El misterioso temor que provoca Berni entre los líderes del kirchnerismo

El misterioso temor que provoca Berni entre los líderes del kirchnerismo

Durante el fallido operativo en La Plata, justo cuando el ministro de Seguridad era más necesario que nunca, no estaba. Ni siquiera se hizo responsable. En lugar de poner la cara por sus subordinados, se cargó a uno de ellos. Y, una vez más, la dirigencia K, desde la Vicepresidenta para abajo, lo consintió.

Por: Ernesto Tenembaum.

El jueves por la noche, cuando ya se sabía que la represión policial había producido la muerte de César Regueiro, y cuando los canales de televisión se inundaban de testimonios e imágenes sobre la brutalidad de la Policía Bonaerense, Sergio Berni comenzó a hacer malabares para sobrevivir en el cargo. Que Regueiro había muerto de un paro cardíaco, que la culpa era del club porque había sobrevendido entradas, que él no puede estar en todas, que el problema era del jefe del operativo. Todas esas cosas dijo.

Los argumentos son tan infantiles que ni siquiera merecen analizarse demasiado. Hace casi tres años que Berni asumió como jefe de la Seguridad bonaerense. Desde entonces, él designa a las personas que la conducen. Esa fuerza acaba de generar un desastre que, de pura casualidad, no terminó mucho peor: un muerto, decenas de heridos de balas de goma disparadas a quemarropa, centenares de personas intoxicadas arrastrándose por el césped de la cancha, niños gaseados.

Así informó sobre los hechos el diario Página 12: “El bosque parecía Kosovo, como lo describió un testigo que no alcanzaba a contar postas de goma y granadas de gas lacrimógeno arrojada como caramelos de una piñata. La Policía Bonaerense había dejado atrás un escenario de batalla. Pero no porque tuviera enfrente a un grupo violento al que disuadir: la barra brava de Gimnasia. La violencia vestía de uniforme. Lanzaba todo su arsenal represivo contra una multitud indefensa. Eran niños, mujeres, algunas embarazadas y adultos mayores, como César Lolo Regueiro, el único muerto que terminó en la morgue solo por casualidad. Pudieron ser muchos más”.

Sin embargo, tamaña ironía, justo cuando Super Berni era más necesario que nunca, no estaba. Ni siquiera se hizo responsable. En lugar de poner la cara por sus subordinados, se cargó a uno de ellos. Y, una vez más, la dirigencia kirchnerista, desde la Vicepresidenta para abajo, lo consintió. Alguien pagaría por lo que ocurrió, pero no él.

Un policía disparó contra un camarógrafo de TyC

Las preguntas son, al mismo tiempo, obvias y terribles: ¿Quién lo protege? ¿Quién le teme tanto que no se le anima? ¿Quién prefiere pagar el costo por nuevas brutalidades de este tipo para no enfrentarlo? ¿Kicillof, Cristina, Máximo, Insaurralde, Fernández? ¿Todos ellos juntos? ¿En qué magnitud cada uno de ellos? ¿Cuál de ellos consciente porque está de acuerdo con él, por temor, por obediencia, por cálculo político? Y, sobre todo, ¿cuál será el próximo desastre?

Alguien lo puso. Los demás le tienen tanto pavor que no se atreven ni siquiera a mencionarlo en sus comunicados. Esos silencios, complicidades, titubeos y vacilaciones constituyen un retrato tremendo del liderazgo de un proyecto político que -ya en un gesto tristón y desesperado- aún intenta referenciarse como líder en materia de derechos humanos. Situaciones como esta permiten entender por qué las cosas están como están.

Las señales de alerta previas a lo que ocurrió el jueves estaban disponibles para quien quisiera verlas. El 22 de junio, hace apenas algo más de tres meses, la Policía Bonaerense atacó con gases lacrimógenos, balas de goma y bastonazos a docentes y estudiantes que reclamaban pacíficamente por más seguridad en Villa Fiorito. Los manifestantes pertenecían al Instituto 103. El día anterior un grupo de asaltantes había entrado al establecimiento y gatillado sus pistolas sobre los dirigentes del centro de estudiantes. Cuando salieron a protestar porque la policía no los cuidaba, como si fuera una película de terror, los estaba esperando esa misma policía para golpearlos y arrojarles gases. Luego de la represión, los docentes de Lomas de Zamora realizaron un día de paro.

Hace muchos años que no se registraban imágenes de una policía que reprimiera de ese modo a docentes y estudiantes. Pero Berni siguió en su cargo. La Cámpora emitió entonces un tibio comunicado titulado “Así no”, donde no mencionaban al compañero Berni. El jefe de Gabinete de la provincia, Martín Insaurralde, emitió otro comunicado repleto de lugares comunes: la represión había ocurrido en su propio distrito. Gobernar, a veces, se limita a emitir comunicados donde los funcionarios de un Gobierno repudian lo que ese mismo gobierno hace y las cosas siguen como si tal cosa: y creen que esos comunicados le interesan a alguien.

Policía Bonaerense

En cambio, ante el conflicto por las tomas que se produjo en la ciudad de Buenos Aires, los mismos dirigentes recuperaron por unos minutos la valentía y el apego a los derechos humanos. “Se hacen los guapos con los chicos de 16 años”, prepoteó hace unos días el pobre Kicillof: las mismas palabras que usó un rato después Máximo Kirchner. Además, en aquel caso hubo contundentes declaraciones firmadas por intelectuales y dirigentes. Ahora no.

