Cuadernos de las coimas: Cristina Kirchner inauguró el ataque como defensa y retomó sus desafíos a la Justicia

Cuadernos de las coimas: Cristina Kirchner inauguró el ataque como defensa y retomó sus desafíos a la Justicia

La expresidenta ofreció una narrativa nueva en su defensa por el caso de los sobornos; apuntó contra Stornelli y el sistema judicial en su conjunto

 

Hernán Cappiello

Cristina Kirchner no decepciona. Ante los jueces que la juzgan por el caso de los Cuadernos de las Coimas, se mostró altanera y ofreció una nueva línea de defensa: el ataque, al responsabilizar de todos sus males al fiscal federal Carlos Stornelli, que impulsó la causa iniciada a partir de una investigación de LA NACION. Volvió a desafiar a la Justicia como hace seis años, en la causa Vialidad, en ese mismo banquillo de los acusados.

Kirchner usó el argumento, que arrancó con el “Operativo Puff”, una maniobra armada para acusar al fiscal Stornelli de delitos y hacer caer el caso Cuadernos. Pero lo que se cayó fue el “Operativo Puff”.

Escuchas del penal de Ezeiza registraron conversaciones de kirchneristas con sus allegados y revelaron que se estaba armando una causa para perjudicar a Stornelli.

En uno de los audios, el diputado kirchnerista Eduardo Valdés le adelantó al exsecretario condenado Juan Pablo Schiavi, que estaba preso: “Va a haber novedades, quedate tranquilo”. Le aseguró: “Bonadio, Stornelli, Puf, Puf”. Esa frase fue la que generó el nombre con el que se conoció ese operativo de desgaste de Stornelli.

Y ahí arrancó el caso D’Alessio con acusaciones contra Stornelli, de las que fue sobreseído.

No obstante, ahora Cristina Kirchner volvió a acusar a Stornelli de extorsión, de cobrar dinero a cambio de liberar imputados, de intentar montar una cámara oculta a su exabogado y de armarle una causa a la pareja de su exesposa.

Todo esto fue investigado y Stornelli tiene un fallo firme de la Corte Suprema de Justicia que lo libra de responsabilidad en este caso. Stornelli ni siquiera fue uno de los acusados en el juicio contra Marcelo D’Alessio, que sí fue condenado.

Para la Justicia, el asunto está archivado, pero para la defensa de Cristina Kirchner en el caso Cuadernos y en el relato de la militancia kirchnerista, el “Operativo Puff” sigue vivo.

Sin militantes en los alrededores de Comodoro Py 2002, la presencia de Cristina Kirchner pasó casi inadvertida fuera de los tribunales. No había nadie en la calle, que ni siquiera estaba cortada. Algunos manifestantes sueltos la saludaron al salir, escoltada por camionetas policiales.

En la planta baja de la sala, entre el público, solo estuvieron sus leales, quienes fueron sus ministros, sus funcionarios apegados a los temas judiciales, y organizaciones de derechos humanos. Estaban Horacio Pietragalla, Agustín Rossi, Mariano Recalde, Oscar Parrilli, Felipe Solá, Adolfo Pérez Esquivel y Mayra Mendoza.

Asistieron también Jerónimo Ustarroz, Juan Martín Mena, Eduardo Wado de Pedro, Anabela Fernández Sagasti, Germán Martínez, José Glinsky, entre otros.

La barra kirchnerista aplaudió, gritó y hasta insultó a los jueces del tribunal cuando le aseguraron a Cristina Kirchner que ellos iban a brindarle un juicio justo.

En los alrededores de los accesos a Comodoro Py se mezclaban con los acusados del caso Sueños Compartidos y sus abogados (una causa en la que este miércoles declara Mauricio Macri como testigo), los acusados del caso Cuadernos.

Sobre la calle Letonia, mientras los chicos entraban al colegio público, indiferentes a todo, los acusados esquivaban a los perros detectores de bombas, llevados por los policías que corrían, vestidos de negro con boina, y a las tropas de elite del Grupo Especial de Intervención (GEI) del Servicio Penitenciario Federal, artillados como para la guerra de Medio Oriente.

