La metamorfosis kirchnerista y la crisis de la oposición

Fernando Laborda

EL fundador del peronismo solía sugerir que un hábil gobernante debía encender la luz de giro hacia la izquierda, pero doblar en dirección a la derecha. No pocos analistas y dirigentes del justicialismo creen que Cristina Kirchner está haciendo todo lo contrario. Al poco tiempo de fallecer su esposo, la Presidenta reanudó el diálogo con algunos sectores empresariales, inició un acercamiento con el FMI, dio la orden para que se buscara un acuerdo con el Club de París y comenzó a emplear un discurso más moderado. Sin embargo, tras los episodios violentos iniciados con la toma del parque Indoamericano, la Presidenta volvió a radicalizar sus mensajes y a alimentar teorías conspirativas, promovió en su gabinete a figuras del llamado "progresismo", como Nilda Garré y Juan Manuel Abal Medina, o de La Cámpora, como el secretario de Justicia, Alejandro Julián Alvarez, y en los últimos días reeditó el conflicto con el campo.

Que el gobierno de España manifieste que tenía conocimiento de que arribaría a Barcelona el avión procedente de la Argentina cargado con casi una tonelada de cocaína y que no notificara previamente a las autoridades de nuestro país es sólo un indicador del aislamiento y la desconfianza internacional que despierta el gobierno nacional.

Pero por encima de las derivaciones políticas que podría tener en el futuro inmediato este escandaloso caso de narcotráfico, se advierte en algunas áreas del Gobierno un desconcierto no menor frente a la nueva etapa posterior a Néstor Kirchner. Y las dudas se proyectan hacia un posible segundo período de la jefa del Estado.

Una frase dicha por el hombre más golpeado de las últimas semanas en el Gobierno, Aníbal Fernández, al diario Página/12 resume las discusiones que entretienen en estos días a no pocos funcionarios. "Yo nunca me definí como progresista. Soy peronista. Nunca me puse ropa que no me pertenecía", afirmó el jefe de Gabinete.

Un viejo conocedor del peronismo que pasó por el gobierno de Néstor Kirchner explicó el sentido de que en el Gobierno se discutan tanto aquellos dichos de Fernández. "Hoy la Presidenta parece tener más cercanía con los setentistas que Perón echó de la Plaza de Mayo que con quienes se quedaron en la plaza", apuntó. "El setentismo, disfrazado de progresismo, está tomando el lugar del poder real, mientras el peronismo está quedando relegado a espacios de poder formal, como los que ocupan el jefe de Gabinete y el nuevo secretario de Ambiente, Juan José Mussi", agregó.

Néstor Kirchner siempre jugó con el setentismo desde que llegó a la Casa Rosada. Pero nunca le concedió verdadero poder. Cristina Kirchner, en cambio, dotó a esos sectores de espacios de poder que superan lo simbólico, como el manejo de la seguridad, la justicia y la comunicación.

La Presidenta vació de poder a la Jefatura de Gabinete, pero curiosamente parece resistirse a desalojar de allí a un debilitado Fernández, cuya mayor fortaleza sigue siendo su eximia verborragia. ¿Por qué Fernández puede seguir pernoctando en la Casa Rosada? Pocos lo entienden en el propio Gobierno y no faltan ministros que sugieren que tanto el jefe de Gabinete como el titular de Justicia, Julio Alak, deberían renunciar sin que nadie se los pida por una cuestión de dignidad. Una voz del justicialismo aporta otra explicación: "Tal vez, la Presidenta quiera mantenerlo a Aníbal, porque es quien le cubre su escasa relación con el peronismo".

Ha muerto el que retaba y disciplinaba dentro del Gobierno. El cristinismo asoma, pero no termina de nacer. La metamorfosis del kirchnerismo, no obstante, está en plena gestación.

Para el sociólogo Eduardo Fidanza, es prematuro hablar de "cristinismo" si por esta expresión se entiende una corriente política interna en el seno del Gobierno. "Lo que está sucediendo es que la Presidenta ha reforzado el papel de algunos colaboradores que siente más afines, sobre todo gente joven. Además, ha recortado el poder de aquellos cuya presencia ella rechazaba en tiempos de su marido, como Aníbal Fernández. Son gestos de autonomía relativa impulsados en buena medida por el miedo a la traición, que no hubiera tomado con Néstor Kirchner vivo", comentó.

