Desventuras y mala praxis en las dos veredas

Por Carlos Pagni

La polarización automática entre los Kirchner y todo lo que no se les parece se ha convertido en un obstáculo para la interpretación de la política argentina. De esa dinámica deriva el error en el que cayeron numerosos dirigentes y analistas desde el 28 de junio pasado: la creencia en que la derrota del Gobierno engendraría una oposición homogénea y eficaz. Como si, por un simple juego mecanicista, el país pudiera conseguir en una noche el sistema bipartidista del que carece.

Aquella lectura binaria está produciendo en estos días un segundo engaño. Consiste en pensar que, dados los desopilantes desaciertos de sus rivales, los Kirchner están recuperando su perdida lozanía. Si se examinan los principales emprendimientos de la Casa Rosada, se advertirá que el oficialismo no necesita de la impericia ajena para plagar de obstáculos el camino. Se arregla solo.

El primer ejemplo es el viaje de la Presidenta y su esposo a Estados Unidos, pensado como la puesta en escena del lento regreso de la Argentina al orden civilizatorio del mercado. Sin embargo, con un timing que para la mentalidad conspirativa del matrimonio resulta sospechoso, el juez Thomas Griesa modificó el eje mediático de la gira con un embargo contra el Banco Central por US$ 105 millones. Griesa obligó a Amado Boudou a iniciar su estadía en Washington hablando de una sentencia que afirma (en su página 12) que "la Argentina ha perdido la buena fe para operar en los mercados".

Es posible que Griesa haya redactado ese párrafo aún sin conocer todas las novedades ocurridas en Buenos Aires. El 12 de diciembre de 2007, él había condenado a la Argentina a pagar al fondo Claren Corporation -atención: "Claren", con "e", no con "i"- la suma de US$ 7.507.089 por bonos impagos. Ante la imposibilidad de ejecutar esa orden en los Estados Unidos, Claren recurrió a un procedimiento denominado "exequatur", que permite homologar en el sistema judicial local una sentencia obtenida en el extranjero. El juez Pablo Cayssials, designado el año pasado en el Juzgado Contencioso Administrativo Nº 9, rechazó esa pretensión aduciendo que Griesa "ha desconocido el principio de inmunidad soberana respecto del Estado argentino".

Cayssials puso por escrito lo que Griesa sólo infería de los hechos. Ya no se trata de que la Argentina oculta sus activos para no pagar. Ahora sus jueces se burlan de la renuncia a la inmunidad soberana que, para la eventualidad de un default, profesa el Estado cada vez que emite un bono.

Como el criterio de Cayssials puede perjudicar a quienes, a partir de pasado mañana, ingresen al canje, Claren se dirigió a la Securities and Exchange Commission (SEC) el 23 de marzo pasado para advertir que la jurisdicción extranjera que se ofrece a esos bonistas acababa de ser desdeñada por un juez en Buenos Aires. La SEC ya había aprobado el prospecto de esa reestructuración, pero acusó recibo de esa notificación.

Mientras siga apareciendo la palabra embargo en la tapa de los diarios, el oficialismo no podrá dar por clausurado el default. Por eso algunos hombres de consulta de la Presidenta pretenden promover una ley para que si el 66% de los acreedores admite la oferta oficial la fórmula del acuerdo se extienda a quienes siguen litigando en Nueva York. Es decir, se aplicaría a este conflicto la lógica del derecho de quiebras. Claro, la justicia de los Estados Unidos debería admitir que esa nueva regla es compatible con su propio orden jurídico. Algunos diputados opositores estudian la misma salida.

El problema central

El embargo de Griesa y la denuncia de Claren vuelven a demostrar que el problema central de la economía argentina es su baja institucionalidad.

Por esa razón muchos economistas consideran que, aunque Boudou logre cerrar el viejo expediente del default, le costará reponer la confianza que se necesita para que la Argentina reduzca su costo financiero internacional.

