El caso Spagnuolo siembra dudas sobre la tesis oficialista de que un triunfo arrasador en las elecciones ordenaría la política y las finanzas; la perplejidad del Gobierno y la furia de Milei
Martín Rodríguez Yebra
El menemismo del siglo XXI comparte con el original la vocación de estabilizar la economía, el credo anti Estado y un liderazgo vanidoso, con tendencia a la frivolidad farandulera. Javier Milei le añadió como sello personal un férreo imperativo moral que actúa como paliativo del dolor que su programa de ajuste está destinado a infligir. Ofrece ser como Menem, pero sin la corrupción.
Los audios de Diego Spagnuolo, en los que se habla con desparpajo de un sistema de coimas en el área de Discapacidad, perforaron el escudo ético detrás del cual se guarecía Milei mientras señalaba miserias ajenas. La difusión de ese enchastre hundió al Presidente en la perplejidad y desnudó carencias básicas del equipo que debe protegerlo, entrenado para aplaudir al líder, pero sin cohesión ni pericia para navegar la adversidad.
Diego Spagnuolo y Javier Milei
Es una crisis que no solo afecta el prestigio de Milei sino que proyecta una amenaza existencial sobre la estrategia económica que trazó el gobierno libertario.
Desde abril en adelante, cuando se levantó el cepo cambiario para individuos, el Presidente y su ministro de Economía, Luis Caputo, advirtieron de manera más o menos explícita que tenían la determinación de hacer lo que fuera necesario para llegar a las elecciones con la inflación a la baja y el dólar tan quieto como pudieran.
Los crecientes desequilibrios y una serie de intervenciones en el mercado reñidas con el liberalismo que pregonan serían apenas transgresiones pasajeras. Un triunfo electoral abrumador (“la libertad arrasa”) ordenaría la política, calmaría las tensiones financieras y allanaría el camino de las reformas estructurales que el Gobierno pactó con los acreedores internacionales. El riesgo país bajaría, volvería el financiamiento barato y llegarían las inversiones internacionales. Los últimos pasos de Moisés en el desierto.
El sendero empezó a torcerse antes de que conociéramos la voz y el desparpajo de Spagnuolo. Los intentos de contener el dólar derivaron en una suba astronómica de las tasas de interés capaz de enfriar seriamente la actividad. Hay una guerra declarada a los bancos, a los que les han subido a niveles pocas veces vistos la cantidad de dinero que deben dejar inmovilizado. Se los obliga a tomar deuda en nombre de la libertad. El riesgo país vuelve a los niveles previos al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Los activos argentinos sufren. Pese al torniquete monetario, la presión sobre el mercado de cambios no cede.
El ministro de Economía, Luis Caputo, en CarajoCaptura
Caputo insistió en que todas estas anomalías serán transitorias porque “las elecciones serán muy favorables para LLA”. Escribió esta semana: “El alto riesgo político que hoy asigna el mercado (dados los últimos intentos de romper con el equilibrio fiscal por parte del Congreso), y que evidentemente lo tomó por sorpresa, va a colapsar pronto”.
Todo se debe, en palabras del oficialismo, al “riesgo kuka”: el miedo de los actores económicos a que el kirchnerismo gane las elecciones. Milei lo repitió casi textual en su discurso del jueves ante los empresarios del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp).
Los Milei, en campañaNatacha Pisarenko - AP“Riesgo kuka”
Esa narrativa fue concebida en días de optimismo ilimitado, a tono con la costumbre mileísta de dar la vuelta olímpica a mitad de partido. Pero hoy enfrenta dos problemas que asoman cada vez con más evidencia. El primero de ellos es que el mercado expresa temor o cautela extrema ante medidas que difícilmente puedan atribuirse a Cristina Kirchner o a ninguno de sus acólitos.
En los últimos meses, Milei prometió acumular reservas una vez que firmó con el FMI. Llegó a decir que en mayo iba a tener 50.000 millones de dólares en el Banco Central; desde entonces no logra superar los 42.000 millones. Cambió de idea al poco tiempo: anunció que el dólar se iba a acomodar en el límite inferior de las bandas de flotación, cerca de los 1000 pesos, y solo ahí autorizaría a comprar divisas. Jamás ocurrió. Para evitar que toque el techo ha convalidado tasas anuales 40 puntos más altas que la inflación proyectada. ¿Con qué especie del mundo animal vincularía el Presidente a alguien que hubiera errado por tanto en sus previsiones?
Tampoco se ve la mano del kirchnerismo detrás de la decisión de Caputo y su equipo de transmitir las medidas de alto impacto económico en el canal de streaming de un señor conocido como Gordo Dan, al que rodean un grupo de fanáticos oficialistas que en lugar de preguntas técnicas aportan aplausos y bromas adolescentes.
En los bancos relatan un rosario de llamadas destempladas desde el Palacio de Hacienda para que “colaboren” en las licitaciones de deuda de corto plazo, vitales para que los sobrantes de liquidez no corran hacia el dólar. La mitología del mundo financiero atribuye a Milei la concepción ideológica de las medidas con las que se persigue la estabilidad en este período preelectoral, desde la decisión de desarmar el esquema de las LEFI. Hablan de ataques de furia y amenazas con hacerlos perder fortunas. “Nosotros hoy estamos sufriendo el riesgo Javo”, se queja el ejecutivo de una entidad financiera líder.
Otro foco de inestabilidad creciente ha sido la rebelión en el Congreso, donde como nunca la oposición ha votado leyes que afectan fondos públicos y entorpecen el programa económico.
