El peronismo nacional define su conducción, supuestamente por medio del voto directo de los afiliados. Pero ya suenan otras propuestas y estrategias para -entre otras ideas- armar una conducción colegiada que evite una confrontación sangrienta.
Podría caerse en la remanida metáfora de los halcones y las palomas, pero la pelea va a ser tan larga y apenas si despunta el año. Lo que está claro es que marinistas y vernistas ya muestran las mismas diferencias que cruzan al peronismo todo: el posicionamiento frente al Gobierno Nacional y la definición de los liderazgos internos son un debate que tarde o temprano, y con más o menos virulencia, saldrá a la luz.
También les caben, a marinistas y vernistas, responsabilidades diferentes: esta vez al casi siempre senador le toca gobernar la provincia, y es obvio que manejar las riendas del Ejecutivo le acotan sus límites críticos. Pudo sonar muy cuestionador del kirchnerismo, en otra época, y hasta lamentar el supuesto “miedo” de sus antecesores a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero ahora es él el que, según los momentos y circunstancias, puede llegar a jugar con fuego. O con la caja de recursos.
En cambio, los representantes del marinismo tienen otro nivel de obligaciones, y por lo tanto otros límites y otras libertades: son, en general representantes legislativos, tanto en la Provincia como en la Nación, y esa posición a veces relaja un poco más los ánimos y las lenguas dispuestas a gritar algunos pensamientos.
Como sea, unos y otros se han mostrado decorosamente parte del mismo bando a la hora de atender los asuntos internos de La Pampa: si hay fisuras, prácticamente no se notan, si bien está claro que la gestión no lleva ni siquiera dos meses y que en algún momento podrán saltar al ring las viejas rencillas -públicas o sordas- y la pelea de ambiciones de cara al futuro.
Ninguno de los protagonistas ignora ese destino: así es la política.
Distintos tonos
Las diferencias de posicionamiento se han ido haciendo notables y probablemente aparecerán con más claridad a medida que se acerque la necesidad de que el peronismo defina su liderazgo. También hay alguna incomodidad con la denominación de Frente para la Victoria: si fuera por el vernismo, desearían sacarse ese sello de encima, tal como lo ha dicho el salteño Juan Manuel Urtubey. El marinismo, menos combativo frente a ciertos espacios “nacionales y populares”, más comprensivo de las alianzas que se tejieron en los últimos años, no parece apostar a una cruzada anti-K.
Aunque no quiere decir que Convergencia vaya a alinearse con el kirchnerismo, tampoco es un secreto que han reinado ciertas buenas ondas entre el marinismo y algunos representantes sectoriales del anterior Gobierno Nacional. Eso incluye, por ejemplo, el respeto -cuando no la admiración- que la senadora Norma Durango sigue sintiendo por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner: la legisladora y exvicegobernadora es una de las pocas dirigentes de primera línea que aun en esta hora, en que Cristina está más bien alejada y silenciosa soportando los palos sobre su imagen, destaca algunas de sus verdades y apariciones.
En las últimas horas, Durango usó su Facebook para reproducir las sugerencias cristinistas respecto de que hay que trocar el enojo por “preparación y organización”.
Espartaco Marín, el otro representante más visible del sector -además de Rubén Hugo Marín y del vicegobernador Mariano Fernández, ahora más dedicado a armar su gestión en la Cámara de Diputados- no ha ahorrado críticas para las decisiones de Mauricio Macri en la presidenta. Si Verna y los suyos han hecho equilibrio y han mostrado algún grado de cautela, “Taco” ha usado un discurso sin dudas opositor respecto de la mayoría de las resoluciones del Gobierno Nacional, y ni hablar respecto de los decretos de necesidad y urgencia.
Antes, el marinismo se abrazó ruidosamente con Diego Bossio, que aunque fue funcionario visible de la gestión cristinista, construye desde otro lado, y especialmente en oposición a La Cámpora, a tal punto que protagonizó sonadas fotos con Massa y Urtubey.
En los últimos días, Marín (hijo) arremetió contra las decisiones vinculadas con la coparticipación, contra los despidos en la administración pública, contra varias decisiones económicas, contra los dichos respecto de la “grasa militante” y hasta con la intención de “despolitizar” que se adivina detrás de la decisión de colocar figuras de animales en los billetes.
Salió al cruce, no por casualidad, de los dichos de Macri y Sergio Massa sugiriendo quiénes deben ser las autoridades del peronismo. Esas declaraciones, desde Davos, generaron escozor en algunos sectores del peronismo, pero otros escucharon atentamente: de eso depende, en parte, el posicionamiento ante el Gobierno Nacional. Y otra vez la metáfora: halcones o palomas.
Otra mirada
Verna, en cambio, no ve con disgusto la chance de que el cordobés José Manuel De la Sota sea el presidente del peronismo. Al contrario, hasta saborea esa posibilidad, pese a que De la Sota jugó en las elecciones del año pasado en una vereda diferente, alineándose por afuera del Frente para la Victoria con el Frente Renovador de Massa, con quien además perdió la interna por paliza.
No suena a la moda ni es parte de la tradición, entre los peronistas, elegir al perdedor de una interna como jefe partidario. De ahí que la figura de De la Sota haga ruido, pese a que algunos caciques provinciales quieren ungirlo para derechizar al espacio peronista y soñar con que por ese lado, a tono con una sociedad que demostró su posicionamiento con el voto, es posible pensar en la sucesión de Macri en 2019.
Además de los kirchneristas más cercanos al corazón de Cristina, entre ellos La Cámpora y otros sectores que incluso han renegado históricamente del PJ ortodoxo y tradicional, el peronismo tiene otros espacios y dirigentes que no comulgan con esa idea de matizar o desarticular lo “nacional y popular”. La posibilidad de que Daniel Scioli conduzca al partido ha sido lanzada también por sus dirigentes más cercanos, y la propuesta no es vista con malos ojos por Convergencia.
En teoría, el presidente del PJ debe elegirse por el voto directo de los afiliados. Eso ha desplegado incluso una campaña de afiliación por parte de espacios filokirchneristas, que intentan cautivar a militantes a veces reacios a sumarse al PJ.
En general, y a la luz de las experiencias concretas, cunde la idea de que si el peronismo llegara a definir su conducción por el voto, podría generarse una fractura de consecuencias impensadas. De ahí que vuelve a estar en boga la posibilidad de una conducción colegiada que represente a los diversos espacios en pugna, desde el kirchnerismo hasta los más volcados a la derecha y a la complacencia con Macri, pasando desde ya por los caciques provinciales y hasta abriendo la chance para el regreso de los que en los últimos años dieron un portazo y conformaron otras coaliciones.
En ese escenario, además, se imponen las dudas respecto de cuáles serán las estrategias y deseos de Cristina, cuyo liderazgo del peronismo nadie puso en duda hasta el pasado 10 de diciembre (el 9 fue despedida por una Plaza de Mayo multitudinaria), pero que en las nuevas circunstancias, y además ante la ofensiva macrista que se adivina en todos los frentes, luce con posibilidades de cierta debilidad.









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