El kirchnerismo y la Provincia, una historia de amor

El kirchnerismo y la Provincia, una historia de amor

Desde Perón, nadie había sido al mismo tiempo jefe del movimiento peronista a nivel nacional y jefe del peronismo bonaerense. Ni Menem. Néstor Kirchner rompió el molde y luego CFK siguió liderando. Una historia que hoy presenta nuevos desafíos.

 

Por Martín Granovsky

Pasaron 18 años desde aquella tarde de 2005 en que Cristina Fernández de Kirchner lanzó su candidatura a senadora por la provincia de Buenos Aires. Fue en el Teatro Argentino de La Plata, como hoy. Y, como hoy, fue un hecho clave en la relación de CFK con el distrito bonaerense. En aquel momento, Cristina concretaba su mudanza física y política. Y lo hacía en nombre de una jefatura: la de Néstor Kirchner, que como Presidente creyó llegado el día de romper con Eduardo Duhalde y encabezar sin mediaciones al peronismo más poderoso de la Argentina.

Había que remontarse muchos años atrás para encontrar una situación igual. Había que llegar nada menos que a Juan Domingo Perón. Perón era, sin duda, el jefe político del movimiento peronista y también el jefe político indiscutible del peronismo bonaerense. Mucho más adelante Antonio Cafiero fue gobernador de la Provincia, elegido en 1987, pero no había entonces un líder nato del peronismo. En todo caso Cafiero era un primus inter pares en la renovación justicialista que había empezado a asentarse desde 1985.

Ni siquiera Carlos Saúl Menem, jefe absoluto del peronismo a nivel nacional logró jamás ser el jefe del peronismo de la Provincia. Tuvo que llegar a una alianza con el caudillo del distrito, Eduardo Duhalde, que desde 1989 a 1991 fue su vicepresidente y desde 1991 a 1999 gobernador bonaerense. Duhalde tenía muy claro que pasar de la vicepresidencia a la gobernación no era un descenso sino un ascenso en la pirámide de poder. Y a tal punto Menem nunca pudo controlar el PJ provincial y el complejo aparato de poder que lo rodeaba que cuando quiso ir por la re-reelección se topó con el veto de la Provincia.

En 2003 Kirchner llegó a la Presidencia por el voto dividido del peronismo y por la certeza, expresada entonces por las encuestas, de que el 22 por ciento de los votos de la primera vuelta, el 27 de abril, se convertiría en un 65 por ciento si Menem se presentaba. Como se sabe, Menem huyó de la derrota en el ballotage. Quizás de hecho, con esa huida, obligó a Kirchner a construir un poder propio que no tenía. Y en ese envión llegó un momento en que no tuvo dudas: si quería liderar, tenía que correr a un costado también a Duhalde.

Era una jugada riesgosa. Además de las encuestas, que Menem leyó igual que Kirchner, éste consiguió el deseado segundo puesto en las elecciones de 2003 gracias al aparato bonaerense. Hubo dos claves. Una, el apoyo de muchos intendentes, en primer lugar el de Alberto Balestrini en La Matanza. Otra, el respaldo de UATRE, la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores que encabezaba entonces Gerónimo “Momo” Venegas.

Además de Balestrini, el sistema duhaldista garantizó los números de Kirchner. Hugo Curto garantizó una buena elección a Kirchner en Tres de Febrero y Manuel Quindimil en Lanús. En Lomas de Zamora aportó su estructura Eduardo Sigal, de los frentegrandistas que primero se alinearon con Kirchner desde que despuntó.

En Lanús las cifras finales favorecieron a Kirchner. Diez puntos por encima de Menem: 28 contra 18. En Lomas Kirchner sacó el 31 por ciento. En Moreno, 29 por ciento, cinco puntos por encima de Menem. En La Matanza, 33 a 21 por ciento. En Malvinas Argentinas, Kirchner obtuvo 31 por ciento contra 23 de Menem, 15 de Adolfo Rodríguez Saá y 11 de Elisa Carrió. En Quilmes, el resultado mostró un 29 para Kirchner contra un 19 de Menem.

Una curiosidad fue San Miguel. Los cómputos finales le dieron a Kirchner el triunfo con 23,38 por ciento, contra el 20,75 de Menem y el 19 por ciento de Rodríguez Saá, apoyado por el hombre fuerte local Aldo Rico.

En el Gran Buenos Aires en general, Kirchner superó su propia media nacional. Un 27 por ciento contra un 22. Cinco puntos de diferencia. Menem no llegó a empardar: 19,52 frente a su 24 por ciento en toda la Argentina. En 2003 La Matanza tenía 713 mil votantes, más que los de Salta y casi los de una provincia entera y muy poblada como Tucumán. Lomas, 400 mil. Quilmes, 369 mil.