Si se observa el conflicto abierto entre Guillermo Moreno y los académicos que, invitados por Boudou, pretenden corregir el fraude estadístico del Indec, habría que coincidir con esos especialistas.

Igual que si se conocen los detalles de la puja que libran en el Central Mercedes Marcó del Pont y los amigos del ministro de Economía, Benigno Vélez y Sergio Chodos.

Ni las desventuras de la oposición consiguen ocultar la mala praxis del Gobierno. Cristina Kirchner mortifica a Jorge Taiana para que la Cancillería le devuelva la vitalidad perdida, como si se tratara de una clínica suiza de celuloterapia.

Se explica, entonces, que el viaje a los Estados Unidos -en rigor, toda la agenda con ese país- se haya convertido en la excusa para conseguir una foto con Barack Obama. Tal vez sería más provechoso retratarse con Hu Jintao, el presidente de China, a quien la Presidenta dejó plantado en enero con el insostenible pretexto de que Julio Cobos daría un golpe de palacio. La suspensión de las importaciones de aceite por parte de China es el principal conflicto externo que hoy tiene la Argentina.

Antes de partir hacia Washington, Taiana tomó coraje y comunicó a su jefa que dos altos funcionarios de ese país, de visita en Buenos Aires, advirtieron: "Si no se suspenden las restricciones que dispuso la ministra Débora Giorgi para nuestras exportaciones, la Argentina dejará de ser amiga de China y dejaremos de comprar también porotos de soja; no podemos permitir que este ejemplo se expanda en la región". La Presidenta registró ese riesgo y convocó a Roberto Urquía y los principales ejecutivos de las cerealeras para analizar el problema.

Transformada la política exterior en marketing de corto plazo, Kirchner descubrió las potencialidad de la secretaría general de la Unasur -que cuenta con inmunidad internacional- para su campaña presidencial. Los países de la región están, al parecer, dispuestos a ayudarlo.

Además, si Obama se muestra esquivo, ahí están los Clinton para ofrecer sus células madre al rejuvenecimiento del matrimonio argentino. Bill, esposo de la canciller de los Estados Unidos, visitará de nuevo Buenos Aires el 7 de junio, de la mano de Gerardo y Adrián Werthein.

Los Werthein son aliados indispensables para el desembarco de un par de amigos del Gobierno -Eduardo Eurnekian y Ernesto Gutiérrez- en Telecom. Esa operación también forma parte de un programa, esta vez doméstico, de resurrección. Kirchner prepara una fuerte intervención en el terreno de la prensa para revertir, en un año, la pésima imagen que le devuelven las encuestas.

La clave del plan es el montaje de la red de Televisión Digital Terrestre. Un grupo de empresarios ultraoficialistas, coordinados por Juan Carlos Lascurain, proveerá la infraestructura.

Los contenidos

Los contenidos se divulgarán a través de varios canales creados por el Gobierno. El responsable de la programación será Diego Gvirtz, niño mimado de Kirchner y señora. Si bien todavía no alcanzó el profesionalismo de un Raúl Apold -el padre del propagandismo peronista-, Gvirtz logró, con su show 6, 7, 8 , en Canal 7, emular a Rudi Ulloa, quien en Río Gallegos extasiaba al matrimonio con su noticiero El ojo del amo .

Los mensajes oficialistas seguirán la línea militante de la publicidad del fútbol censurando cualquier matiz. Un ejemplo: cuando hace dos semanas Daniel Scioli logró infiltrar el aviso de una pequeña hazaña bonaerense en esa tanda, Kirchner lo hizo dar de baja como si fuera un corto de Elisa Carrió.

Como se ve, aquí tampoco hace falta que la oposición se perfeccione. Con esa concepción autoritaria de la comunicación, es difícil que Kirchner consiga reconciliarse con la opinión pública. Tal vez sólo consiga hacer más pronunciados los rasgos de su propia caricatura.

Comentá la nota