Cristina Kirchner entró por un costado sin ser vista y se sentó en primera fila. Estaba nerviosa, con los dedos con anillos, entrelazados. A su lado, en el escritorio apoyó una gran cartera negra. Vestida de pantalón negro, chaleco al tono y una blusa blanca con mangas abuchonadas, con una escarapela, la expresidenta se sentó a metros de Julio de Vido. No se saludaron. Sí lo hizo con Roberto Baratta, que se acercó a darle la mano.

Una vez en el estrado, fue aplaudida a rabiar por la barra kirchnerista de la planta baja. Cristina Kirchner les sonrió, saludó con la mano y arrancó como para dar un discurso: “Buenos días a todos y a todas”, dijo. El presidente del tribunal, Enrique Méndez Signori, la frenó.

Y le hizo las preguntas de rigor, como su nombre, edad, medios de vida, nombre de los padres y antecedentes penales. A Kirchner no le gustó, lo desafió. “Le voy a decir al final, si voy a contestar preguntas”, respondió Cristina. Cuando el juez le preguntó por sus medios de vida, le dijo “es de público y notorio”, lo mismo cuando le preguntó por sus antecedentes penales.

“Si me deja hablar le cuento de la causa Vialidad que es lo que quiero hacer”, le dijo. Y ahí arrancó diciendo que en Vialidad hubo invención de pruebas y que en este caso directamente hubo una actuación mafiosa. Allí mencionó a Stornelli y al fallecido juez Claudio Bonadio.

Cristina Kirchner estaba sentada mirando de costado a los jueces, con una botella de agua y pañuelitos de papel que le alcanzó el secretario de la Cámara de Casación, Juan Manuel Montesano Rebón.

Cristina Kirchner tomó la palabra envalentonada, como lo hizo en 2019, cuando le tocó declarar en esta misma sala en la causa Vialidad. Aunque las diferencias son notorias.

Allí, el 2 de diciembre de 2019, estaba a los gritos, golpeando el estrado y mirando a la cara a los jueces. “Este es un tribunal del lawfare, que seguramente tiene la condena escrita. A mí me absolvió la historia y me va a absolver la historia. Y a ustedes seguramente los va a condenar la historia. ¿Preguntas? Preguntas tienen que contestar ustedes, no yo”, les dijo en aquel momento al Tribunal Oral Federal 2.

Era una semana antes de asumir como vicepresidenta de la Nación tras haber triunfado en primera vuelta y promover a Alberto Fernández como presidente.

Ahora no es lo mismo. Cristina Kirchner llegó condenada, detenida, con una tobillera electrónica, casi desaparecida de la escena política, con visitas restringidas y pugnando por seguir incidiendo en el futuro del justicialismo.

Sus discípulos, a los que encaramó en el poder, ahora se independizaron y la desafían. Axel Kicillof −que no estaba en la sala− quiere controlar el PJ bonaerense y se erige como candidato presidencial, prescindiendo de ella. Su hijo Máximo es quien lleva su bandera. Buena parte de los intendentes ya se corrieron.

Kirchner se volvió a mostrar desafiante ante los jueces. Méndez Signori le reiteró si iba a contestar preguntas. A lo que ella replicó, casi como en 2019: “Voy a contestar preguntas el día que ustedes llamen a declarar a Stornelli por las barbaridades que hizo en este expediente, cuando declare Mauricio Macri por los parques eólicos, que duerme en estos tribunales, el día que llamen a [Luis] Toto Caputo a declarar” por la deuda con el Fondo Monetario Internacional.

La militancia cerró su alocución con aplausos cerrados. Méndez Signori se vio obligado a explicarle que ellos eran un tribunal de la República y que le daba garantías de que le iban a proporcionar un juicio justo. Su colega Germán Castelli hizo lo propio. Kirchner ni lo escuchó.

La militancia les gritó “caraduras” y nadie los paró.

Comentá la nota