Pese a que Daniel Scioli salió públicamente a respaldar la candidatura presidencial de Cristina Kirchner, el núcleo duro del oficialismo sigue dudando de sus movimientos. La razón es que Scioli sería el postulante a la Casa Rosada ideal para el Peronismo Federal, cuya crisis quedó de manifiesto esta semana, pese a la propuesta acordada por Eduardo Duhalde y los Rodríguez Saá de realizar una extraña elección interna por regiones para definir a su candidato.

La idea de elegir delegados regionales que elija al postulante presidencial en una asamblea fue rechazada por Felipe Solá, quien defiende las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias impulsadas por el Gobierno para el 14 de agosto.

Algo en común une a Solá con Julio Cobos: ambos se plantearán un compás de espera, durante el cual seguirán haciendo campaña. Llegado el momento, decidirán si dan batalla en las primarias abiertas de agosto. En el caso de Solá, contra Duhalde, Alberto Rodríguez Saá o Mario Das Neves; en el caso de Cobos, contra Ricardo Alfonsín o Ernesto Sanz.

Duhalde no descartaría tenderle, tras la interna del peronismo disidente, un puente al macrismo. Especialmente, si el jefe porteño llegara a tener una intención de voto mucho mayor que la suya. Al menos en los últimos días, exhibió una coincidencia con Mauricio Macri, al definirse como "el presidente del orden".

La crisis de la oposición no se limita a las desinteligencias entre sus dirigentes frente a la forma de dirimir las candidaturas y a su posición sobre las primarias abiertas previstas para agosto. Las primeras propuestas de gobierno dan cuenta, en no pocos casos, de una escasa audacia para diferenciarse del Gobierno. Ni Sanz ni Alfonsín ni Duhalde sueñan con reprivatizar Aerolíneas. Tampoco desechan la posibilidad de utilizar las reservas del Banco Central ni piensan dar marcha atrás con el programa Fútbol para Todos. Claro que todos prometen ser más prolijos a la hora de hacer las cuentas. Pero algunos pueden ver esto como una forma de hacer kirchnerismo con estilo renovado.

Tal vez haya detrás de esas definiciones en la oposición un reconocimiento de que una porción no menor de la población, cuyo voto no se quiere perder, condena ciertas formas autoritarias del oficialismo, pero pretende seguir gozando de las dádivas del Gobierno, al tiempo que valora positivamente el intervencionismo estatal, la fuerte presión impositiva (para los demás, claro está) y la idea de la redistribución de la riqueza (aunque lleve a crear cada vez menos riqueza).

Las dificultades de la oposición para generar una alternativa poskirchnerista están a la vista. Sólo se advierte con claridad en el arco opositor una mayor sensibilidad por el tema del orden público, frente al estado de anomia característico del período kirchnerista. La inseguridad es el talón de Aquiles de Cristina; la oposición debe demostrar que tiene el antídoto.

También se ha advertido compromiso de la oposición ante los atropellos a libertades esenciales, como la libertad de prensa, amenazada en la víspera por un insólito bloqueo que, ante la inacción policial, impidió durante más de cuatro horas la salida de Clarín y La Nacion, y que fue festejado por el canciller Héctor Timerman.

Mientras tanto, se discuten en la oposición maneras de seducir a un electorado descreído, aunque a veces el debate se pierde en torno de posibles golpes de efecto. Como una sugerencia que, pocos meses atrás, le hizo Duhalde a Solá. Le recomendó que, para alcanzar celebridad, tenía que pegarle una trompada a Néstor Kirchner en la Cámara de Diputados. Solá no se lo tomó en serio, aunque de haber cambiado de opinión, no hubiera podido concretar ese deseo de Duhalde, puesto que al poco tiempo Kirchner murió. Curiosamente, poco después, otra diputada, Graciela Camaño, sí se dio el gusto de abofetear al kirchnerista Carlos Kunkel.

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