La alianza táctica de los herederos, el rechazo a Alberto Fernández y el miedo a la cárcel. El plan para sobrevivir al 2023.
Por Juan Luis González
Pablo Moyano, para variar, estaba hecho una furia. Caminaba por las paredes. Lo tenía decidido, y lo hizo circular ante quien quisiera escucharlo: iba a renunciar a su cargo en la cúpula de la CGT. El Presidente se había reunido a cenar con los otros dos líderes de la central obrera para intercambiar ideas para el acto del 17 de octubre, pero nadie le había avisado a él. Lo habían dejado afuera, a propósito. Esa noche, la del 26 de septiembre, casi nadie durmió en el círculo del camionero, empezando por él.
La mañana del día siguiente fue para Alberto Fernández algo muy parecido a un deja vú. Otra vez estaba en la Quinta de Olivos levantando un teléfono para suplicarle a su interlocutor que no se bajara del barco. Era Moyano hijo, así como a principios de año el que le dijo que se iba había sido Máximo Kirchner, cuando abandonó la jefatura del bloque oficialista en Diputados y nunca más cruzó una palabra con el Presidente. Pero con el camionero, a Alberto le fue algo mejor. Pablo finalmente no dejó la central obrera, y dicen a su lado que eso fue por orden directa de Hugo, no por la llamada presidencial. Eso sí, no pudo evitar la fragmentación de actos que terminó de desnudar ante todo el país el estado terminal del Frente de Todos.
En ese llamado telefónico de septiembre, la explicación del primer mandatario por el desaire (“le dije a Daer y pensé que venías con él”) no fue suficiente. Tampoco la invitación a cenar, que se concretó en la noche de ese día. En la fecha emblema del peronismo, en el escenario central de la política argentina que es la Plaza de Mayo, Pablo terminó compartiendo escenario con el otro adversario del Presidente, el hijo de Cristina Kirchner. Era la formalización de una alianza táctica que sacude al oficialismo y que genera broncas en todas las terminales del peronismo.
Trastienda
Este aniversario, con el escenario montado a la mitad de una Plaza a medio llenar, estuvo muy lejos de parecerse a lo que había ocurrido en ese mismo lugar 77 años atrás. Primero porque el líder del peronismo -como es Fernández, presidente del Partido Justicialista nacional- no fue ni siquiera invitado, y segundo porque el grueso de los dardos que se lanzaron en esta jornada lo tenían a él como destinatario. Alberto además sufrió, a metros de su despacho en la Casa Rosada, un desplante político de magnitud. Pululando entre la muchedumbre estaban dos ministros del otrora albertismo duro, Gabriel Katopodis, de Obras Públicas, y Jorge Ferraresi, de Hábitat. Sobre ambos crecen a diario los rumores de que, como hizo Juan Zabaleta y en el futuro cercano hará Juan Manzur (ver recuadro), dejaron el Gabinete para volver a sus respectivas intendencias en el Conurbano.
Máximo fue uno de los oradores del acto, y disparó munición contra el sindicalismo tradicional y, en una escala menor, contra el rumbo del Gobierno. Pero Pablo, cuyo discurso estaba anunciado, prefirió el silencio, una actitud que llamó la atención. “Hugo le dijo que se deje de joder y que no hable él, que ya con el acto en sí había hecho bastante lío”, dicen en los pasillos de Camioneros. La foto de Pablo y Máximo, los dos hijos sonrientes, arriba del escenario, circuló por todas las conversaciones del oficialismo. Y con razón.
El camionero y el camporista, que estrecharon relaciones durante el macrismo -con una intermediación clave del actual ministro del Interior, Eduardo "Wado" de Pedro-, representan los extremos en cada uno de los mundos en los que orbitan. Pablo es, para el grueso del mundo sindical, un salvaje que heredó las peores costumbres de su padre. Lo tratan de inmanejable, impredecible, dicen que piensa únicamente en él y en los suyos y que primero golpea y después negocia: casi un calco de lo que el grueso del peronismo opina de Máximo.
Pero las similitudes -además de ser hijos primerizos de una familia emblema de la política- van mucho más allá. Es que a ambos los une el espanto. La primer coincidencia fue la resistencia al macrismo. Tanto Pablo como Máximo encararon la lucha contra el gobierno anterior cuando muchos en el sindicalismo y el peronismo optaron por mantener una relación amistosa con la administración de turno (entre ellos, pensaba Pablo, estaba Hugo, con el que pasó meses enteros sin hablar). Los episodios de la oposición al intento de reforma laboral del 2018, que encabezó el camionero, los acercaron. La relación se terminó de afianzar durante el 2021, a medida que el Frente de Todos se iba descomponiendo.
Ambos, también, comparten enemigos. Los dos tienen una larga tirria con el sindicalismo tradicional, al que consideran pactista y pragámatico por demás, y con la Justicia. Sobre los dos acecha el fantasma de una multiplicidad de causas que, sospechan, pueden avanzar si los vientos cambian. Ahí comparten otra idea. Tanto Pablo como Máximo están más que desencantados con el rumbo del Gobierno, y comparten la íntima creencia de que las elecciones del 2023 están perdidas. Varios que estuvieron en la trastienda del acto del 17 invitan a leer lo sucedido en esa línea. “Es que nosotros nos tenemos que preparar lo que se viene. Va a ganar la derecha y va a venir por la reforma laboral y por nosotros, nos van a querer meter en cana”, cuenta un ladero histórico del moyanismo.









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