Cosecharás tu siembra

Cosecharás tu siembra

Como montado a un sincronizado proceso inverso, a medida que la gestión nacional se desangraba y Mauricio Macri se encerraba en la comodidad acrítica de su círculo más íntimo, Horacio Rodríguez Larreta se expandía. Cada dirigente o sector político que iba quedando a la deriva, aislado o víctima del poder centralizado que ejercen el Presidente, Marcos Peña y, en menor medida, Jaime Durán Barba, recibía de forma inmediata el llamado contenedor del jefe de Gobierno porteño. 

Hoy, el más hábil de los que aún conservan algo de peso hacia el interior de Cambiemos empieza a cosechar esa apuesta premonitoria. Hoy, Larreta es la apuesta de supervivencia de una alianza que desfallece a medida que el calendario avanza hacia el 27 de octubre. El único heredero reconocible en la bruma que ofrece el final del mandato macrista.

Cada vez que Elisa Carrió usaba la televisión o su cuenta de Twitter para arrimar la alianza de gobierno al abismo, aparecía Larreta para reconducirla; cada vez que Emilio Monzó era ninguneado por el círculo de decisiones del macrismo, llegaba de inmediato el llamado de Larreta; cuando Martín Lousteau emergía como una amenaza para la sostenibilidad del sello amarillo en la Ciudad, cayó la oferta de Larreta que no pudo rechazar; cuando implosionaba la relación con los socios y la UCR amagaba con parársele de manos al Gobierno, surgía el abrazado tranquilizador de Larreta; cuando el ala política con sede en la Casa Rosada veía cómo su juego se iba quedando sin fichas, venía Larreta a aportar calma; cada vez que María Eugenia Vidal se tentaba con arrancar de un tirón el mantel y arrasar con lo que le ofrecían el Presidente y su jefe de Gabinete, ahí estaba Larreta para posarle una mano en el hombro y atajar la bronca. Al calor de la debacle de la mesa ultra chica de Macri, Peña y los exclusivos invitados –Durán Barba, Fernando de Andreis y Nicolás “Nicky” Caputo, no muchos más-, Larreta iba creando su propio círculo de confianza. El alcalde porteño fue el enfermero del hospital de campaña que creció en paralelo a la guerra intestina que desató la primera experiencia presidencial del macrismo. 

El post macrismo respira en la Ciudad, tiene una cabeza calva y una sonrisa coacheada que se transformó en sello personal. Si las previsiones de buena parte de la alianza oficialista se cumplen y Macri decide apartarse de la conducción del PRO y hasta –probablemente- de la actividad política, quien espera en el banco de suplentes es Larreta. Esa, al menos, es la especulación o la expectativa -¿la esperanza?- que hoy atraviesa a buena parte de Cambiemos.

Esa especulación o expectativa –o esperanza- tiene un asterisco, además de los deseos futuros de Macri: el resultado de las elecciones porteñas. Si bien Larreta quedó al borde de ganar en primera vuelta en caso de que consiga sostener todos los votos que consiguió en las PASO, la ola que se cargó a Macri en la disputa nacional y a Vidal en la bonaerense asoma la cabeza por encima de la General Paz y saluda desde la ribera del Riachuelo. Por ahora no hay encuestas que muestren una amenaza consolidada para la continuidad del PRO en su bastión original. Por ahora.

“Dependemos de lo que haga Macri”. Esa es la respuesta que brindan desde el radicalismo, desde las filas de Carrió y desde el ala política del Gobierno cuando se los consulta por su futuro. Lo que ocurre es que, a medida que la crisis económica, financiera y política que se desató tras las primarias devora como ácido la imagen presidencial, esa frase empieza a desvanecerse. En los tres espacios toman impulso para asaltar el poder después del 27 de octubre. Cada vez importa menos qué haga Macri. Aatropellarán su presencia o, si la cosa se pone brava, lo harán en su ausencia. “Es una cuestión de supervivencia”, se justificó un funcionario instalado hoy en la frontera que separa la intimidad del Presidente y Peña del resto de la humanidad.

 EL CORDÓN DE MARÍA EUGENIA. La catástrofe electoral de Vidal y su propio perfil impiden instalarla como aspirante con chances en la línea de sucesión. Aunque, en el peor de los casos, la gobernadora bonaerense dejará La Plata con sus trastos a cuestas y un nada despreciable 30% de los votos de la provincia de Buenos Aires, ni sus más cercanos colaboradores ven en ella la voluntad y la capacidad de conducir el post macrismo.

Una fuente conocedora de la intimidad vidalista puso en duda las motivaciones de la gobernadora para continuar dando pelea en la arena política. “Cuando termine su mandato, no tiene ni dónde ir a vivir. Tiene urgencias personales y propuestas del sector privado. Veremos”, dijo. Si alguien es capaz de contener a Vidal, ese es Larreta. Pero, de hacerlo, ya no sería en un cuadro de paridad, sino de subordinación. “María Eugenia nunca cortó el cordón. Pero su cordón no es con Mauricio, es con Horacio”, aseguró el vocero consultado.

