La larga marcha hasta octubre

La larga marcha hasta octubre

Comienza el maratón electoral. Recuerdos de 24 provincias, distintos tonos y tradiciones. PASO o no PASO, un debate político transversal. El peronismo bonaerense, reproches cruzados. Las trayectorias en danza, antes y después de 2015. Qué es “ser funcional” al adversario, todo un debate.

Empieza hoy la larga secuencia de elecciones que signará lo que falta del año y, en buena medida, los que vendrán. Se vota en Corrientes, Chaco y La Rioja (ver asimismo página 9). 

Corrientes y Santiago del Estero son los dos únicos distritos que renovarán su gobernación en 2017. Su calendario es diferente porque tuvieron intervenciones federales que lo alteraron. 

Los ejemplos comprueban que el mapa electoral argentino es tan multicolor como su geografía y sus tradiciones políticas. 

Tomemos como referencia las elecciones para gobernador, aunque no “caen” este año: son las más decisivas en cada terruño. El sobrevuelo será veloz e incompleto, solo para ilustrar. 

El Movimiento Popular Neuquino (MPN) es el único partido provincial que conserva el ejecutivo desde 1983. Esa es la única jurisdicción en la que ni el peronismo ni el radicalismo pudieron vencer en contiendas por la gobernación.

Hay otras, como por ejemplo Formosa y San Luis, donde los justicialistas se impusieron siempre.

En Río Negro la Unión Cívica Radical (UCR) fue hegemónica desde 1983 hasta 2011. El peronista Carlos Soria los doblegó pero fue asesinado por su esposa a poco de asumir. Desde entonces (con reelección en el medio) el gobernador pertenece a otro partido.

Mendoza es el mayor ejemplo  de alternancia entre correligionarios y compañeros. El score es el más parejo imaginable tras nueve elecciones: 5 a 4 para el peronismo.

El peronismo mordió el polvo dos veces en Buenos Aires, caídas que valen y duelen doble porque fueron concomitantes con triunfos de presidentes de otro signo partidario (Raúl Alfonsín y Mauricio Macri).

La abrumadora mayoría de los presidentes consagrados en el cuarto oscuro desde 1989 fueron gobernadores antes, incluso los interinos que se sucedieron en las flamígeras jornadas de 2001 y 2002.  Curiosamente, solo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) consagró dos mandatarios nacionales electos, en un país en el que los porteños no son muy queridos allende la avenida General Paz.

Bonaerense, se sabe, no llegó ninguno. Sin embargo, “la provincia” es determinante, aún en la variada competencia que está despuntando. 

El pueblo se expresará en 24 distritos, escogiendo listas provinciales de legisladores nacionales: no hay candidaturas a padrón común.

Pesos específicos: Se renueva la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio de la de Senadores, estos corresponden a ocho provincias. Buenos Aires aporta 35 legisladores a la Cámara Baja y los tres de rigor a la Alta. Los diputados son un poco menos de las cuarta parte de los ingresantes. El número de senadores es el mismo en todas las provincias, un modo de mitigar el peso de la población en la conformación del Congreso. Mirada con ojo fino, la proporción de diputados es (ligeramente) más generosa con las provincias “chicas”.  

De cualquier modo, 35 diputados son muchos. Los votos de los tres senadores bonaerenses, claro, valen lo mismo que los de sus pares. En esa Cámara la influencia de las provincias se empareja. El MPN y el peculiar peronismo pampeano han sabido sacarle el jugo a la presencia prolongada de dos senadores de su bandería, pesando como bisagras o como fiel de la balanza. Han definido muchas votaciones o manejado su voto para pulsear-negociar con los gobiernos nacionales de turno.

De cualquier modo, Buenos Aires gravita mucho por el factor cuantitativo y por su significación. En la contingencia, acentuada por la eventual candidatura de dos presidenciables: la ex mandataria Cristina Fernández de Kirchner y el diputado Sergio Massa.

