Por: Roberto García.Cómo llegaron Alfonsín a González Fraga y Duhalde a Das Neves. Binner, útil anti CFK.
Acostumbrados a cierto cinismo peronista a la hora de consumar alianzas (sea en Catamarca, La Rioja o Neuquén), nadie habrá de sorprenderse por nuevas fórmulas de emulsión en el universo kirchnerista-peronista, vengan de izquierda o derecha. Bien vale un Rico o un Sabbatella. Incluso, para acompañar a Cristina, se habla de ajenos a la identidad del PJ como Zamora o Urribarri (aparte de los propios, sean Boudou, Zannini, Capitanich, Abal Medina o Reutemann, quizá el más funcional a una de las mujeres que admira). Hasta encontraron en la imaginación de las palabras, una que incluso le otorga cierta categoría intelectual al enjuague: transversalidad (que vendría a ser un sinónimo de transfuguismo). Pero no sería atinado avanzar en los pronósticos oficiales: a ver si a uno lo multan o castigan, como hicieron con el veterano Carlos Kunkel, por avanzar con alguna osadía oral en anticipar decisiones de la realeza rosada.
Duhalde no le va en zaga a ese peronismo variado, multifacético, aunque no disponga de un capital sustancioso. También él jugaba con nombres diversos. Por ejemplo, se remitía a tres para que lo acompañaran en la aspiración. Primero, por razones territoriales, le interesaba el cordobés Juan Schiaretti si continuaba el pleito entre José Manuel de la Sota y la burocracia presidencial liderada por Zannini. Luego parecía rendirse a los atractivos juveniles de Martín Redrado. Y por último, de acuerdo a la promesa de ciertos aportes poco despreciables, contaba con alguien que nunca le generó mucha simpatía: Mario Das Neves. Será con él que juntará firmas para la presidencia, tal vez el compañero menos deseado pero que garantiza respaldos que otros son incapaces de tener. Por ejemplo, la buena voluntad de los hermanos Bulgheroni (que en estos casos de generosidad familiar se bifurca en el kirchnerismo, quizá en los dos territorios donde más se agradecen las prórrogas de los contratos petroleros, Chubut y Santa Cruz).
Este desprejuicio por los contenidos y las personas tan común en las diferentes versiones del PJ se trasladó con impavidez a los radicales: Ricardo Alfonsín organizó una cultura algebraica e indiscriminada con tal de llegar a la segunda vuelta. Con el criterio comercial de primero llegar, pasar y después ver, se asoció a Francisco de Narváez para sumar presuntas afinidades de peronistas sin destino y un centroderecha con brújula oxidada. En la misión desechó a Mauricio Macri no por descortesía, incompatibilidad o rencor: cuando lo hizo, el jefe porteño representaba un peligro personal a su figura, ya que también era presidenciable. Aunque discriminó en ese momento, la búsqueda de adherentes macristas era obvia: representa 20% o más del electorado. Si Alfonsín lograra agregarle el l0% de radicalismo, se consigue un guarismo que tal vez impida que Cristina triunfe en primera vuelta. A ese cuadro hubo de añadirle otro justificativo con dos puntas: el vicepresidente y la unidad o no con el socialismo y el GEN. Merecen otra disgresión.
Ya es público que Alfonsín se abrazó a Javier González Fraga luego de merodear a otros dos economistas, ninguno de la fracción Moreno ni del espíritu oficialista de vivir con lo nuestro. La intención resultaba manifiesta: seducir a un profesional de otra especie que desligue su nominación de las últimas y penosas experiencias económicas de la UCR. Primero optó por una proposición a Alfonso Prat-Gay, niño mimado de Elisa Carrió, quien luego de dudar, meditar y balancear privilegió cierto apego a las lealtades con su patrona en lugar de entregarse a las veleidades de Alfonsín. Perdida esa alternativa, los tenaces radicales cayeron en el lugar común: Roberto Lavagna, a quien pretendió colocar el nuevo socio mayoritario de la entente, De Narváez. Pero era una instancia inútil: Lavagna también había rechazado la misma propuesta de Duhalde, demostrando que no le alcanza con un número dos, con una vice, aunque la realidad imponía al mismo tiempo que podía jugar en River o en Boca (por no recordar que en su momento sirvió al kirchnerismo). Se derrumbaban entonces dos elegidos, nunca el espíritu que impulsaba la búsqueda: así quedó González Fraga, de la fracción heterodoxa de la actividad, enrolado en principios semejantes al otro dúo, aunque los celos separen a ambos.
En cuanto a la negociación con el socialismo de Hermes Binner, más de uno ahora entienden que esa transacción nunca existió. Al menos en los papeles, sí para la tribuna. A esa instancia se puede regresar o pensar en la eventualidad de que Alfonsín atraviese con éxito la primera vuelta. Para esta etapa inicial, casi basta y sobra el 30% de piso que se supone podrán garantizar los huérfanos del centroderecha, los seguidores de De Narváez y los propios de la UCR. Ahora Binner y otras adyacencias es mejor que compitan en el primer ejercicio electoral por la presidencia: ellos, como fuerza propia, pueden arrebatarle voluntades al kirchnerismo, disminuirlo en votos, enflaquecer a Cristina. Hoy son más útiles en otro frente.
Si uno ve este proceso general desde la matemática, habrá que respetar a los juramentados a los dos primeros partidos que diseñan y empeñan estas alquimias. Casi nunca salen bien, pero ocupan el tiempo, distraen, promueven el ocio. Claro que si uno observa los movimientos desde otra perspectiva, en cambio, el respeto se opaca y hasta se diluye. Pero esa fracción es cada vez menor en la Argentina.















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