Un estrecho colaborador de la dupla que conforman Vidal y su jefe de Gabinete, Federico Salvai, también abrió un interrogante sobre la capacidad de la mandataria de construir y conducir una fuerza política. “Salvo por excepciones, se rodeó muy mal en su propio gabinete. Armó un equipo con serias deficiencias de gestión, pero con gente en la que ella confiaba. Yo confío en mi perro, pero no lo presto el auto para que lleve a mis hijos al colegio. Así no se construye poder”, fue la frase que usó, contundente y violentamente gráfica, para explicar su mirada.

 Otro hombre, que camina por la Rosada con la comodidad de un habitué, utilizó una foto familiar para explicar cómo se da la dinámica de poder en la mesa chica del PRO. Según su perspectiva, Macri es el padre de tres hijos: Horacio, el mayor y más cerebral; Marcos, el del medio, “caprichoso y protegido”; y María Eugenia, la menor y la más mimada. “Cuando el papá se vaya, si se va, el del medio cae arrastrado, porque sin su protección se queda sin nada porque los otros dos hermanos no lo respetan. Y el hermano mayor va a contener a la menor, pero desde un lugar de poder”, cerró la parábola.

EL ALA BLANDA. Más allá de los incontables puentes que tienen con el Frente de Todos, hoy los principales referentes de la autodenominada “ala política” de Cambiemos no se ven jugando en ese equipo. Ese grupo, encarnado por Monzó, Rogelio Frigerio, el secretario de Interior y futuro diputado nacional, Sebastián García de Luca, o el ahora ex presidente del bloque de diputados del PRO Nicolás Massot, también espera que el post macrismo traiga una redifinición de las estructuras de poder y ve en el larretismo una ventana de escape. "Igual, si el año que viene me ves del otro lado, no me corras con este archivo", avisó una de las fuentes consultadas justo antes de soltar una risa cómplice.

Sin embargo, lo que tienen claro es que no están dispuestos a insistir con la misma estrategia y los mismos lineamientos que dominaron el espacio hasta ahora. Dicho de otra forma: si Cambiemos sigue, está bien; pero el macrismo llegó hasta acá. “Si seguimos, tiene que ser algo nuevo. Para insistir con el amarillo, no estamos”, se sinceró una voz potente de ese micro grupo pisoteado por el peñismo.

 Uno de los puntos que preocupa a este sector es cómo reconstruirse y –sobre todo- mantener en pie la alianza Cambiemos sin Macri en la conducción y sin Macri en el sillón de Rivadavia. La experiencia del peronismo entre fines de 2015 y la primera mitad de 2016 está muy latente en su memoria: a la derrota le siguió la atomización. Y fue en el Congreso donde más y mejor se evidenció esa dispersión .

Las energías están puestas en sostener el interbloque. Esa es la alternativa que abrazan hoy todos, como si fuera un tablón flotando en el mar tras un naufragio. Pero entienden que esa estrategia de subsistencia solo es posible con un objetivo común, con una conducción y, sobre todo, con un candidato. “Nunca existió el peronismo de (GildoInsfrán y (José LuisGioja. El peronismo unido no fue tal hasta la aparición de Alberto (Fernández) como candidato”, argumentó uno de los que tendrá una silla asegurada en la futura Cámara de Diputados y que espera que esa banca sea en el bloque de Cambiemos. Y si la subsistencia requiere de un candidato, el único que hoy existe en el espacio con ambiciones, condiciones y las relaciones para calzarse el traje es Rodríguez Larreta.

LA UCR Y EL LLANO. El radicalismo empezará –o tal vez ya empezó- el largo y sinuoso camino de renovación de autoridades. Y lo que en otros partidos puede ser un suceso meramente administrativo o de poca relevancia, en la UCR es una batalla en la que cada dirigente se juega mucho. A veces, casi todo.

La disputa tendrá varias tribunas enfrentadas: los que apostaron desde siempre y sin críticas al plan Macri; los que cuestionaron pero terminaron acordando; los críticos negociadores –la línea de Enrique “Coti” Nosiglia con Lousteau como cara visible-; y el ala progre alfonsinista sin territorio, encarnada por Ricardo Alfonsín, Federico Storani Juan Manuel Casella.

El futuro de la UCR también está atado al futuro de Macri. Si el Presidente desea seguir como conductor, condicionará la estructuración y las jerarquías del partido; si se corre y deja campo abierto, hay algunos interesados en ponerse el traje de jefe partidario con aspiraciones nacionales. Uno es el mendocino Alfredo Cornejo, cuya proyección dependerá de las elecciones de su provincia y de si logra o no instalar como sucesor a su delfín, Rodolfo "Rody" Suárez; otro es el jujeño Gerardo Morales, quien tras la reelección empieza a fantasear con ser la voz de la resistencia opositora al albertismo.

Hay un elemento más que condiciona el futuro de la UCR: las intenciones de Rodríguez Larreta. Ven en el porteño un dirigente capaz de traccionar la alianza desde una conducción ordenada y, llegado el momento, habilitar una interna que defina al candidato que intente desbancar al peronismo en 2023. Una proyección tan largoplacista que se vuelve impalpable.

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