Juan Manzur, el conservador que fabrica pesos

Juan Manzur, el conservador que fabrica pesos

El nuevo jefe de Gabinete está aprovechando un instante en el que el universo peronista se quedó sin dioses

 

Sostienen que un par de días después de su designación como jefe de Gabinete, Juan Manzur" class="com-link" data-reactroot="" style="box-sizing: border-box; margin: 0px; padding: 0px; border: 0px; font: inherit; vertical-align: baseline; outline: none; text-decoration-line: none; color: rgb(2, 80, 201); transition: all 0.2s ease-in-out 0s;">Juan Manzur describió ante un amigo lo que había percibido en el Gobierno: “Son ineptos o vagos”, estalló. Inmediatamente después empezó a llamar a ministros y secretarios de Estado a las 7.30 de la mañana o convocó a reunión de gabinete a las 8.30.

Ahora, todos saben que tienen que estar despiertos a esas horas inclementes del día porque la alternativa es que los despierte un telefonazo de Manzur. Sin homologar aquella descripción del jefe de Gabinete, lo cierto es que tanto Alberto Fernández como Cristina Kirchner se apuraron para cubrir con amigos cargos en el gobierno nacional sin detenerse en las aptitudes de las personas ni en su capacidad de trabajo. Un gobierno mayormente integrado por amateurs, que responden con disciplina ejemplar a las distintas capillas políticas que forman la coalición gobernante. Así llegaron hasta la derrota.

¿Esa descripción del Gobierno hace mejor a Manzur? Ser madrugador y ordenado no garantiza nada, aunque el gobierno de Alberto Fernández necesitaba, según salta a la vista, cierto orden. Manzur está aprovechando un instante en el que el universo peronista se quedó sin dioses. Alberto Fernández decidió recluirse de la mirada pública para preservarse de otra posible derrota porque aún le quedan dos años de gobierno por delante. Cristina Kirchner hizo lo que hizo siempre el matrimonio Kirchner: recluirse en El Calafate cuando lo aqueja la adversidad. Según los dos, una eventual nueva derrota el 14 de noviembre será una factura que irá a la cuenta de Manzur, no a la de ellos. Acorralados por la dimensión de la derrota, los dos decidieron (juntos o no, eso no importa) tercerizar la administración nacional y la concesión le cayó a Manzur. Las nuevas generaciones demostraron, por lo demás, que se acomodan solo para comer cuando la mesa está servida. Máximo Kirchner nunca habló; tampoco lo hará ahora. A Axel Kicillof le desgajaron el gabinete de amigos del café que había construido; todavía está protestando.

Rápido y perspicaz, Manzur entrevió ese vacío de poder en el gobierno kirchnerista y lo tomó para él. El exgobernador tucumano es un hombre de lealtades sucesivas. Después de estar durante ocho años bajo la tutela de José Alperovich, luego de ser una invención de este, decidió que su destino político era incompatible con la vida política de Alperovich. No paró hasta reducir al exgobernador a la insignificancia. Alperovich es ahora una sombra en Tucumán. Cuando Mauricio Macri ganó la presidencia, en 2015, Manzur fue el primer gobernador peronista en dar por terminada la etapa política de Cristina Kirchner, de quien fue ministro de Salud durante seis años. Lo dijo en público y en privado. Se acercó a Macri y hasta compartió con él la mesa principal de la comida de Estado que el entonces presidente le ofreció al entonces primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu. Lo merodeó hasta que advirtió que Macri no tendría una segunda oportunidad en la presidencia. Fue a partir de ese momento el más antimacrista y el primer albertista, si es que el albertismo existe. Para muchos peronistas, eso se llama traición, pero para otros, pocos, forma parte del minué propio de la política.

Manzur es un caudillo conservador del norte del país. Nunca se entendió qué hacía al lado de Cristina Kirchner, salvo por la conveniencia de estar donde está el poder. Cordial y de buenas maneras, es más parecido en su estilo a Menem que a los Kirchner. Sin embargo, hay que admitirlo: es un político ideal para un gobierno sin rumbo que perdió de mala manera una elección crucial. Manzur aprendió en la escuela de Alperovich las prácticas del clientelismo político. En Tucumán, el peronismo no regala heladeras ni bicicletas ni zapatillas. Entrega plata en la mano a la gente más necesitada con la condición de que vote a los peronistas. Directamente, sin disimulos. No corre el riesgo de una foto inoportuna.

Durante los 14 años que gobernó esa provincia el tándem Alperovich-Manzur no se solucionó ningún problema fundamental. Aunque los dos son personas inmensamente ricas, Tucumán sigue siendo la provincia del noroeste con más pobreza. El 44 por ciento es pobre y el 7 por ciento es indigente, según la última medición del Indec. El 60 por ciento de los niños viven en la pobreza. El 24 por ciento de los ciudadanos de Tucumán reciben prestaciones sociales monetarias constantes cuando el porcentaje a nivel nacional es del 13,4 por ciento. La “platita” está, según la fórmula que hizo famosa Daniel Gollan. La existencia de tantos pobres y las dádivas monetarias del Estado han hecho imbatible al peronismo tucumano en las elecciones provinciales y nacionales. En las vísperas electorales, el dinero se entrega en mano por parte de cada puntero que responde al caudillo, sea este Manzur o Alperovich. También hace lo mismo el enemigo provincial de Manzur y vicegobernador de este, Osvaldo Jaldo. La escuela del clientelismo llegó para quedarse en esa provincia.

