La puja en la UCR, decisiva

Por Carlos Pagni

Las movilizaciones que rodearon el conflicto con el campo, la apoteosis de Alfonsín y los festejos del Bicentenario comparten un aire de familia: fueron acontecimientos en los que la dirigencia fue sorprendida por una multitud.

Sirve de poco que ahora la Casa Rosada prepare anuncios más o menos demagógicos para hacer creer que el espíritu festivo de Mayo se debió a su propia acción. Cortázar hubiera sonreído ante esa fantasía que, invirtiendo el orden de los efectos y las causas, pretende crearle motivos a un fenómeno que ya ocurrió.

Mientras la maquinaria oficial se enreda en ese truco, los Kirchner reclaman de sus encuestadores una explicación de lo sucedido. Como esos oráculos han dejado de ser eficientes para acertar con lo que va a pasar, les piden que por lo menos digan lo que pasó. Como en 1810, alguien quiere saber de qué se trata. Pero ya no es el pueblo. Es el Gobierno.

La Presidenta y su esposo no son los únicos con dificultades para conectar con las emociones que se procesan en los pliegues de la conciencia colectiva. En la oposición se registran situaciones similares. Basta observar la lucha que se librará en la Unión Cívica Radical para el próximo domingo.

Para detectar el motivo formal de la disputa hace falta contar con un microscopio. Hay dos bandos que compiten por el comité de la provincia de Buenos Aires, es decir, por la conducción de un partido que, desde 1987, cuando Cafiero derrotó a Casella, renunció a gobernar ese distrito.

A la verdadera razón del conflicto se accede siguiendo otras pistas. Quienes se enfrentarán el domingo que viene son, cada uno a su modo, dos hijos de Raúl Alfonsín. Uno es su heredero biológico y, en alguna medida, político: Ricardo Alfonsín. El otro, Leopoldo Moreau, tuvo con el ex presidente un vínculo tan cercano -y, por momentos, tan tenso- que lo autoriza a reclamar la filiación. Durante más de una década, el viejo Alfonsín consiguió, con sólo clavar la vista, que sus cachorros no se trenzaran. Pero su muerte -aquí el psicoanálisis ilumina más que la ciencia política- condujo la relación de los dos huérfanos a su destino inevitable.

Hay otros motivos para completar, o encubrir, el núcleo íntimo del duelo. Ricardo Alfonsín ve en esta interna el ensayo general de otra, que lo podría enfrentar el año que viene con Julio Cobos por la candidatura presidencial. Los adversarios de Alfonsín-Moreau, Federico Storani y, sobre todo, Gustavo Posse, que fantasea con la candidatura a gobernador, se identifican con Cobos. Sin embargo este choque entre Alfonsín y Cobos es tan cifrado que el triunfo de uno no servirá para descartar al otro. Sobre todo porque Cobos ha evitado la arena.

Las coartadas que se han montado también son insuficientes. La más habitual es que Alfonsín promueve una alianza con Elisa Carrió, casi imposible en el caso de Cobos. Es verdad que Alfonsín tiene una excelente relación con Carrió, al parecer alimentada por Margarita Ronco -un factor que Moreau descubrió tarde-. Pero a su lado está también el ex gobernador del Chaco, Angel Rozas, a quien la diputada ha crucificado hace años. Además, no está claro si a Carrió le conviene que se imponga Alfonsín para buscar, después, la candidatura oficial de la UCR, o si para ella es mejor que, derrotado, se pliegue a la Coalición Cívica para enfrentar a Cobos dentro del Acuerdo Cívico y Social.

Falta de claridad

La falta de claridad sobre lo que la UCR discutirá el domingo próximo hace juego con otro rasgo del momento actual de ese partido: el carácter algo artificial de sus principales candidaturas. Ni la de Cobos ni la de Alfonsín nacieron de una construcción política deliberada, sino que fueron engendradas por dos de aquellos movimientos espontáneos de la opinión pública: la movilización de los sectores medios alrededor del conflicto agropecuario y la exaltación post mórtem de Raúl Alfonsín. Ambos candidatos barrenan, con un llamativo sentido de la oportunidad, sobre una ola que no provocaron.

