Macri piensa a futuro: por medio de Boudou tiende puentes con Cristina

Por EDUARDO VAN DER KOOY
Mauricio Macri ya resolvió coronar a Cristina Fernández como presidente reelecta. Faltan todavía las elecciones de octubre, las verdaderas, pero el jefe porteño, como la mayor parte de la sociedad, supone que hay por delante apenas un trámite. Eduardo Duhalde, Ricardo Alfonsín y Hermes Binner parecen quedar librados a su propia suerte .

Macri planifica, en cambio, su próximo gobierno que deberá convivir con un kirchnerismo notablemente fortalecido . Esa convivencia nunca fue sencilla y menos lo será ahora cuando el jefe del PRO parece haber quedado casi como la única referencia de la oposición pensando en el 2015. Otra referencia podría ser la del socialista Binner, pero mucho más rezagada. Aunque apuesta a convertirse en la sorpresa del penúltimo domingo de octubre.

La iracundia kirchnerista tuvo su primer rebrote cuando Florencio Randazzo anunció los números definitivos de la interna abierta que no arrojaron sorpresas . Todo quedó como estaba. El ministro del Interior se enojó con los diarios La Nación y Clarín porque informaron, en las últimas semanas, sobre supuestas irregularidades. Esas irregularidades fueron corroboradas, en su mayoría, por el juez electoral de Buenos Aires, Manuel Blanco, y por la jueza María Servini de Cubría, en Capital.

Randazzo dijo que esas noticias habrían apuntado a dañar la calidad institucional.

Pareció decirlo como funcionario de un gobierno danés y no de la Argentina . Reclamó además informar con la verdad, como si aquellos jueces hubiesen mentido. ¿La verdad adulterada del INDEC, por ejemplo? ¿La de los fondos del Estado malversados por Sergio Schoklender, el ex apoderado de las Madres de Hebe de Bonafini? ¿O la de la reforma electoral, inventada para eliminar las listas colectoras que el Gobierno repuso, por conveniencia, a granel? La victoria, con evidencia, ha vuelto a inflar de modo peligroso el pecho kirchnerista.

Macri debería presumir que el tono cordial y consensual de Cristina desde que ganó podría ser sólo producto de una circunstancia y una necesidad . La circunstancia del triunfo arrollador; la necesidad de no debilitar ese triunfo en estos dos meses que restan hasta las presidenciales. La cara de lo que podría venir desde diciembre, cuando la Presidenta asumiría el segundo mandato, fue traslucida por el ministro del Interior.

El jefe de la Ciudad, pese a esos anticipos, requiere un tiempo de sosiego. Cristina está dispuesta a concederlo porque entendió la condena porteña al kirchnerismo, en la primera y la segunda vuelta que consagraron a Macri. La interna abierta, que ganó en el distrito Cristina, antes que una reconsideración social hacia el Gobierno fue una fotografía de la raída oposición. La Presidenta se impuso con el 31% de los votos. El 69% restante (Macri reunió 64% en el balotaje) se desperdigó entre candidatos que no despertaron ningún entusiasmo.

Macri viene elaborando su futuro programa que se apoyaría en tres puntos: la búsqueda de un equilibrio de convivencia con el kirchnerismo ; la definición de tres a cuatro megaemprendimientos en la Ciudad que perfilen el segundo turno de gestión como no logró hacerlo con el primero; un trabajo en la Legislatura que pueda sentar algunos antecedentes útiles, a futuro, para toda la oposición.

¿Cómo convivir con los K? Macri pretendería apartarse de ese fuego cotidiano. Estaría cavilando la reformulación de la Ley de Ministerios en la Ciudad con varios objetivos, pero uno en particular: la creación de un ministerio de Gobierno que pulse los vínculos con el Gobierno Nacional y con los provinciales. Aquel ministerio no sería tan importante como el funcionario que ocuparía su sillón. El jefe porteño piensa en Emilio Monzó, hombre de origen peronista que se arrimó cuando Macri sostenía todavía sus sueños presidenciales.

Su condición de peronista, dentro de la constelación macrista, no sería una novedad. Su larga huella en la política, en cambio, podría aportar otras pistas. Monzó fue, por caso, hombre cercano a Daniel Scioli y Randazzo, de quienes se distanció por el conflicto con el campo. También ha frecuentado a Francisco De Narváez y tiene llegada a Sergio Massa, el intendente de Tigre, y al titular de la AFIP, Ricardo Echegaray.

Pero el puente más valioso, tendido desde los tiempo juveniles de la militancia común en la UCeDé , lo tiene con Amado Boudou. Monzó y Boudou han conversado y se han reunido desde que sucedieron las contundentes victorias de Macri y de Cristina.

Esa amistad podría ser, tal vez, la parte menos sustancial de la construcción política para cohabitar, siquiera una época, que atisba entre el macrismo y el kirchnerismo. Vuelve a quedar en superficie el papel de hombre de confianza política que tendría en el futuro Gobierno el ministro de Economía y candidato a la vicepresidencia.

Cristina sabe que, luego de octubre, las figuras de Alfonsín y Duhalde se evaporarán de la política expectante casi de manera definitiva. Quedará en pie Binner: pero el socialismo deberá administrar por segunda vez Santa Fe con una oposición que tendrá una compleja trama peronista, kirchnerista y del PRO. En esas condiciones, no le resultaría sencillo al socialismo expandir desde la provincia el Frente Amplio Progresista nacido con las internas. El PS anida otro dilema: conviven sectores férreamente opositores a los K con otros que le dispensan ciertas simpatías.

El único adversario para la Presidenta con importante cuotas de poder será Macri. Tampoco el jefe porteño, en esas condiciones, podrá soslayar a la oposición. Su estrategia para octubre, como la mayoría de ese sector, consistirá en sostener a sus candidatos a legisladores, sobre todo en Capital, y a ciertos dirigentes que podrían acaparar otros playones. Sería el caso de Jorge Macri, en su lucha por la intendencia de Vicente López contra el radical K, Enrique García.

También alentará los movimientos de la oposición en el Congreso para impulsar la aplicación de la boleta única en octubre. Está convencido de que, en el corto plazo, se trataría de una batalla perdida pero le serviría como antecedente para su propia maniobra: sancionar la boleta única en la Ciudad el año que viene, cuando disponga de mayor comodidad en la Legislatura.

Los progresos opositores con aquel tema en el Congreso no resultan ahora fáciles. El PRO, la Coalición Cívica y los radicales podrían llegar a consensuar un proyecto. Se sumaría De Narváez.

Pero el Peronismo Federal está en un trance complicado : nadie sabe, qué será del futuro de ese bloque si el kirchnerismo recupera en octubre un manejo pleno de las dos Cámaras.

El Gobierno ya le ha puesto freno público a la iniciativa. Cristina está encantada con la reforma electoral, sobre todo con las boletas en colores y con fotos de los principales candidatos. Objetó el mecanismo que, con buenos resultados, se aplicó en Santa Fe y en Córdoba.

Randazzo brindó, en su momento, otros argumentos. Dijo que el sistema de boleta única podría “poner en riesgo la gobernabilidad” . Para el ministro, en una lectura veloz, afectar la gobernabilidad equivaldría a otorgar mayor libertad de elección a los ciudadanos.

Ese efecto se advirtió, con claridad, en aquellas dos provincias. La diversificación del poder demanda de los políticos dos cosas: la búsqueda de los consensos y, por ende, mayor equivalencia de fuerzas.

Virtudes que no suelen abundar en el ejercicio kirchnerista.

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