La Argentina encallada

La Argentina encallada

Por: Eduardo van der Kooy. El kirchnerismo se queda sin argumentos para desacreditar los cuadernos de las coimas. Los testimonios le dan enorme verosimilitud.

El Gobierno no alcanza a estabilizar la crisis financiera y las estimaciones reservadas del Fondo Monetario Internacional (FMI) aventuran un bienio (2018-19) negativo para la economía. Mauricio Macri habla ahora de una tormenta de frente. De un agravamiento objetivo. La oposición principal, kirchnerista y peronista, continúa conmovida por el escándalo de corrupción más devastador que haya conocido la democracia desde 1983. Ambas circunstancias dejan en evidencia una certeza y un interrogante. La Argentina es ahora una nación encallada. Atrapada entre el lodo del delito y su crónica insuficiencia económica. ¿Está el sistema institucional y político en condiciones de hacerla zafar de esa trampa?

Al Gobierno y a la oposición parecen sucederle, en un sentido, cosas semejantes. El Presidente va corriendo detrás de los acontecimientos financieros, pero no consigue asirse a ningún ordenador que le brinde la política. Porque su administración carece de ese músculo. El kirchnerismo y los peronistas se ilusionan con usufructuar electoralmente las debilidades del poder. Pero ni uno ni otro esbozan todavía una construcción que se proyecte hacia el futuro. Cristina Fernández continúa siendo, para el goce del ecuatoriano Jaime Durán Barba, un escollo insalvable.

Los mercados le siguen marcando la cancha al Gobierno desde que despuntó la crisis de mayo. El macrismo no supo preverla quizá porque no calibró adecuadamente la mutación del orden internacional que se produjo entre 2015 y el presente. Pero tampoco logra tomar ahora la delantera, pese a que su gabinete está repleto de funcionarios provenientes de la actividad privada que supieron trasegar por años aquellos mercados. Salta a la vista la gigantesca brecha que existe entre ese universo y la función pública.

Ante la ausencia de un ordenador político pasan las cosas que pasan. Macri reacciona por cada corcoveo de los mercados. Se apoya en Nicolás Dujovne para emitir señales de austeridad y el compromiso de cumplir con las metas fiscales acordadas con el FMI. Está forzado a ejecutarlo incluso antes del Presupuesto 2019 que conversa con la oposición. El apuro desemboca en contradicciones. Se decidió la quita de reintegros a la exportación industrial apenas dos semanas después de que Dante Sica lo había negado enfáticamente. El ministro de Producción bancó la parada. Pero no pudo disimular la sensación de improvisación.

El ministro de Hacienda y Finanzas constituye ahora un puntal. Incluso para cierta comunicación pública que en el Gobierno asoma de nuevo raída y desorganizada. El círculo chico de Macri está para otros menesteres. No para inmiscuirse en el fuego de la compleja coyuntura. Marcos Peña es un fino analista sobre los comportamientos sociales. Pero no alcanza a convertir el método en una herramienta política. Los ministros coordinadores, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, parecen haber degradado en los tiempos difíciles su papel. Funcionan como auditores. Alcanzaría tal vez para una empresa. No para un país enrevesado y precario como la Argentina.

El Presidente es muy consciente de las dificultades que muestra la economía. Tiene en su cabeza casi todos los números. Pero resulta un rastreador menos diestro para imaginar alternativas políticas. A veces pesan demasiado en él los enconos personales. Aunque, dada la realidad, está delegando en otros aquella tarea.

El sábado anterior recibió en su casa bonaerense de Los Abrojos a María Eugenia Vidal y a Horacio Rodríguez Larreta. Hubo otro puñado de asistentes. La gobernadora de Buenos Aires y el jefe de la Ciudad siguen convencidos de que el cumplimiento de las metas fiscales debería contar con un soporte político mayor que el que ofrece el oficialismo. Un Presupuesto con buen anclaje para transmitir la confianza que falta a los mercados. Es cierto que los materiales para la edificación de aquel soporte no abundan.

Hay gobernadores del PJ que se ofuscaron con las medidas unilaterales de ajuste que adoptó el Gobierno. Pero también ocultan cierto temor por la mirada escrutadora de Cristina. Hay otros más dispuestos como Juan Manuel Urtubey y Juan Schiaretti. El mandatario de Salta formó parte, junto a opositores, de la delegación que acompañó a Macri a la asunción del nuevo presidente de Paraguay, Mario Abdo Benítez. Son las señas de acercamiento de que es capaz el Presidente. Por otro andarivel está el jefe del bloque de Argentina Federal, Miguel Angel Pichetto. Además Sergio Massa, la píldora más difícil de tragar para el ingeniero.