Dicen que la primera instrucción que recibió el ministro de Economía, Martín Guzmán, de parte de Manzur fue breve y seca: “Aflojá con la billetera”. El problema de Guzmán (y del país) consiste en que no hay plata. La billetera está vacía. Solo les queda el recurso de la emisión descontrolada de dinero por parte del Banco Central. Es lo que están haciendo. Están también aventando el fuego de la inflación para los meses siguientes a las elecciones de noviembre. A un país con déficit en sus cuentas públicas y sin dólares en sus reservas lo aguarda solo el destino de un ajuste. Pero Manzur nunca piensa en las consecuencias. Serán problemas de otro día. La decisión de darles la jubilación anticipada a los desocupados agrandará aún más el déficit de la Anses. Ese organismo viene de digerir (mal) una avalancha de tres millones de jubilados sin los aportes suficientes –o sin aportes–. El precio lo pagan los jubilados que hicieron los aportes correspondientes y se jubilaron a la edad establecida. No hay recursos para todos. El Estado podría imaginar formas más creativas y modernas para resolver el problema de los desocupados que no tienen la edad de jubilarse en lugar de agregarle un conflicto más a la empobrecida Anses. La tendencia en el mundo es al revés: elevar la edad para jubilarse porque los que aportan no son suficientes para solventar el gasto previsional.

El blanqueo del personal doméstico es necesario, pero no debería ser un gasto más del Estado. En un país donde la economía informal supera el 40 por ciento de la actividad, el trabajo en negro tiene porcentajes parecidos. En varios rubros de la actividad económica, los aportes patronales significan casi la mitad del salario que cobra el trabajador. Un gobierno serio y responsable empezaría por bajar la carga impositiva de los salarios. Si no lo hace, la Argentina tendrá para siempre el piso del 30 por ciento de pobres que arrastra desde la gran crisis de 2001/2002. La pobreza tuvo porcentajes mucho mayores (como ahora, por ejemplo), pero nunca bajó de ese piso, ni siquiera en los tiempos extraordinarios de la benévola soja. Según el economista y exministro Hernán Lacunza, el ajuste se hace, pero lo hacen los privados: los jubilados, que vieron recortados sus aumentos; los sectores sociales que trabajan y consumen y que recibieron una oleada de aumentos de impuestos o de nuevos impuestos durante el gobierno de Alberto Fernández, y todos los argentinos que sufren el ajuste indirecto de la inflación. Tiene razón Guzmán cuando dice que no hubo ajuste de parte del Gobierno; fue el sector privado el que debió ajustarse. Otro economista, Enrique Szewach, describió la “lluvia de pesos” decidida por Manzur y señaló: “Ignoro si eso les alcanza para revertir el resultado electoral. Pero lo que no ignoro es que la Argentina está en modo ajuste estructural, porque no tiene dólares ni atrae capitales”, y agregó: “Desajustar, ampliando el gasto público con emisión, solo se puede hacer en el cortísimo plazo y es solo una fantasía”.

Pero Manzur es así. ¿Quieren los argentinos que el Gobierno declare la pospandemia? Adiós a la pandemia, entonces, aunque la Argentina se haya convertido en uno de los dos únicos países del mundo (el otro es Dinamarca) que declaró la pospandemia. ¿Les preocupa la inflación que pulveriza los salarios y la recaudación de las empresas? Habrá entonces más emisión de dinero espurio. Manzur hasta respeta toda la iconografía del peronismo. Funcionarios de Macri recuerdan un 9 de Julio en una Tucumán gobernada entonces por Manzur. Desfilaron los militares, la policía, los médicos y los maestros. Todos en estricto orden. Era la comunidad organizada de Perón o parecido, en la actualidad, a Corea del Norte.

Conservador y populista, el jefe de Gabinete tiene su propio plan. Si ocurriera el milagro de un triunfo electoral en noviembre, él se proclamará en el acto candidato a presidente para 2023. Si sucediera la más probable derrota, volverá a Tucumán para vérselas con su arisco vicegobernador Jaldo, que amenaza con hacerle a Manzur lo que Manzur le hizo a Alperovich. Manzur solo tiene licencia como gobernador y no tiene la posibilidad de la reelección en 2023. Por las dudas, también se inscribió como candidato a senador suplente por su provincia. Madrugar solo sirve a veces para que las peripecias incontrolables de la vida no lo encuentren entretenido en otra cosa.

Por Joaquín Morales Solá

Comentá la nota