Industria y construcción crecen, pero el FMI y la energía le ponen límites

Industria y construcción crecen, pero el FMI y la energía le ponen límites

La actividad industrial consolida su leve recuperación pospandemia, iniciada en septiembre 2020. Sin embargo, de cara al futuro, el panorama es incierto, incluso en el corto plazo

 

 

Los resultados para el mes de febrero, tanto de la actividad de la Industria como de la actividad de la Construcción, elaborados por el INDEC,  muestran una recuperación luego del primer mes del 2022, el cual tradicionalmente presenta reducciones en la actividad por vacaciones y en particular este año, afectado por rebrotes de Coronavirus.

Aislando los efectos de la estacionalidad, la actividad industrial tuvo un incremento del 4% en febrero comparado al mes anterior, y del 8,7% respecto al mismo mes del año pasado. De manera similar, la construcción aumentó 7,2% intermensual y 8,6% interanual.

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Esta recuperación superior al 8% en los dos sectores significa retornar en ambos casos a un sendero de variación interanual positiva, que se venía desplegando desde noviembre 2020 y ya llevaba 14 meses consecutivos, hasta que se vio interrumpido por la mala performance de enero 2022.

Efectivamente, bajo una mirada más amplia, al considerar el primer bimestre del año en su totalidad, las variaciones interanuales fueron del 3,9% y del 1,5% para la industria y la construcción respectivamente, dejando a la vista que los buenos resultados del mes de febrero fueron neutralizados por el retroceso experimentado el mes anterior.

Siguiendo el análisis sobre los dos primeros meses del año acumulados, en la industria el crecimiento se explicó principalmente por los sectores de Automotores y Textiles, con subas de 17,5% y 11,0% cada uno. Por el lado de la construcción, Asfalto junto con Griferías, Tubos de Acero y Vidrios fueron los sectores más dinámicos del bimestre.

De esta manera, la actividad industrial consolida su leve recuperación post-pandemia, iniciada en septiembre 2020. Sin embargo, aún permanece por debajo del pico experimentado tres años antes, en septiembre 2017, cuando llegó a ubicarse 6,4% por encima del nivel actual.

De cara al futuro, el panorama es incierto, incluso en el corto plazo. El gobierno nacional debe enfrentar trade offs tanto a nivel cambiario como monetario, donde los efectos secundarios por intentar conseguir algo de estabilidad macroeconómica los sufriría el nivel de actividad.

Por el lado cambiario, el recientemente firmado acuerdo con el FMI impone a la Argentina cumplir con determinado nivel de reservas internacionales, lo cual motiva el fuerte cepo y restricción al acceso de divisas que el gobierno aún mantiene y profundiza.

Tipo de cambio 

A su vez, el equipo económico parece resistirse a contrarrestar el atraso cambiario que viene sufriendo el tipo de cambio oficial los últimos meses. Todo este combo será una traba al momento que los empresarios requieran de dólares para importar y mantener su producción en movimiento (en febrero solamente 12% de lo importado fueron bienes de consumo, el resto fueron bienes de capital, intermedios o insumos), ya que aun considerando una importante entrada de agrodólares, es probable que la cantidad de divisas no sea suficiente para satisfacer todos los frentes.

En cuanto al aspecto monetario, tanto el Banco Central como el Ministerio de Economía vienen llevando adelante una política contractiva de suba de tasas de interés que podría afectar negativamente la actividad productiva en el corto plazo. Adicionalmente, esto se ve potenciado nuevamente por parte de los compromisos asumidos con el Fondo Monetario Internacional, en los cuales el Ministro de Economía, Martín Guzmán, se comprometió a reducir drásticamente la asistencia monetaria del Banco Central al Tesoro, reemplazando esa entrada de fondos por liquidez captada en el mercado interno. Como consecuencia, ya se está evidenciando un alto direccionamiento del ahorro hacia las colocaciones de deuda del Ministerio de Economía, desviando parte de lo que podría orientarse a financiar capital productivo.

Otro posible perjuicio tanto para el sector industrial como el de la construcción parece tomar forma desde el lado energético. Sucede que el escenario internacional ha dado lugar a una fuerte suba en los precios del gas, la energía y los combustibles.

Ante esto, y la limitada cantidad de dólares mencionada previamente, el gobierno ha iniciado conversaciones con sus pares de Bolivia y Brasil, en una desesperada búsqueda por asegurarse la cantidad de gas necesaria para enfrentar el invierno, evitando reducir o cortar el suministro tanto para hogares como para fábricas y empresas. De todas formas, el gobierno ya anticipó que de haber faltantes priorizará mantener el servicio a las familias, lo que podría provocar posibles cortes al sector productivo y consecuente reducción en el uso de la capacidad instalada.

 

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El panorama por el lado de la demanda tampoco es alentador, pues la aceleración inflacionaria de los últimos meses, que ya se ubica cerca del 70% anualizado tomando el primer trimestre del año, resta poder adquisitivo a los ingresos y golpea al consumo privado. Como consecuencia, tanto la construcción como la industria manufacturera podrían verse directamente afectadas.

Finalmente, si bien es difícil encontrar razones que nos hagan pensar que la tendencia positiva que estos dos sectores vienen experimentando desde la salida de la pandemia se pueda mantener firmemente, la obra pública puede significar un sostén.

Siempre y cuando no se generen desvíos respecto a lo pactado con el Fondo Monetario Internacional, la obra pública debería alcanzar el 2,0% del PBI para fin de 2022, lo cual implicaría un aumento  interanual de 0,5 puntos porcentuales del PBI. Sin embargo, dadas las dificultades que el gobierno ha demostrado tener en los primeros tres meses del año para acercarse a las metas de reducción del déficit fiscal, la probabilidad de incumplimiento de lo propuesto en términos de obra pública empieza a crecer.

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