli, Facundo Manes y Francisco De Narváez, estos tres últimos de la mano de Eduardo Duhalde. 

Sin embargo, hay un factor que aún continúa preocupando a quienes miran con optimismo este armado: el conurbano bonaerense. ¿Cómo conseguir despegar a los intendentes de una alianza con Cristina Fernández de Kirchner, cimentada en la mayoría de los casos más en el espanto que en el amor? Es allí donde las figuras de María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta se potencian decididamente. Enfrentados desde hace tiempo con la línea oficial Marcos Peña - Jaime Durán Barba, los antiguos laderos de Mauricio Macri en la Ciudad de Buenos Aires van creando en silencio, sin prisa, pero sin pausa, las condiciones adecuadas para pegar el portazo. Y en este sentido, los incidentes del súper clásico del fin de semana pasado excedieron largamente lo futbolístico. Allí el alcalde porteño aceptó el cachetazo de Mauricio Macri en una conferencia de prensa en la que trató desesperadamente de salvar a su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, a horas del inicio del G20, reclamando la cabeza de su par porteño, Martín Ocampo. Rodríguez Larreta la concedió con gusto: no era un hombre suyo, sino nada menos que el compadre y discípulo político de Daniel Angelici.  La relación entre el hincha de Huracán que preside a Boca Juniors y Mauricio se tensó hasta lo impensado, a punto tal que Rodolfo D’Onofrio, titular de River, aprovechó para declarar a los cuatro vientos que el presidente de la Nación compartía en esta oportunidad la posición de River de continuar el partido en su cancha y con público, en contra de la de Boca, que quería sacar ventajas en un escritorio.

Rodríguez Larreta celebró la situación y reemplazó al desprestigiado Ocampo por alguien que no cuenta con una especial versación en temas de seguridad, pero que es parte del corazón de su gestión y posee sólidos antecedentes familiares de pertenencia menemista: su vicejefe de Gobierno, Daniel Santilli, hijo del histórico presidente de River en los años 90, Hugo Santilli. Todo esto en plena campaña electoral en Boca, en River y en la Argentina.

La constelación política es frágil e inestable. Demasiado para un país como el nuestro. Y muchos se preguntan, fuera y dentro del gobierno, cuál será el futuro una vez concluida la cumbre del G20, cuando ya no queden compromisos internacionales significativos para atender y todos intensifiquen su distanciamiento respecto de un gobierno desvencijado, para posicionarse electoralmente.

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