Esta intervención tan marcada del azar puede restar densidad a sus proyectos y conducirlos a trances indescifrables, como el que está en curso en estos días. Para los radicales el internismo es una adicción malsana pero comprensible. Desacostumbrados a controlar el gobierno, durante años sólo les quedó disputar el control del partido. Aun así, muchos dirigentes de la UCR encaran esta semana cruzando los dedos por el daño de mediano plazo que podría ocasionar una pelea en la que ya se habla de fraude, entre otras irregularidades.

El presidente del partido, Ernesto Sanz -acaso la figura más atractiva que ha dado el radicalismo de estos años-, teme que el episodio opaque, o malogre, la lenta reconstrucción que viene liderando. Es un proceso de máxima relevancia para la configuración general de la política, ya que transcurre en sentido contrario a la inercia de fragmentación que desencadenó el vendaval que hubo en 2001.

Los radicales han respondido a la ausencia de Raúl Alfonsín -su tercer gran líder histórico después de Hipólito Yrigoyen y Ricardo Balbín- con un movimiento horizontal de coordinación que viene premiándolos con algunos éxitos. En los últimos dos años ganaron en Río Cuarto, Bariloche, Santa Rosa, Catamarca y Corrientes. En sus sucesivas convenciones, sobre todo la de Mina Clavero, consiguieron emitir declaraciones unánimes. Un ejercicio de conciliación los llevó a reincorporar, entre otros, a Jorge Vanossi, Enrique Olivera, Pablo Verani y el propio Cobos (una proeza para una colectividad que todavía no repuso el cuadro de Arturo Frondizi en la galería de sus ex presidentes). Se preparan para ganar Córdoba, Mendoza y Catamarca; compiten con buenas chances en Entre Ríos, Santa Cruz y Jujuy, y podrían imponer al candidato del oficialismo para Santa Fe, el intendente de la capital, Mario Baletta.

La tenacidad de los radicales para regenerarse, digna de la saga Terminator , interpela, sobre todo, a Carrió: si en 2001 su hipótesis de trabajo fue reclutar para ARI/Coalición Cívica a los elementos "redimibles" del viejo partido, la reconstrucción actual vuelve vano ese empeño. De esta evidencia no se puede derivar que Carrió sea indiferente para la UCR. Ella todavía puede, con sólo postularse, restar al candidato radical el número de votos que lo dejaría fuera de un ballottage.

El restablecimiento del radicalismo también influye en el destino de los peronistas. Si el PJ va a las elecciones de octubre dividido en dos bloques competitivos, es posible que la UCR se alce con más gobiernos provinciales de lo previsto. Un motivo más para que los gobernadores provincialicen sus comicios, convocándolos para una fecha distinta de la de los nacionales, en detrimento de Kirchner.

Complicación de Kirchner

Pero el fin de la diáspora del radicalismo complica a Kirchner de manera más directa. Hay muchas razones para pensar que ese partido ya tiene asegurado un lugar en una segunda vuelta que hoy parece inexorable.

Por lo tanto, Kirchner debe evitar que el PJ disidente se convierta en el otro semifinalista con una oferta llamativa. En ese sector hay varios dirigentes que gestionan una fórmula integrada por Mauricio Macri y por un peronista -¿Felipe Solá?, ¿el santafecino Perotti?-. En ese plan, Francisco de Narváez sería candidato a gobernador, acompañado por Sergio Massa o Graciela Camaño, y Eduardo Duhalde, senador y presidente de la Cámara (los peronistas se asegurarían así la línea sucesoria).

Ese dibujo -todavía es eso, un dibujo- ya alarma en Olivos, desde donde emitieron un mensaje que acaba de llegar a Macri: su pesadilla judicial terminaría si se postulara otra vez para el gobierno porteño. Un insulto a la independencia de Norberto Oyarbide que el juez tal vez no quiera perdonar.

La euforia del Bicentenario no alcanza, entonces, para que Kirchner descarte quedar fuera de un ballottage. De allí que intente desbaratar la amenaza con ingeniería electoral. Es un recurso insuficiente, sobre todo cuando la sociedad, como demostró el Bicentenario, no hace más que dar sorpresas.

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