El escándalo por los “cuadernos de las coimas” se mete como un factor tóxico dentro de ese panorama. Por dos razones. No hay dudas de que su permanencia tendrá efecto negativo sobre la economía. Golpeará, sobre todo, a la obra pública. Espantará a inversores. Muy difícil todavía predecir su magnitud. Por otro lado, amenaza complicar antes al peronismo dialoguista que al kirchnerismo. Esta secta resulta impenetrable en sus creencias más allá de las dantescas revelaciones que se siguen conociendo sobre el sistema de coimas que regentaron una década Néstor Kirchner y Cristina.

Aquellas dificultades del peronismo se transparentaron en el Senado. Se reiteraron en una cumbre convocada por el gobernador de Tucumán, Juan Manzur, para voltear la suspensión de la rebaja de retenciones a derivados de la soja. Lo acompañaron apenas tres de sus pares. El bloque dialoguista de Pichetto quedó partido. Y no por la mitad. Sólo 9 senadores sobre 24 bajaron al recinto para tratar la solicitud de desafuero de Claudio Bonadio contra la ex presidenta para allanar tres de sus domicilios. Cambiemos hizo también su aporte inexplicable que desnuda de nuevo la falta de sistematización política: ¿cómo los popes oficiales en el Senado no tuvieron en cuenta que Esteban Bullrich estaba de viaje y una senadora fueguina, con licencia por enfermedad?

El dilema mayor para los peronistas dialoguistas aún está por venir. El miércoles habrá otra sesión para tratar el desafuero. Quizá se cristalice la fractura de aquel bloque. Estaría al caer además el dictado de prisión preventiva para Cristina por los cuadernos de las coimas que pondrá a Pichetto y al PJ en una situación extrema. El senador sigue aferrado a la tesis de que ningún desafuero para una detención puede ser concedido sin sentencia firme. Pero tampoco lo ha logrado para el allanamiento.

El posible debilitamiento de Pichetto no es una novedad grata para el Gobierno. Menos para Vidal y Rodriguez Larreta, los negociadores, a quienes Macri dio vía libre: “Vayan, hagan un acuerdo y me lo traen”, les dijo en Los Abrojos. El otro obstáculo sería Massa. El líder del Frente Renovador no tendría muchas objeciones con los números. Porque no posee territorio para administrar. Sus condiciones serían políticas. Con el ojo puesto en las elecciones del 2019.

Massa habría hecho, en ese sentido, una exploración. Pedirle a Vidal, con quien renueva pactos para gobernar Buenos Aires, la posibilidad de que las elecciones municipales del año que viene sean autónomas de las de gobernador. La jugada tiene paño: liberar a los intendentes kirchneristas y del PJ de atar la suerte de sus reelecciones a la figura de Cristina. La aceptación de la propuesta se hace casi imposible para Cambiemos. Porque podría afectar a la gobernadora y a Macri. Circula un papel informal de la Cámara Nacional Electoral que plantearía sombras legales sobre aquel hipotético desprendimiento.

Cristina ha frenado por ahora su intento de expandir Unidad Ciudadana. La bomba de la corrupción se lo impide. Está más dedicada al devenir judicial que no asoma sencillo. Bonadio no es Sergio Moro, el juez del Lava Jato que encarceló a Lula en Brasil, pero su cotización continúa en alza. La verosimilitud de los “cuadernos de las coimas” del chofer arrepentido, Oscar Centeno, resulta apabullante. La Cámara Federal ratificó la continuidad de la causa en sus manos. El magistrado tuvo una foto de respaldo junto a Ricardo Lorenzetti, el presidente de la Corte Suprema. Aunque los mordaces dicen que, en este contexto, resulta difícil adivinar quién logró salir más beneficiado por aquel retrato.

Los cuadernos de las coimas siguen aportando imponderables. También, reponiendo como denuncias episodios que durante años se computaron como fábulas o desmesuras. Las bóvedas con dinero en Santa Cruz. El avión presidencial que trasladaba bolsos con millones de dólares. El departamento de los Kirchner en Recoleta con US$ 60 millones el mismo día del deceso del ex presidente. Buena parte de tal relato no fue descripto ni por un periodista ni por un opositor: fue Claudio Uberti, hombre del riñón de Kirchner hasta el 2007, cuando resultó despedido para encubrir el escándalo de la valija de Guido Antonini Wilson.

Esas palabras de Uberti, las del ex titular de la Cámara Argentina de la Construcción, Carlos Wagner, y las del cambista K Ernesto Clarens desnudaron dos aspectos de una larga época de corrupción: las modalidades y el núcleo del sistema. También, la imbricación política del Estado con los representantes de la patria contratista. Las confesiones de José López, el hombre de los bolsos, podría incluso ampliar el abanico. De allí el temor de muchos gobernadores.

Cristina y el kirchnerismo parecen quedarse sin argumentos para desacreditar el bochorno. De poco sirven las alusiones a operaciones de inteligencia, a una mano negra del Gobierno o a la invalidez de las fotocopias de los cuadernos. Los textos originales están siendo escritos por el desfile incesante de poderosos empresarios, financistas, políticos y ex funcionarios arrepentidos.

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