El “operativo disgusto”

El “operativo disgusto”

Por: Eduardo Van Der Kooy. La Cámpora objetó a Lavagna por defender intereses de “grupos económicos”. Es lo que también pensa Cristina.

Al levantar la carátula del año electoral surge una evidencia por ahora indesmentible. Los candidatos taquilleros, pese a la lija tenaz que pasa sobre ellos, continúan siendo Mauricio Macri y Cristina Fernández. El Presidente de un gobierno que defraudó en la materia que se lo consideraba más ducho: el ordenamiento de una economía desquiciada que recibió como herencia. La ex presidenta, convocada este año para enfrentar cinco juicios orales y públicos. Tres de ellos por sospechas fundadas de corrupción (la ruta del dinero de Lázaro Báez, Hotesur y Los Sauces). Nada menos que lavado de dinero estando en ejercicio del poder. Otras dos, con mayor densidad política: la venta del dólar a futuro y el Memorándum de Entendimiento con Irán.

Tal descripción podría estar trasuntando dos cosas. La incapacidad del sistema político para generar una idea innovadora. Que ayude a escapar de aquella trampa. También la anomia de una gran parte de la sociedad que parece tendiente a incorporar como naturales estados de cosas que no debieran serlo. La declinación de la ética y la moral pública. Cierto conformismo cuando, por pequeñas etapas, la economía posibilita el bienestar del consumo. La combinación de ambos factores deriva siempre en la decepción. También en la estéril nostalgia sobre algunos espejismos.

Todas las encuestas (las más rigurosas y otras que no lo son tanto) descubren el fenómeno de aquella polarización. Además, la existencia de una franja popular que se apartó de Macri y de Cristina. Que hurga, todavía al garete, algún destino. El presidente y la ex reúnen un núcleo fiel, cada uno, estimado en un tercio. Hay un 40% entonces ubicado ahora en un terreno neutral.

Un trabajo de la consultora Andrés Mautone resulta ilustrativo. Refiere a la ciudad de Rosario. Cuyo comportamiento electoral, en el orden nacional, se asimila a las grandes urbes. Con muchísimos puntos de contacto respecto de lo que acontece en Capital. Ante la interpelación de si optaría por Cristina o Macri en un hipotético balotaje surgen estos números: el 28% tiene decidido que a ninguno de los dos; otro 21 dice no saber. Hay casi un 50% que resiste.

Esas evidencias parecen estar estimulando a un sector político heterogéneo y desarticulado donde hace punta el peronismo federal. Aunque también converge el socialismo y otros núcleos que se denominan progresistas. Un acercamiento impensado hace poco tiempo que la crisis objetiva está empujando. El mayor problema radica en dos aspectos. La fusión de ese rompecabezas. La conservación, al mismo tiempo, de aquel abundante campo de disgustados que reniegan de Macri y de Cristina.

Dentro de las enormes dificultades que deben afrontar puede caber una salvedad. Nada le garantiza a Cambiemos que la presente tranquilidad financiera sea perdurable. Tampoco que la economía salga rápidamente de la aguda recesión para torcer el ánimo de los desencantados. No hay presupuesto de señales sobre que la situación judicial de Cristina pueda aliviarse durante el año electoral. Todo lo contrario. Está la materia prima para trabajar.

Los promotores del llamado en la intimidad “operativo disgusto” tendrían a priori un diagnóstico correcto. Que no estaría limitado a la competencia electoral. La Argentina necesitará a partir del 2020, con el nuevo gobierno, de una plataforma política extensa para afrontar los gravísimos problemas estructurales que generó el kirchnerismo y el macrismo, en varios aspectos, ayudó a profundizar. Se trata de un punto de partida distinto al de aquellas dos fuerzas. Cristina sigue creyendo sólo en la radicalización aunque ahora se atavie con piel de cordero. Como hace en el prólogo de cada elección. El macrismo se continúa engañando con la representación de la nueva política que le devuelve el único espejo en el que atreve a mirarse.

El peronismo federal y sus aliados, sin embargo, se dejan también arrastrar por antiguos vicios. Anteponen la figura de un presunto salvador a la necesidad de la construcción política.De allí la relevancia, quizás sobredimensionada, que cobró en las últimas semana la figura de Roberto Lavagna como potencial candidato. Siempre la recurrencia al golpe de magia.

El ex ministro de Economía posee méritos indiscutibles. Fue una pieza clave que ayudó a la Argentina a superar la gran crisis del 2001. Su última incursión pública ocurrió hace ya doce años. Formó parte de una de las tres duplas mas útiles, aunque circunstanciales, con que contó la democracia desde 1983. La integró junto a Néstor Kirchner. Las otras correspondieron a Raúl Alfonsín con Juan Vital Sourrouille; a Carlos Menem con Domingo Cavallo.

