Por Ricardo ForsterLa elección de la fórmula Filmus-Tomada para disputar contra la derecha macrista la Ciudad de Buenos Aires constituye, además de un acierto político, una más que significativa señal respecto de las fuerzas que van definiendo el perfil del kirchnerismo.
Si a la decisión de Cristina Fernández (que se correspondió en gran medida con las aspiraciones y los deseos de la militancia porteña) le agregamos el triunfo de Agustín Rossi en las internas abiertas del PJ santafesino posicionándolo como una opción clara en una provincia que se caracterizó, durante los meses del conflicto por la 125,por su beligerancia antigubernamental y por la densidad del prejuicio contra los Kirchner que pareció, en un momento, incendiar la provincia de acuerdo con los deseos de la corporación agromediática, el cuadro político ha adquirido una fisonomía muy interesante apuntalando, dentro del frente oficialista, a aquellos que más y mejor representan lo nuevo y lo propio de lo inaugurado en mayo del 2003.
El triunfo de Rossi tiene, además, un plus: haber sido el resultado de la activa participación militante y de los votos masivos de una parte importante de los santafesinos que supieron reconocer en él a un genuino exponente de lo mejor del kirchnerismo.
En la Ciudad de Buenos Aires quien asumió el peso de la decisión fue Cristina convertida en el gran árbitro de una interna que no se pudo plasmar de otro modo restándole, en este sentido, potencia a la participación militante que tuvo que aguardar, casi hasta el último día, que, desde las esferas más altas, se decidiera una fórmula que si bien representa cabalmente las aspiraciones generales, podía haber sucedido de diferente manera.
En este caso, primó la agudeza y la inteligencia política de Cristina y, seguramente, la perspectiva impulsada por ella de consolidar un perfil kirchnerista capaz de ampliar el marco de los sectores que confluyen en el Frente para la Victoria. Lejos de encriptarlo en el espacio del peronismo, supo darle al espacio porteño un perfil que representa más y mejor la diversidad política de la ciudad.
Un aire a una transversalidad de nuevo tipo, capaz de sacar las consecuencias críticas de su primera versión fallida, revolotea alrededor de la oferta electoral decidida por la Presidenta de la Nación.
Pero, y esto también constituye una señal elocuente del humor con el que Cristina encara este tramo de su liderazgo, lo que se buscó con la fórmula Filmus-Tomada es dar una batalla con posibilidades ciertas de ganarle a la derecha la Ciudad y haciéndolo desde la perspectiva de un espacio capaz de nuclear las tradiciones democrático-populares que habitan Buenos Aires.
Hay en esa confluencia un enriquecimiento del eje peronista del kirchnerismo, una ampliación de su base de sustentación y una apertura a otros sectores que amplifican una experiencia político-cultural que está cambiando la escena argentina como hacía mucho tiempo que no ocurría.
Si quisiéramos buscar lo más propio del proyecto iniciado por Néstor Kirchner, su impulso de una renovación política fundamental en el interior del propio peronismo, lo que sucedió en Santa Fe con el triunfo de Rossi y la, en gran medida inesperada, decisión de Cristina al darle esos nombres a la fórmula del FpV, constituyen los datos sobresalientes de hacia dónde va orientando su perfil político el kirchnerismo.
De ahí, también, la preocupación de la derecha mediática que no deja de “alertar”, como lo hace insistentemente el inefable golpista Mariano Grondona cada domingo desde La Nación, con respecto al regreso de los montoneros. Un tufo a maccartismo anacrónico y apolillado acompaña los exabruptos del diario de los Mitre.
Viendo cómo decrecen exponencialmente sus posibilidades de articular una oposición con chances de disputar a nivel nacional, los medios hegemónicos buscan consolidar, al menos, una cabeza de playa en la capital federal impulsando por un lado la candidatura de Mauricio Macri y, por el otro, tratando de apuntalar a Pino Solanas para desplazar a Filmus del balotaje.
El objetivo menguado de las corporaciones que, salvo el optimismo fantasioso de algún medio conservador que todavía alucina con derrotar a Cristina en octubre, es consolidar una oposición en los centros urbanos principales (Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza) para, desde allí, comenzar, el día siguiente a las elecciones presidenciales, el trabajo de debilitamiento señalando, como principal caballito de batalla, que el kirchnerismo sólo triunfa allí donde reina el clientelismo de los gobernadores o de los intendentes, mientras que en los espacios urbanos por donde circula, supuestamente, la savia democrática lo que se pone de manifiesto es el rechazo al populismo.
Poca cosa les queda después de haber imaginado, entre el voto no positivo del ya invisible Cobos y el triunfo opositor de junio del 2009, que apenas se trataba de soplar para que acabara de caerse el Gobierno nacional.
No comprendieron la fuerza de un proyecto que logró sobreponerse doblando la apuesta y reconstruyendo su base de sustentación social.
Le temen, en todo caso, a la consolidación, en el interior del FpV, de aquellas corrientes que expresan con mayor claridad y consecuencia las perspectivas transformadoras.
Ellos preferirían que los emergentes del triunfo casi inevitable de Cristina fuesen los Scioli o los Uturbey, no los Rossi o los Filmus.
Es por eso que las elecciones en la Ciudad de Buenos Aires, el escenario principal por el que pasa la vida política argentina, es un centro neurálgico de la disputa por el sentido y un eslabón clave, también, en la lucha por la hegemonía cultural que, a decir de Beatriz Sarlo, ha sido ganada, hasta ahora, por el kirchnerismo. Pero en Buenos Aires se expresa, fundamentalmente, una puja entre el modelo de la derecha neoliberal, modelo esperpéntico que no ha sabido ni siquiera gestionar mínimamente la Ciudad, y la expansión, en el corazón del poder simbólico del país, ese donde sigue dominando, al menos hasta ahora, el relato del prejuicio y el cualunquismo mediático, de un proyecto que ha sabido reconstruir no sólo la vida política, brutalmente desguazada por el experimento destructivo de los ’90, sino que lo ha hecho revitalizando las tradiciones populares y emancipatorias, devolviendo lo que había sido rapiñado por una época inclemente para esas tradiciones.
Al compás del crecimiento de la figura de Cristina, de su consolidación hacia adentro y hacia afuera, lo que también comienza a emerger con fuerza es la idea del kirchnerismo como un espacio frentista capaz de aglutinar a los mejores exponentes del campo popular ampliando las bases de sustentación social y política de un proyecto que no parece haber encontrado todavía su techo.
La derecha, que entre nosotros ha sido siempre implacable buscando de diversos modos destituir las iniciativas igualitaristas, intentará, al menos y aunque su candidato no le despierta ningún apasionamiento, abroquelarse alrededor de Mauricio Macri.
Con él, o tal vez a pesar de su ineptitud, buscarán frenar el avance del kirchnerismo en la Ciudad. Contra eso tendrán que salir con fuerza, inteligencia y audacia Daniel Filmus y Carlos Tomada a ofrecer a la ciudadanía de Buenos Aires la oportunidad de unirse al proyecto de transformación que viene desplegándose en el país, un proyecto cuyo norte es el de la distribución más equitativa de los bienes materiales y simbólicos.








Comentá la nota