Un año después de su asunción, Kirchner empezó a maquinar la ruptura con Duhalde. Lo terminó de planificar en junio de 2004, durante un viaje a China que se hizo eterno por las escalas, porque un homólogo del avión presidencial se había averiado y, por prevención, el Tango-01 solo podía viajar con la mitad de combustible. De vuelta de ese viaje, Kirchner dejó traslucir su plan a la comitiva. “Antes de romper con Duhalde voy a recorrer yo mismo la provincia de Buenos Aires”, reveló. Y anunció: “Y voy a negociar intendente por intendente”. De regreso de aquella gira, con paradas técnicas en la base de Guam, en la Polinesia y en la isla de Pascua, Página/12 reflejó la decisión presidencial con este título en tapa: “¿Duhalde? ¿Qué Duhalde?”.

Luego efectivamente Kirchner recorrió la Provincia y sobre todo el Gran Buenos Aires metro por metro. Y al final rompió. El 7 de julio de 2005 la señal pública más fuerte de esa ruptura fue el lanzamiento de Cristina en el Teatro Argentino de La Plata.  “La victoria que Buenos Aires necesita”, apuntaba un gran cartel. Y la presentó Balestrini, que antes comparó a Néstor con Perón.

"Cuando a alguien se le ponen escollos para gobernar eso no es libreto peronista, es más bien un guión de Francis Ford Cóppola”, dijo Cristina en su discurso. “Y no es doctrina peronista, es El Padrino".

Además del Presidente la escuchaban 13 gobernadores. Kirchner ya había ganado poder propio desde la Casa Rosada.

Tanto la ruptura como la forma de expresarla irritaron al ex presidente. “¿Ahora se dio cuenta de que soy el padrino?”, informó entonces Página/12 que dijo Duhalde. “¿Y Pampuro, que fue mi secretario privado durante tantos años, qué es?”. José Pampuro ya estaba con Néstor como ministro de Defensa y acompañaba a Cristina en la boleta, como segundo senador por Buenos Aires. Luego sería designado presidente provisional del Senado. Cristina y Pampuro ganaron. El duhaldismo se iría extinguiendo y Duhalde terminaría de perder sus caciques a manos de Néstor, convertido ya en un experto en el Conurbano profundo. 

Muerto Néstor, el 27 de octubre de 2010, también Cristina fue reconocida como jefa del peronismo bonaerense. Su liderazgo pareció peligrar en 2013, cuando un Sergio Massa ya separado del kirchnerismo le ganó las elecciones a diputados a Martín Insaurralde por 12 puntos: 44 a 32 por ciento. En 2015, CFK quedó con una debilidad relativamente mayor en la Provincia. El carácter sangriento de la interna entre Julián Domínguez y Aníbal Fernández jugó en contra del Frente para la Victoria, sumado al hecho de que las acusaciones falsas contra Fernández no solo lo perjudicaron a él sino al peronismo en su conjunto. Por eso se explica la victoria en tándem de Vidal-Macri, que dejó una advertencia: en palabras de Néstor Kirchner, "en política el que se la cree pierde, porque nada es seguro".

Desde entonces Cristina le empezó a dedicar más tiempo a conversar con los intendentes, a tejer alianzas, a preguntarles por su termómetro del Conurbano. Y para el 2019 no solo consagró candidato a Alberto Fernández sino que lideró el mayor peronismo de la mayor provincia del país. Incluido el Frente Renovador de Massa, amenazado con un futuro a lo Duhalde si no se sumaba al Frente de Todos. La influencia fue tal que nada menos que su último ministro de Economía, Axel Kicillof, obtuvo la venia para recorrer la Provincia y para ser candidato, hasta que le ganó por 52,15 por ciento a 38,49 por ciento de los votos a María Eugenia Vidal. A nivel nacional las cifras habían dado un 48,1 por ciento a Alberto Fernández contra un 40,7 por ciento de Macri.

Todo esto es, ya, historia. O incluso prehistoria. Ninguna encuesta le asegura al peronismo una victoria automática en la Provincia, sobre todo en condiciones de inflación y crisis. Quizás por eso Cristina en su discurso polemizó tantas veces, aunque sin decir su nombre y apellido, con Javier Milei: sabe, por las encuestas y por el relato de los jefes distritales, que en un futuro Milei bien podría esfumarse en el viento, como una moda, pero que entre sectores populares, sobre todo jóvenes, hoy no solo disputa los votos de Juntos por el Cambio. Y la clave para el peronismo, bonaerense o nacional, no es solo, para poner un ejemplo, ganar La Matanza. Es triunfar por 40 puntos y no por 20.

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