Consistencia ideológica, tradición partidaria y necesidad electoral son los conceptos que acaparan la mayoría de los análisis que realizan, por estas horas, las principales figuras de la política provincial.
Crónica de una defección anunciada, la renuncia de Sanz fue embellecida con argumentos nobles (acuerdistas), que no alcanzaron a ocultar lo evidente: el mendocino no logró mover el amperímetro interno de la UCR, con una candidatura anunciada a través de una entrevista y liquidada en una conferencia de prensa, dos momentos con un denominador común: la ausencia de figuras de peso que respaldaran al mendocino. En la provincia, el impacto fue inmediato: Ricardo Alfonsín, que controla el “aparato” radical bonaerense, ordenó avanzar con las negociaciones para conformar finalmente el llamado Frente Progresista con el GEN y el PS.
El apuro no es un dato menor: el alfonsinismo busca legitimar lo antes posible su propio esquema de alianzas, una forma de esterilizar desde la estructura partidaria cualquier intento de Julio Cobos (y de Sanz) de cerrar un acuerdo con Mauricio Macri y Francisco De Narváez (y eventualmente, pero solo luego de que resuelva su pulseada con Alberto Rodríguez Saá, también con Eduardo Duhalde). Más allá de la necesidad formal de “cerrar” el proceso eleccionario interno, esa es la razón política de fondo de la proclamación de Alfonsín como candidato “oficial” por la Junta Electoral, que será replicada el jueves por el Comité Federal, versión ampliada del Comité Nacional.
Es, claro, una forma de comenzar a “curarse en salud”: si Cobos mantiene su candidatura y cristaliza un acercamiento a macristas y federales, podría, en teoría, ganar la interna de agosto (que ningún candidato podrá esquivar) y obligar al alfonsinismo a jugar su propio juego de alianzas. Por eso, el chascomusense junta “masa crítica” y envía señales: el martes, por caso, sus delegados se reúnen con los “margaritos” del GEN en el Comité Provincia, que fueron consultados por sus eventuales socios sobre la movida del jueves y dieron ya su OK, una aceptación de cajón: Margarita Stolbizer siempre pidió que los radicales definan sus candidatos lo antes posible.
“La UCR es más que algunos de sus dirigentes: tenemos una tradición de centroizquierda que es la que anima al 90 por ciento de nuestros militantes, que nunca dejarán que se imponga una alianza de centroderecha, porque además eso sería dejar al oficialismo casi como la única oferta progresista”, dijo a DIB un alto dirigente del Comité Provincia. Por las dudas, en ese sector aclaran: si los dos polos siguen en sus trece, la política de alianza, que este año deberá definirse antes de las primarias, la fija en la UCR la Convención Nacional –aún sin fecha de realización-, último ballado que los alfonsinistas imaginan para contener un eventual cierre radical con Macri y el PF, de la mano de Cobos.
De hecho, si bien la reunión del martes solidificará a Stolbizer como postulante por el Frente a suceder a Daniel Scioli, en ese sector la energía está puesta en otro lado: la necesidad de que Fernando “Pino” Solanas -que quiere más bien poco a los radicales- acepte finalmente “bajar” su candidatura presidencial para competir en la ciudad. Personalmente, Stolbizer cree que eso es posible. Los radicales que alientan la posibilidad aseguran que en un marco de acuerdo con el sector de Hermes Binner todo es más factible. Como señuelo para Pino, hasta están pensando en lanzar la posibilidad de una interna Alfonsín-Binner, aunque en realidad ponen todas las fichas a un acuerdo.
A nivel bonaerense, al menos, hay plafond para el entendimiento: si “Pino” diese el sí (cosa que en rigor nadie puede asegurar a esta altura), no sería difícil para los radicales “pagarle”, en términos de candidaturas, el acuerdo en la provincia de Buenos Aires: las diferencias de estructura política e instalación de figuras son ostensibles. Los que así razonan se ilusionan por estas horas con otro “sí” complejo: el de Elisa Carrió. Es que sobre la líder de la Coalición Cívica comienza a gotear cierto pedido proveniente de segundas y terceras línea para aceptar un entendimiento con el “Frente”. Son dirigentes –muchos, dicen- que temen las consecuencias para su futuro político personal de la estrategia de Lilita de apostar todo al ballotage. “Si sale mal, los que perdemos más somos nosotros”, aseguran.
DEL OTRO LADO
Como a un prisma, todo el juego puede verse desde otra cara, sin abandonar la óptima bonaerense. El foco, entonces, se posa sobre De Narváez: todo el movimiento, es ostensible, le conviene: él no tiene todavía un candidato presidencial al que pegar su boleta pero mientras tanto aparece como “el hombre” para macristas, duhaldistas y, ahora, cobistas y seguidores de Sanz. Por eso, el líder de Unión Celeste y Blanca deja correr intencionalmente todas las versiones posibles: si el “cierre” mayor se hace, mejor; si no, mientras conversa con el jefe de Gobierno porteño, tiene al mendocino como argumento de negociación. O viceversa, que para el caso es prácticamente lo mismo.
Coherente con esa visión, De Narváez despliega estrategia: el viernes pasado, reunió a su tropa en su quinta de Luján y les bajó una orden tajante: “hay que concentrarse en el armado propio”, les dijo. Por eso, a partir del lunes habrá un encuentro seccional por semana, cada uno de los cuáles se cerrará con un plenario en el cual serán presentados los precandidatos a intendentes de las ciudades que la zona. El prefijo, en este caso, no es ocioso: De Narváez sabe que esos postulantes son prenda de negociación clavada, pero se dedicará a estructurar su oferta antes de acordar con nadie. Como dice el tanto, De Narváez, fumando espera.
INFORMACIÓN PARA RECUADRO
LAS SEÑALES DEL GOBERNADOR
La alianza que Daniel Scioli trabajó con el peronismo del Conurbano tuvo esta semana su primer fruto concreto: con impulso del Gobernador, la Legislatura aprobó las modificaciones de la ley de internas que pidieron los intendentes del PJ para prevenir el daño que los ultra K podrían propinarle, vía colectoras, en su afán de engordar la chances de que Cristina gane en primera vuelta.
Sigiloso, a la espera de que la presidenta lance su candidatura, Scioli dio otras señales de su ubicación: mientras los sectores K y afines que no quieren al Gobernador vivan a Hugo Chávez, el Gobernador participó de un acto con Alberto Fernández. Antes, había condenado el método del bloqueo en el caso Clarín: prefiguró así los argumentos que Florencio Randazzo y Juan Manuel Abal Medina utilizaran e ante representantes de Adepa.
Lejos de la izquierda K, Scioli se preocupó por comenzar a cerrar otros “hilos” de su armado: le dijo a mitad de semana a un intendente vecinalista de la quinta sección electoral, que a más tardar en quince días estará reglamentada la ley de internas bonaerense. Y le dio una precisión más importante: esa reglamentación les permitirá sumarse a su postulación vía listas de adhesión.
No es un dato menor: todos juntos, los vecinalistas representan un 10 por ciento de los votos a Gobernador, al menos según los antecedentes inmediatos a los comicios de octubre. Con todo, aún no está claro si todos esos jefes comunales “jugarán” con Scioli.















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