Por: Alfredo Leuco.Hoy sabremos en qué dirección vamos. Nuevo rompecabezas o hecho histórico.
Los que auguran una hecatombe para la oposición dicen que, además, hay dos candidatos que están peleando el segundo puesto, lejos de Cristina pero muy parejos entre sí. Eso haría más difícil identificar quién podría convertirse en el imán que convoque al voto útil y se transforme en lo que fue Francisco de Narváez en 2009. En aquella ocasión, la bronca era tan grande que ni el propio candidato esperaba derrotar a una lista encabezada por Néstor Kirchner, acompañado por dos de los dirigentes con mayor intención de voto en la provincia: Daniel Scioli y Sergio Massa.
¿Esto significa que Cristina se aseguró la reelección? De ninguna manera. Nadie puede ganar ni perder nada antes de la competencia. Por suerte, a pesar del avance tecnológico, la historia la siguen construyendo los pueblos que están formados por seres humanos con sentimientos, frustraciones, alegrías y esperanzas. Y eso es muy difícil de medir. Varios de los más impactantes acontecimientos políticos no fueron previstos por ningún intelectual ni periodista. El triunfo de Raúl Alfonsín sobre Italo Luder en 1983, por ejemplo. La paliza de Carlos Menem a Antonio Cafiero, que era el dueño absoluto del aparato en la interna justicialista. Los cacerolazos de los indignados argentinos que se llevaron puesto a Fernando de la Rúa fueron cubiertos en primera instancia por un móvil de Jorge Rial en América TV, porque el periodismo presuntamente serio se había “morfado” el acontecimiento y ni siquiera supo anticipar su magnitud histórica.
Esa es la maravillosa adrenalina de la democracia. En el cuarto oscuro nadie te ve y cada argentino vale uno. De todas maneras hay señales que hablan de fortalezas y debilidades de la Presidenta, que deben ser justipreciadas para reducir al máximo el misterio de lo subjetivo.
El mayor respaldo que tiene el Gobierno se lo ganó en el mundo productivo. Es muy difícil encontrar un período de la historia donde se hayan creado tantos puestos de trabajo con sueldos por encima de nuestros vecinos en medio de un crecimiento impresionante y un consumo asombroso. Un par de botones de muestra: 392 mil automóviles vendidos en el primer semestre rompe todos los récords y 21 millones 500 mil entradas de cine en el mismo período, pese a las películas que se pueden bajar de Internet o pagar para ver por TV o el auge de la piratería, significan un crecimiento del 15%. Ni hablar de los plasmas, los restaurantes caros de Puerto Madero o la parrillita de La Matanza adonde una familia de trabajadores puede ir de vez en cuando y darse un gusto que no se dio en toda su vida. Esa porción importante de trabajadores y empresarios siente el modelo en el bolsillo mucho más que el relato de la epopeya revolucionaria. Y va a votar en consecuencia: quiere más, pero como ningún opositor le da garantías de que eso pueda realizarse, toma una actitud conservadora y defiende lo conseguido. Sobre todo porque todavía se sigue comparando contra el infierno de 2001.
Esa es la explicación de la mayoría de los votos de Cristina, que en principio podría ganar en todas las provincias. Ese es el respaldo al oficialismo nacional que se vino registrando en los oficialismos provinciales. Algo así como “que se queden todos”. Nadie ve tormentas terribles a la vista y prefieren seguir por este camino. A eso hay que sumarle 3,5 millones de beneficiarios de planes sociales de distinto tipo. Básicamente, la asignación mal llamada universal para hijos de desocupados y trabajadores en negro. Se trata de una transferencia de recursos hacia los sectores más vulnerables que no se hizo nunca.
Por supuesto que cualquier opositor podría abrir muchos reparos a esta descripción. Decir que la asignación universal fue idea de Elisa Carrió o de Claudio Lozano, por ejemplo. O que el mundo pide alimentos y que el precio de la soja vuela (este año el yuyito se exportará por casi 25 mil millones de dólares) y que ése es el secreto del éxito de Cristina. O, como dicen en el campo, que al sector le va bien a pesar del Gobierno y no gracias a él. O que la inflación del 25% anual (estadística malversada por la patota de Moreno) deteriora los ingresos de los más pobres y que la falta de respeto a la ley, la corrupción y el autoritarismo kirchnerista fugan fortunas en dólares y frenan inversiones que podrían multiplicar el crecimiento.
Todo esto es cierto. Igual que esa llaga terrible de que tres de cada diez argentinos sigan siendo pobres o que cuatro de cada diez sean trabajadores en negro. O que el 15% de los argentinos se lleve el 65% de la torta. La gran dificultad que tiene la oposición es que una cosa no borra la otra. Las críticas por lo que se hizo mal o por lo que no se hizo son correctas. Pero que también es cierto lo que se hizo bien.
Hay una sociedad partida casi por mitades. Lamentablemente, cada vez más dividida por un abismo de odio fomentado desde lo mas alto del Estado, durante casi ocho años. De un lado hay varias voluntades que pelean por representar esta plataforma de demandas críticas. ¿Quién lo logrará? ¿Alfonsín, Duhalde, Binner, Carrió, Rodríguez Saá? Ese abanico está muy lejos de compartir caminos y nadie sabe quién puede ser el que más votos acumule. Esta elección se ha convertido en una máquina de triturar especulaciones y fabricar certezas.
Esta noche los argentinos sabremos dónde estamos parados y cuánto acusa en la balanza cada candidato. Tal vez sea una primera vuelta virtual y convierta al 23 de octubre en un ballottage anticipado. Si la elección trae un presente griego para Cristina, habrá que armar de nuevo el rompecabezas.
Si las consultoras aciertan y Cristina se acerca al 45%, en una elección muy parecida a la de 2007, estaremos a las puertas de un hecho histórico inédito. Por primera vez un apellido, Kirchner, gobernará durante tres períodos consecutivos. Ni Perón ni Menem pudieron.












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