La interna del peronismo se centra en la figura de Cristina, la principal dirigente de la oposición, a distancia sideral del improbable segundo. Los compañeros disienten acerca de si conviene que se postule, tanto como acerca de si debe haber competencia o lista única en las Primarias Abiertas (PASO).  

Como suele ocurrir en política, sobre todo si se mediatiza el debate, una encrucijada táctica (pragmática) se discute como si fuera un imperativo kantiano, una regla  moral.

El eje, empero, es discernir qué es más redituable para el espacio opositor o el oficialista, dos caras de la misma moneda. Controversia plena de contrafactuales y aseveraciones empíricas no verificables en la que es imposible llegar a una respuesta lógico-formal. De política se trata, caramba.

Cristina expresó su voluntad de ser candidata, con la cláusula anexa de autoexcluirse, si existe una alternativa superadora. Los ajenos y algunos de los propios traducen que no participará en una PASO, si la hay. Como esa contingencia depende de la voluntad de los adversarios internos surge una paradoja: la ex presidenta estaría supeditando su presencia (su decisión) a lo que haga el (su) ex ministro Florencio Randazzo. Suena raro, conociendo a los protagonistas pero todo es posible, todavía.

Se entrecruzan los reproches de ser funcional al macrismo. No entraremos, por hoy, en su detalle. Puntualicemos apenas algunos criterios generales, no exentos de opinión. 

Un peronismo dividido sería funcional al macrismo. 

También le cabría ese sayo a una “lista de unidad” con exclusiones y sin atractivos para electores no encuadrados ni ya definidos.

Una interna despiadada, con virulencia verbal, otro tanto.

Las variables son muchas, tantas como las corresponsabilidades, admítanse o no.

El sector de Randazzo le exige al kirchnerismo autocrítica por la derrota de 2015. Le asiste razón, pero si fuera coherente debería reconocerle la parte del león en las victorias que se sucedieron desde 2003 hasta ese momento.

El kirchnerismo puede reivindicar haber ejercido la oposición más férrea contra el gobierno del presidente Mauricio Macri. La mayoría de sus challengers fue más transigente: se inclinó largo rato (o todo el tiempo) por la “convivencia” o la “gobernabilidad”: 

En el caso de los recién llegados del Frente Renovador (FR) como el ex ministro Alberto Fernández y el triunviro cegetista Héctor Daer hubo un acompañamiento prolongado y cuestionable: leyes deplorables en el Congreso, acuerdo con los buitres, pactos berretas (e inútiles) entre la CGT y el gobierno. Y en Buenos Aires algo más parecido a un cogobierno en minoría que a una conducta opositora razonable y prudente. 

Senadores del FpV, ahora randazzistas, votaron a cuatro manos el acuerdo al cortesano Carlos Rosenkrantz o la ley de ART u otros engendros. 

La posición del propio Randazzo respecto del macrismo es casi ignota porque el hombre optó por el perfil bajo o la inacción durante quince atronadores meses.

O sea: todos tienen un espejo crítico en el que mirarse. Tanto la unidad de antemano, como la plasmada al construir el espacio común durante y después de la PASO, suponen renunciamientos, un ánimo de sumar. Y una admisión: el peronismo atraviesa una crisis que no lo halla en un momento rozagante y de avance. La coyuntura electoral se zanjará mediante la opción por lo mejor posible, que no es el ideal. El más común de los sentidos induce a emprender ese camino.

Otros actores, racionales, deseosos de sacar buen resultado, eligen gambetear las internas, lo que no compele a imitarlos pero sí a tomar nota. Concuerdan en ese afán los gobernadores peronistas y la conducción nacional de Cambiemos: jugadores hábiles que supieron prevalecer dos años atrás.

Los “gobernas” peronistas se esmeran en construir algo parecido a la unidad dentro de sus fronteras. En parte se insinúa, en parte se va haciendo: las listas de Chaco y Corrientes de hoy expresan ese designio, completado en buenas dosis.