Milei culpó al kirchnerismo por esas derrotas que rompieron la relativa comodidad con la que los libertarios administraron su minoría parlamentaria durante el primer año de mandato. “El motivo por el cual nos aprobaban las cosas es porque creían que iban a salir mal; es decir, lo habilitaron porque estaban convencidos que íbamos a terminar de incendiar las ideas para que ellos pudieran perpetuarse en el poder; lo que pasa es que las ideas empezaron a funcionar muy bien”, explicó en un discurso reciente. Es decir, no hubo un deterioro en la gestión política, sino un deliberado intento de desestabilización.
Los datos disputan ese argumento. Los bloques kirchneristas votaron en contra del Gobierno siempre, desde diciembre de 2023 hasta hoy. Pero en el primer año, la Casa Rosada ganó el 83% de las votaciones de leyes, mientras que en el segundo perdió el 94%. Los que se bajaron del barco fueron los gobernadores, desafiados en sus distritos por la estrategia electoral de Karina Milei y los primos Menem.
¿Y si sale mal?
En el sector privado resuena una pregunta incómoda, que conecta con el segundo problema del diseño político-económico del Gobierno: si la normalización depende de un triunfo categórico de La Libertad Avanza (LLA) en las elecciones, ¿qué pasaría si a Milei le va peor de lo esperado?
El escándalo de Spagnuolo subraya esa incógnita fundamental de estas horas. Al menos los comicios bonaerenses de la semana próxima transcurrirán en un clima de zozobra social ante las sospechas de que el “gobierno anticasta” se habría plegado a la fiesta impúdica de los privilegiados que hacen negocios a costa del Estado.
A Milei se lo vio estos días como un hombre a la intemperie. El primer acto reflejo de su entorno fue culpar al kirchnerismo por la difusión de los audios. Como si Spagnuolo no hubiera sido un amigo personal del Presidente, que lo invitaba a escuchar ópera y a comer empanadas al auditorio de la quinta presidencial. Como si los fieles de Karina Milei no confesaran en conversaciones privadas sus sospechas hacia el asesor Santiago Caputo, jefe sin cargo de los servicios de inteligencia, por la operación clandestina contra el desprevenido exdirector de la Agencia de Discapacidad.
En el desconcierto, el Gobierno apeló a la fe de los propios antes que a la razón. Pasó una semana sin explicar por qué fue expulsado Spagnuolo hasta que Milei, en medio de la caravana que terminó apedreada en el centro de Lomas de Zamora, dijo que su antiguo amigo había mentido y que lo iba a denunciar. Dio por válidos los audios, pero no su contenido. Hasta entonces sus funcionarios habían evitado atacar al expulsado, al que consideran una bomba andante. Aquella tarde, antes de que estallara la violencia callejera, el Presidente se mostró irritado. “¡Corruptos son los tuyos!”, le gritó a un peatón que lo había increpado a la distancia cuando lo vio pasar arriba de una camioneta.
Karina Milei, aludida por Spagnuolo en los audios, mantiene los votos de silencio. Eduardo “Lule” Menem, su mano derecha, estrenó su cuenta de X para declamar su inocencia. Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados, dio dos entrevistas en las que usó un recurso curioso. Anunció que ponía “las manos en el fuego” por la hermana del Presidente y por su primo Lule, un lugar común que puede funcionar si quien se ofrece a las llamas es alguien ajeno a toda sospecha y no uno de los principales señalados en la polémica en cuestión.
El nerviosismo se filtró en el acto fallido de Milei cuando dijo sobre los kirchneristas: “Les estamos afanando los choreos”. Al armador karinista Sebastián Pareja se le escapó como un insulto la palabra “discapacitados” para referirse a los kirchneristas que agredieron a la caravana presidencial en Lomas de Zamora. Aunque en ese caso tal vez sea una postura arraigada en el lenguaje libertario: el propio ministro Caputo dijo días atrás, entre risas, que las personas con discapacidad “son 1.250.000 sin contar a los kukas”.
Las encuestas registran una afectación de la imagen de Milei que se inició antes del caso de los audios. Pero el daño en la carrocería oficialista no maquilla la indigencia política de sus adversarios, atrapados en un círculo vicioso de fragmentación y rencores irresueltos.
Con la votación encima, la Casa Rosada no imagina un giro estratégico: la campaña seguirá orbitando sobre el éxito de la política antiinflacionaria y la demonización del kirchnerismo.
Las elecciones bonaerenses de septiembre son una parada complicada. Un territorio hostil donde el Gobierno empieza a resignarse a pelear un empate digno. “Será nuestro piso”, repite Milei con el paraguas bien abierto.
El reto se ubica en octubre, en las legislativas nacionales. Ganar, en ese caso, no implica solo salir primero: ese día Milei compite contra sí mismo.
Él diseñó un programa económico que requiere una señal contundente de respaldo social. Importa y mucho el porcentaje nacional: ¿es posible alcanzar el 45% con el que los ministros soñaban en público semanas atrás? ¿Y el 40%, que marca el hipotético umbral mínimo de una reelección en primera vuelta? La respuesta queda a dos meses de distancia, bajo la sombra inquietante del caso Spagnuolo y de las tormentas financieras.
El mayor riesgo consiste en que lo que viene después de octubre se parezca demasiado al presente. Un gobierno que seguirá en minoría parlamentaria y que tendrá enfrente a un grupo de gobernadores reacios a convalidar sus reformas. Una economía bajo amenaza de recesión como consecuencia del plan electoral. Una sociedad inclinada, otra vez, a la desconfianza y al cinismo.
Comentá la nota