El presente, nacional y mundial, es totalmente diferente al de aquellas épocas. El tiempo ha pasado para todos los actores. También para Lavagna. La situación general es mucho más compleja. Tal vez, el ex ministro de Economía debiera tomar conciencia sobre algo: el cortejo a su figura estaría muy bien aunque si pretende de verdad entrar en competencia debería ponerse a la cabeza de la articulación del espacio político en elaboración.

El socialista Miguel Lifschitz lo visitó en Cariló. Una novedad para el dirigente de un partido que históricamente tuvo tirria a compartir comarcas con el peronismo. La presencia de Miguel Angel Pichetto resultó menos llamativa: hablan entre ambos mucho más de lo que se difunde. Pero la fotografía fue elocuente: el senador sostiene sin zigzagueos la necesidad de una alternativa a Macri pero prescindiendo de Cristina. El mismo mensaje que enarbola el salteño Juan Manuel Urtubey.

Existió otro encuentro anterior, distante, con menos pompa. Pero con un alto valor político si la prioridad consiste en la edificación de una base previa a cualquier candidatura. En los primeros días de diciembre Sergio Uñac, gobernador de San Juan, visitó a Lavagna en su domicilio porteño de Saavedra. El sanjuanino representa un engranaje sensible en la maquinaria de los gobernadores pejotistas que serían imprescindibles para fijar los cimientos de la nueva alternativa. Hay varios mandatario que continúan a mitad de camino entre acompañar o no a Cristina. Por las dudas, varios de ellos resolvieron desdoblar las elecciones.

En la misma geografía está Sergio Massa. Como le ocurrió en otros tiempos sus ambigüedades podrían jugarle en contra. El repentino empinamiento público de Lavagna lo sorprendió. Tampoco le habría agradado demasiado porque puede significar una competencia a sus aspiraciones presidenciales. Aunque lo exaltó como numen propio en materia económica. Una verdad a medias. Junto a él está su hijo, el diputado Marco, del Frente Renovador. Pero hace tiempo que el ex ministro de Economía tomó distancia de Massa por asuntos personales y políticos.

El líder renovador dijo días pasados que quería ser presidente o ayudar a formar una mayoría que derrote a Macri. Pareciera ahora que sólo pretende lo primero. Aunque algunos movimientos suyos siembren dudas. Tiene puentes con el kirchnerismo. Tiene además problemas territoriales: su discípulo, el intendente de Tigre Julio Zamora, le comunicó que estaría dispuesto a jugar su reelección junto a Cristina.

Lavagna y el peronismo federal que lo halaga contaron con una ayuda inestimable. La Cámpora se encargó de arrojar vinagre entre tanto dulce. El diputado Andrés Larroque, soldado de Máximo Kirchner, objetó al ex ministro por ser representante presunto de los “intereses de grupos económicos”. Es lo mismo que piensa Cristina cuyo inspirador económico sigue siendo Axel Kicillof. Un senador peronista, a propósito de aquellas objeciones, disparó una interpelación maliciosa: ¿Habrá que decir que la ex presidenta es representante de los intereses de Cristóbal López y Báez?. Invertidos los papeles, es lo que presume Claudio Bonadío.

El juez asestó a Cristina otro golpe. Dispuso la detención de Isidro Bounine. Ex secretario privado de la ex presidenta que también supo colaborar con Kirchner. Como parte de su familia: su hermana Sol fue ayudante de Cristina en Diputados. Su madre, Susana, tutora de Florencia. El ex asistente fue implicado por el ex ministro de Economía de Santa Cruz, Juan Manuel Campillo. Quien se acogió a la figura del arrepentido pero continúa en la cárcel. Bonadío descubrió un vínculo que ligaría a Bounine con Daniel Muñoz, el ex secretario de Kirchner ya fallecido. Dueño de un patrimonio millonario en el exterior que no sería ajeno tampoco a las pertenencias enmascaradas del matrimonio presidencial.

Otra pésima noticia para la ex presidenta fue la condena a 13 años de prisión a Milagro Sala. Bastonera de la Casa Rosada en Jujuy en los tiempos kirchneristas. El fallo obedeció al desvío de fondos estatales por mas de $60 millones cobrados por cooperativas para construir viviendas sociales entre 2011 y 2015. Nunca se hicieron. En el juicio declararon 104 testigos. Sirvieron de pruebas las imágenes que mostraron a militantes de la Tupac Amaru, que regenteó Sala, retirando bolsos con dinero de oficinas del Banco Nación. Los bolsos constituyen un trazo inconfundible de la década pasada.

Sala tuvo una relación personal y directa con la ex presidenta. Mucho más intensa que con Kirchner. Al comentar la sentencia por tuit reiteró su idea de que se trata de una “presa política”. Mencionó además la ausencia en la Argentina de la vigencia del derecho. Como si le importara. La piquetera había sido absuelta en diciembre en dos causas. Una por tentativa de homicidio. En esas ocasiones la jefa de Unidad Ciudadana selló su boca. Una Cristina en estado puro.

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