Dólar, deuda e inflación: las tres bombas de corto plazo que tiene que desactivar el Gobierno

Dólar, deuda e inflación: las tres bombas de corto plazo que tiene que desactivar el Gobierno

En la última semana, se aceleró el pánico del mercado sobre la sostenibilidad del programa financiero de Guzmán, que impactó en la suba de los tipos de cambio

Por Sofía Diamante

 

Como si se tratase de la inflación, en la última semana se aceleraron los problemas financieros que enfrenta el ministro de Economía, Martín Guzmán. Se disparó el pánico en el mercado sobre la sostenibilidad de la deuda en pesos, un pilar importante del programa del Gobierno, y eso, a su vez, generó una cobertura del riesgo a través de una mayor demanda de dólares.

El ministro se comprometió este año a reducir el déficit fiscal de 3,1% del PBI de 2021 a 2,5%. Sin embargo, en los primeros cinco meses, el gasto real (descontada la inflación) creció a un ritmo de 20%, mientras que los ingresos lo hicieron solo en 4%. Es decir, las cuentas del Estado muestran una dinámica que se aleja del camino pactado con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Este comportamiento podría no tener mayor importancia si no fuera porque el Tesoro encuentra cada vez menos opciones para financiar la diferencia entre gastos e ingresos. El año pasado recurrió en gran parte a la emisión monetaria del Banco Central (BCRA), que representó 4,6% del PBI, pero este año limitó esa opción a solo 1% del producto, acordado con el FMI. Si bien hay economistas, como Gabriel Caamaño, que advierten que esa restricción es un “colador”, ya que la entidad monetaria tiene distintas maneras de financiar al Tesoro, los niveles de inflación mensuales erosionaron el margen de discrecionalidad.

Como el mercado de deuda internacional está cerrado con un riesgo país arriba de los 2000 puntos (pese a que se reestructuró la deuda con privados y se refinanció las obligaciones con el FMI), las únicas dos alternativas de financiamiento del Gobierno son subir impuestos o endeudarse en el mercado interno.

Sin embargo, en estas opciones también la coalición gobernante encuentra cada vez más problemas. La presión tributaria en la Argentina es de 29,4% del PBI, por encima del promedio de América Latina. Si se tiene en cuenta una informalidad de la economía del 30%, la presión alcanza el 38% del producto, por arriba del 33,5% que tienen en promedio los 38 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Más allá de estos números, aun si el Gobierno quisiese avanzar con la creación de nuevos impuestos, el oficialismo no cuenta con los votos suficientes en el Congreso.

Por lo tanto, la alarma que se prendió en el mercado sobre la sostenibilidad de la deuda en pesos no es un problema menor para Guzmán, pese a que el Gobierno siempre subestimó esa operación. “Cualquier ciudadano de a pie entiende perfectamente la diferencia entre endeudarse en pesos o en dólares. O entre endeudarse con su mujer, esposo o hermano o endeudarse con un banco”, dijo en abril pasado el exministro de Desarrollo Productivo Matías Kulfas.

Ayer, el Tesoro licitó nueva deuda, en la cual, si bien captó del mercado $10.000 millones más de los que buscaba, tuvo que ofrecer a los inversores bonos que vencen este mismo año y subir tres puntos porcentuales la tasa de interés. La prueba de fuego, sin embargo, estará el próximo 30, cuando el Gobierno deberá buscar en el mercado $585.000 millones para pagar un vencimiento que, si no lo consigue de parte de los inversores, deberá recurrir nuevamente al Banco Central.

“Hay un consenso absoluto del mercado de que la Argentina enfrenta un problema en sus stocks de moneda local: hay demasiados pesos que solo se refinancian por el cepo y la porción de pesos indexados es alta y va creciendo. Como la inflación es tan elevada, la alternativa de licuar stocks con una gran devaluación es muy riesgo para la nominalidad”, indicó la consultora 1816 en su último informe, lo que evidencia la sábana corta de Guzmán.

Si bien estos problemas suceden en el plano financiero, las consecuencias ya tienen efecto en el dólar y en la inflación. En la última semana, los tipos de cambio paralelos se dispararon como pocas veces se vio durante esta gestión: el contado con liquidación (CCL) aumentó $29, mientras que el MEP subió $20.

El Indec, por su parte, anunció ayer que la inflación interanual de mayo superó el 60% y, si bien el índice mensual mostró una desaceleración con respecto a los meses previos (5,1% vs. el 6% de abril), los aumentos acumulados en el último año desagregados por sector dejan en evidencia que se está incubando un nuevo problema. En concreto, mientras que las prendas de vestir y calzado subieron sus precios 79,6% en promedio, el rubro de vivienda, agua, electricidad y gas creció solo 41,8%, casi 20 puntos porcentuales por debajo de la inflación.

Esta distorsión de precios no es gratis para las cuentas fiscales, donde los subsidios a la energía crecieron 166% en los primeros cuatro meses del año con relación al mismo período del año pasado. La energía, además, le está trayendo dolores de cabeza al Banco Central por la demanda de divisas. Solo en lo que va del año, se fueron por importaciones casi US$5000 millones, más del doble de lo que tenía estimado la entidad monetaria. De seguir con este ritmo, en el mercado no descartan un endurecimiento aún mayor del cepo, un rumor que se vio reforzado ayer con la reunión del flamante ministro de Desarrollo Productivo, Daniel Scioli, con el presidente del BCRA, Miguel Pesce, y Guzmán en el Palacio de Hacienda.

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