Monzó, más allá del cuento

Monzó, más allá del cuento

La baja de nivel de Monzó en Palacio en medio de las sesiones contra el tarifazo revela que Macri siempre busca primero ser implacable y recién después se fija cómo seguir. La historia de un negociador, de la 125 hasta aquí.

Por Martín Granovsky

El anuncio anticipado de que Emilio Monzó dejará la presidencia de la Cámara de Diputados apareció en medios políticos como un cuento. La historia trata de un pobre tipo cansado del ninguneo que quiere la embajada en Madrid para salir del serpentario. Otro protagonista sería el jefe del serpentario, Marcos Peña, quien le haría el favor a Monzó por encargo del soberano, Mauricio Macri. El cuento es atractivo para almas inocentes. Pero se olvida de la política.

¿Existe algún político en el mundo a quien le convenga quedarse en el puesto una vez que fue devaluado, como Monzó en la presidencia de la Cámara de Diputados? Difícil hallar un ejemplo. Las divergencias de Monzó con el tándem que forman Marcos Peña y Jaime Durán Barba no son personales, aunque siempre un toque personal le puede agregar disgusto al trabajo difícil. Son diferencias políticas. 

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La táctica de Peña-Durán frente al peronismo consiste en morderle la base social, fragmentarlo, cooptarle dirigentes y neutralizarle otros. Monzó lo sabe porque él mismo es un ex dirigente peronista que hasta 2009 fue ministro de Asuntos Agrarios de Daniel Scioli. 

El dúo más cercano a Macri quiere desplegar hacia el peronismo el mismo procedimiento que le resultó exitoso con los radicales. El Pro le comió los votantes a la UCR mientras incorporaba radicales sueltos: Hernán Lombardi, Jorge Enríquez, ex seguidores de Ricardo López Murphy como Esteban Bullrich. Luego, con los votos para Macri de Flores y Caballito en la mano, y más tarde con la perspectiva de ganar los de Pergamino y La Plata, forzó a la UCR como partido a decidirse. Por el Pro o contra el Pro. Los radicales resolvieron por mayoría la incorporación a Cambiemos. El Pro aplicó su método en la ciudad de Buenos Aires y luego en los grandes centros urbanos. 

Con los peronistas no tiene por qué suceder lo mismo que con los radicales. Pero Macri, Peña y Durán Barba quieren intentarlo. Primero la sociología y después la rosca. Que para la rosca hay tiempo. Falta un año para definir las precandidaturas del 2019. La práctica de Monzó es inversa: sin descuidar la sociología, primero la rosca. Pertenece a un sector del Gobierno que no se agota en los vicejefes de Gabinete Gustavo Lopetegui y Mario Quintana, y tampoco en el ministro de Finanzas Luis Toto Caputo. Es el mismo sector del ministro del Interior Rogelio Frigerio, que por ahora sigue en pie pero teclea.

Dinamita

Al sacar a Monzó o quitarle autoridad (aunque se quede al frente de la cámara baja ya está pintado) el Presidente de la Nación dinamitó un canal de negociación con los opositores, o si se quiere con los no macristas. Pero sobre todo dinamitó un escenario de rebelión. En la Cámara de Diputados se gestó, en diciembre de 2017, el mayor movimiento hostil a Macri en sus primeros dos años de gobierno: la pelea contra la poda en las jubilaciones actuales y futuras. Los no macristas al final perdieron la votación pero antes dejaron lastimado al Gobierno. Hicieron visible institucionalmente un tema que le producía heridas a una buena parte de la sociedad. Convirtieron la protesta social, en casa o en la calle, frente al televisor o frente a los balazos de goma, en protesta política. 

Acaba de pasar lo mismo con las tarifas. Otra vez los no macristas se pusieron de acuerdo, obtuvieron quórum propio y presentaron 29 proyectos contra los tarifazos y la explosión de los precios de la canasta alimenticia. De nuevo el oficialismo los bochó, porque los opositores no llegaron a los dos tercios necesarios para su aprobación en el recinto. Pero, como sucedió con las jubilaciones, por segunda vez en menos de seis meses una mayoría simple de diputados transformó un fastidio social muy amplio en un hecho institucional mediante una alianza temática de fuerzas dispares. También en estos casos  –jubilaciones y tarifas–  la sociología se hizo política. Tampoco en condiciones adversas Macri quiere un ámbito de negociación. Por lo menos si puede evitarlo. 