El oficialismo  nacional se va inclinando hacia las listas únicas. A veces por consenso, a veces ejerciendo el poder que dimana de gobernar (recurso hoy en día ajeno al kirchnerismo). A veces con tramoyas, picardías o hasta violaciones de la ley. La voluntad es lo primero, la república puede esperar.

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El pez grande y el chico: El ejemplo más resonante es el de la CABA en la que el PRO le birla las PASO al ex ministro K y ex embajador M, Martín Lousteau. Ni la normativa ni la lógica cartesiana autorizan la movida. Judicializarla es imposible o inconveniente o indigerible para Lousteau: nadie le garantiza un resultado tempestivo y propicio, con tribunales electorales PRO-friendly.

Deberá enfrentarse a cielo abierto: le restará votos a Cambiemos, cuyos operadores confían en que “Martín” perderá apoyos merced a la polarización contra el peronismo y a la multiplicidad de la oferta opositora. La diputada Elisa Carrió, enaltecida por la derecha gobernante como vestal republicana, convalida la trapisonda, en un nuevo ejercicio de su mirada ética tuerta.

En Santa Fe, PRO activa con eficacia la división del radicalismo, armando un tablero local que es distinto al de cualquier otra provincia.

La presunción extendida es que la UCR perderá bancas a manos de su aliado más poderoso. El diputado saliente Ricardo Alfonsín lo denuncia a diario, mientras se va preparando para dejar su banca y su despacho.

El destino de la UCR, da la impresión, es homólogo al de tantos aliados del peronismo, en sus diversas expresiones frentistas: ser fagocitado o minimizado. La fuerza gravitatoria del poder es, en tendencia, irresistible. Los boinas blancas conservan un peso territorial interesante: cuatro de las seis gobernaciones de Cambiemos, aunque no las más gravitantes.

Cierto es que algunos correligionarios que integran el Gabinete nacional han cumplido desempeños mediocres, por decirlo compasivamente. José Cano, el titular del “Plan Belgrano” que, hasta acá no llega a ser un borrador. Y el ministro de Defensa, Julio Martínez,  el del túnel del tiempo que trasladó 1816 a 1810.

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El federalismo real y los costos: Un par de ritos acompañan las seguidillas de elecciones. El primero es alertar contra el dispendio económico, “los costos de la democracia” sobre los que el diario La Nación se apuró a informar hace pocos días. La Tribuna de Doctrina se interrogó menos sobre el precio de las dictaduras. O, peor, se interrogó y lo contestó de la peor manera imaginable.

El otro, en yunta, es quejarse por la falta de unificación de los cronogramas. Hay algo sensato en ese reclamo que desconoce, empero, que el escalonamiento o la dispersión trasuntan el federalismo real. Son derivación o de constituciones provinciales que “desdoblan” o de manejos de los gobernadores (o hasta intendentes) que procuran optimizar sus chances acomodando las fechas.

El federalismo práctico les concede esas ventajas, que mitigan el peso del centralismo nacional. Son siempre relativas porque la decisión queda en manos del pueblo soberano.

Ningún comicio define los de otras comarcas. Y son pocos los que “contagian”. Sirven para enaltecer aliados (si ganan) o para acompañarlos, solidarios con el éxito. Ya habrá pases de comedia, viajes frustrados o decididos sobre la hora. 

La experiencia ajena (y diferente) es útil como enseñanza o señal para candidatos de otros parajes. No hay pago como mi pago… pero hay constantes o aprendizajes para que el que sabe leer los comportamientos de los pueblos y los manejos de los dirigentes.

Existen, a veces, en elecciones de medio término tendencias fuertes que trascienden la fragmentación. Hay momentos históricos en los que el conjunto de los votantes (o una porción apreciable, mejor) se define como si se hubiera conjurado.  Se expresa como un colectivo, revelando evaluaciones o deseos o intereses compartidos. Saber si ocurrirá esta vez excede las competencias de este cronista. 

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