El otro lado de un Mundial: cuando la política internacional abusa delLa fiesta deportiva oculta la tensión racial sudafricana.

Zapatero decretó el ajuste cuando debutó España. Y un triunfo de Brasil beneficiaría a la candidata de Lula. fútbol
En Invictus, la sublime biografía de Nelson Mandela, el británico John Carlin analiza la importancia que tuvo el deporte para convertirse en motor de la unificación sudafricana. Si aquel Mundial de Rugby de 1995 pudo dar los primeros pasos contra el Apartheid, es otra Copa del Mundo la que revive las tensiones raciales: Amnesty Internacional denunció que la violencia xenófoba sigue latente en Sudáfrica, pero que las autoridades la ocultan detrás de la fiesta deportiva.

Mientras la pelota ruede, muchos problemas se esconderán con el rugido de las vuvuzelas. Hasta el 11 de julio, cuando se dispute la final del Mundial, el uso político del fútbol se expandirá por todo el planeta.

El primer Estado en vincular un hecho político con Sudáfrica 2010 fue el Vaticano. Benedicto XVI eligió, “casualmente”, la inauguración del Mundial para pedir perdón públicamente por el “pecado” que habían cometido los sacerdotes de la Iglesia Católica acusados de pedofilia. La trascendente noticia –largamente esperada por las víctimas de abuso sexual– no tuvo la repercusión que merecía porque las cámaras y los micrófonos de la prensa internacional apuntaban a Johannesburgo: Shakira tuvo más espacio que el Papa.

No fue el único caso. Intentando ganar los humores de los mercados, José Luis Rodríguez Zapatero firmó el decreto para iniciar una reforma laboral, precisamente, el mismo día que la selección española empezaba su camino mundialista. A la Furia Roja no le fue bien: perdió con Suiza. Pero Zapatero logró que su anuncio pasara desapercibido.

En una situación parecida se encuentran la alemana Angela Merkel y el británico David Cameron: están aplicando recortes esperando que un triunfo futbolístico tape las malas noticias. En cambio, el italiano Silvio Berlusconi y el francés Nicolas Sarkozy sufrieron con la derrota de sus equipos. El caso francés merece un párrafo aparte: Sarkozy hizo que la escandalosa eliminación de Francia se convirtiera en una “cuestión de Estado” y llamó a una reunión especial con sus ministros para entender qué pasó en Sudáfrica. ¿El gobierno francés no acumula demasiados problemas como para analizar por qué Thierry Henry no convirtió goles?

El uso político del Mundial también llega a América latina. Brasil siempre es candidato a alzar la Copa y, esta vez, Luis Inácio Lula da Silva tiene más expectativas que nunca. Si los jugadores de Dunga consiguen la sexta vuelta olímpica, el oficialismo puede subirse a una ola triunfalista que le permita a Dilma Rousseff ganar la pulseada y salir del empate técnico que mantiene con José Serra con vistas a las elecciones presidenciales de octubre.

Benito Mussolini fue pionero en sacarle jugo a una Copa del Mundo con la organización de la primera competencia que se hizo en Europa. A mediados de la década del 30, el fascismo italiano se consolidaba y alentaba el nacimiento del nazismo alemán, mientras Il Duce utilizaba ese contexto para la obtención de la copa que convertía a Italia en una potencia mundial.

Casi medio siglo después, la vergüenza llegó a estas tierras. “Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la Argentina”, celebró en la inauguración de 1978 el brasileño Joao Havelange, presidente de la FIFA. Y el entonces canciller estadounidense Henry Kissinger anunciaba que los argentinos tenían “un gran futuro”. Pero, a muy pocas cuadras del estadio Monumental, se erguía una de las mayores tragedias argentinas cuando las torturas se entremezclaban con los gritos de gol de los torturadores de la ESMA.

El fútbol es un hermoso juego. Pero es sólo un deporte que nunca debe ser usurpado por los que detentan el poder. Que la pelota no se manche. Nunca más.

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