La 125 

A los 52 años, Monzó es un político veterano que ya tiene una forma de comportarse. A esa edad una persona dúctil sigue aprendiendo pero no cambia de personalidad. Monzó es dúctil. Pero antes ya una vez salió de la primera línea por diferencias con la conducción política de su espacio. Fue tras la crisis de la 125, promulgada en 2008, cuando dejó de ser ministro de Asuntos Agrarios de Daniel Scioli porque no quería confrontar con las entidades del sector sino negociar con ellas. No fue el único que sostuvo esa posición dentro del kirchnerismo y el peronismo. Buena parte de los funcionarios del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner advirtió que la 125 remataría en una derrota política y social y quiso tratar con distintas instancias. Uno fue Aníbal Fernández, que como ministro de la Producción de Eduardo Duhalde había tenido la experiencia de tratar mano a mano con las entidades agrarias. Lo había hecho una a una, no en conjunto, para evitar el emblocamiento de los grandes de la Sociedad Rural con los productores chicos y medianos de la Federación Agraria Argentina. Dirigentes todavía cercanos al kirchnerismo en ese entonces, como Hugo Moyano, también buscaron evitar el choque. Un choque que al final se produjo y dejó maltrecha la relación entre el peronismo y los sectores urbanos que apoyaban la movida del llamado “campo”. Muchos mordieron la derrota y siguieron en el Gobierno nacional. Otros rompieron abiertamente, o terminaron de hacerlo, como Felipe Solá o Juan Carlos Schiaretti, que llevaba un año como gobernador de Córdoba y justo en ese momento estaba acercándose al kirchnerismo. Y algunos fueron impulsados a apretar el botón eyector, como Emilio Monzó, que experimentó de primera mano el cambio de época. El partido bonaerense de siete mil habitantes del que fue intendente de 2003 a 2007, Carlos Tejedor, hoy está gobernado por un radical de Cambiemos, Raúl Sala.

Ex militante de la Unión del Centro Democrático antes de hacerse peronista, amigo de Florencio Randazzo, Monzó conoce las vueltas de la política. Después de irritarse con él, un año más tarde Néstor Kirchner lo llamó para conversar y pedirle que caminara la provincia de Buenos Aires para reconquistar el territorio perdido. Luego volvió a imponerse una línea más dura y colapsó el experimento.

La resolución 125 que implementó las retenciones móviles quedó en la cabeza de Monzó. Estos días varios diputados dijeron haberle escuchado que las tarifas pueden ser la 125 de Macri.

Monzó incluso le había pedido que estuviera cerca a Eduardo Buzzi, el jefe de la Federación Agraria en tiempos de la 125, para trabajar políticamente entre las clases medias de las ciudades chicas. Es el mismo Buzzi que este año, en un reportaje del diario La Capital de Rosario, criticó al kirchnerismo por no haber diferenciado en 2008 a los pequeños productores quitándoles retenciones y se autocriticó porque dijo que debió haber sido más prudente. Según confesó no le dejó margen a la política. También dijo que sería una suerte de vocero rural de Monzó. Y sostuvo que en los primeros dos años de gestión de Macri se retrasó el tipo de cambio, aumentaron los costos de producción y logística y las inundaciones añadieron su toque de mala suerte. Buzzi es pragmático y sigue soñando con una postulación en Santa Fe, donde da por muertos a los socialistas, pero el suyo no parece el discurso sin fisuras de Marcos Peña, que sonríe y dice que todo está bien y la gente compra por e-commerce. 

Lo cierto es que por segunda vez en diez años, no importa si por decisión propia o impulso ajeno, un político negociador como Monzó deja el puesto en medio de una pelea dura. El análisis personal sobre el abogado de Carlos Tejedor le corresponde a él mismo. Mientras, parece más interesante la mirada general: la baja de nivel de Monzó en Palacio revela que Macri prefiere la guerra. Mientras puede, destruye. Siempre busca primero ser implacable y después se fija qué hace. 

Macri pelea como los supermegaempresarios. Parte de la base de que, por default, el mercado es todo propio y después se verá. Queda un año y medio para saber si esa táctica es ganadora en elecciones o también desangra al que empuña la daga y agrede. En ese año y medio podría determinarse si la salida de Monzó habrá sido un síntoma de la recomposición de un espacio o, más bien, de su descomposición.   

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