En realidad, Berni no engañó a nadie. Unas horas antes del desastre de la cancha de Gimnasia, había calificado como “terroristas” a las familias mapuches desalojadas en la Patagonia: el operativo de La Plata es muy consecuente con sus ideas. A mediados del 2020, la mamá de Facundo Astudillo Castro denunció que su hijo había desaparecido luego de haber tenido contacto con la Bonaerense. Antes de que cualquier juez se expida, Berni respaldó a la policía. Meses después, un policía bonaerense baleó en el estómago al cantante Chano Carpentier, que estaba atravesando una crisis y apenas tenía un cuchillo en sus manos. Berni respaldó al policía. Luego, la bonaerense persiguió y baleó a un joven que intentaba entrar al barrio cerrado donde vivía en la zona de Moreno. No estaba armado. Berni volvió a respaldar a su fuerza. La Comisión por la Memoria de la ciudad de La Plata ha advertido reiteradas veces ante los casos de jóvenes detenidos que luego mueren en las comisarías. Una y otra vez, Berni dio señales de que su proyecto consistía en construir una fuerza que actuara sin límites. El kirchnerismo callaba. Lo dejaba hacer. Como ahora. Una y otra vez. Lo había puesto la Jefa.

Pero tal vez lo más grave de la actuación de Berni no sea todo eso. La gestión de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires fue rechazada por los bonaerenses en 2019. Sin embargo, durante su período el gobierno tomó la decisión de confrontar en serio con las barras bravas. Los especialistas en el tema contaban sorprendidos cómo, semana tras semana, iban cayendo los líderes de esas organizaciones delictivas vinculadas al narcotráfico. Uno de ellos era Pablo “Bebote” Álvarez, por entonces socio del moyanismo en Independiente. Fue un trabajo valiente, novedoso, que recién comenzaba y que podría haber servido de ejemplo para el resto del país.

Al llegar a su cargo, Berni despidió a los funcionarios del área y los reemplazó por otros que no continuaron el trabajo. Las barras bravas empezaron a reinar nuevamente en el fútbol bonaerense, se reconstruyeron sus vínculos políticos, sindicales, judiciales. Los episodios de violencia, inclusive con armas de fuego, se reproducen entonces en las canchas todos los fines de semana. Lo sucedido en el bosque platense es, en gran parte, consecuencia de esas decisiones.

La violencia se extendió también hacia afuera de las canchas. En septiembre del año pasado, dos fracciones de la barra de Independiente se enfrentaron a tiros frente a la sede del club, en hora pico, cuando cientos de chicos salían de las escuelas aledañas. Los detenidos fueron liberados pocas horas después, porque los líderes de las facciones están vinculados a distintas líneas internas del peronismo local.

Como lo contó Gustavo Grabia en esta nota de Infobae, Walter Correa, el ministro de Trabajo de Axel Kicillof, es un operador clave en la interna de la barra brava de Racing. Correa fue colocado en el gabinete bonaerense por Máximo Kirchner, que posó varias veces con los líderes de esa misma barra. ¿Cómo se leerán en la policía y en los tablones estas señales? ¿Qué podría salir mal?

Walter Correa junto a Axel Kicillof y Máximo Kirchner

La conducción de la Policía Bonaerense es uno de los asuntos más delicados de la administración del país. Durante los años noventa, el entonces gobernador Eduardo Duhalde vivió una de las peores crisis cuando esa fuerza, a la que él había destacado como “la mejor policía de la historia”, quedó envuelta en un sinnúmero de escándalos de corrupción, gatillo fácil y complicidad con el delito. Cuando la crisis se hizo insostenible, Duhalde impulsó una reforma profunda encabezada por el abogado Carlos Arslanián, uno de los integrantes de la Cámara que juzgó a los jefes de la última dictadura militar. Esa gestión logró, al mismo tiempo, enfrentar los reclamos de mano dura y mejorar la capacitación en la lucha contra el delito. Arslanián volvió a conducir la fuerza durante los años en los que Felipe Solá fue gobernador.

Tras la asunción de Daniel Scioli, las cosas volvieron a ser como lo fueron siempre. Pero nunca hubo un funcionario que boquee tanto como Berni y que, al mismo tiempo, se declarara tan impotente frente a episodios tan tremendos.

Cuando Kicillof asumió, aceptó que su gestión no tendría ninguna influencia en el área central de su Gobierno. Berni podría hacer lo que quisiera y él no tendría derecho siquiera a opinar, a mencionarlo en un comunicado. Gobernar sin gobernar: toda una decisión que, sin embargo, trae costos. Tal vez, su jefa, la vicepresidenta Cristina Kirchner quiso ayudarlo colocando a un “pesado” al lado suyo. Si fue así, fue una apuesta un tanto sencillota: resolver un problema tan complejo como la seguridad en la provincia de Buenos Aires requiere algo más que un bravucón. Es un trabajo dificilísimo, que solo tendrá resultados a largo plazo, si es que los tiene.

Pero a Berni se le toleraba todo: humillaciones al Presidente -que nadie respondía, ni siquiera el propio jefe de Estado-, insultos y ninguneos a la ministra de Seguridad Sabina Frederic, interrupciones a gritos y frente a las cámaras de operativos de otras fuerzas.

Es que era Super Berni.

¿Quién podría decirle algo?

Esta historia no termina aquí porque los partidos siguen jugándose. ¿Será sensato que este mismo hombre se haga cargo de un problema tan serio? Tal vez no. Pero, ¿quién se le anima? Por suerte, el gobernador Kicillof opinó que estos episodios son “inadmisibles”.

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