Se denomino así a los bloques de la oposición que hace un año se unieron para quitarle al kirchnerismo el control de las comisiones. Las denuncias de Carrió y la cercanía con las elecciones internas que los tendrán enfrentados complican cualquier acuerdo futuro. El balance deja varios proyectos aprobados nunca sancionados en el Senado y, sobre todo, la imposibilidad de cumplir con las expectativas creadas.
La implosión por esas acusaciones y la inmediatez de la contienda electoral que los tendrá como rivales, más una sucesión de desinteligencias que parece no concluir, hace imposible imaginarlos juntos en 2011.
Aquella noche, con Néstor Kirchner dispuesto a entregar todo, la UCR, el Pro, el Peronismo Federal, la Coalición Cívica y la mayoría de los bloques minoritarios se repartieron los cargos de las comisiones y convirtieron ese diagrama en moción.
Para explicarlo, se autodenominaron como el Grupo A del recinto, donde agruparon a 144 diputados; y definieron a los demás como “el resto”, que luego debería distribuirse las sobras de cada comisión.
Le dejaron las presidencias de las comisiones de control, la presidencia y la vicepresidencia segunda de la Cámara. El costo de esa generosidad, apoyada por Carrió y denostada por el peronismo federal, fue el de inexplicables demoras en convocar a las comisiones en manos de los K, que eran donde caían los proyectos más resistidos por el Gobierno; y el de sesiones frustradas por falta de quórum media hora después de la hora de la convocatoria, restricción nunca antes aplicada con tanta rigurosidad.
El Grupo A, como nunca dejaron de denominarse, se consolidó en el verano cuando peleó en los micrófonos y en la justicia contra el uso de reservas para pagar deudas. Y en el recinto, logró aprobar varios proyectos que golpearon el orgullo kirchnerista, pero casi ninguno se convirtió en ley. La excepción que hizo la regla fue el que aumentó las jubilaciones al 82% móvil, que sí obligó a la presidencia al veto, que sólo puede rechazarse con los dos tercios del recinto.
En la lista de triunfos se anotan proyectos como la reforma de la conformación del Consejo de la Magistratura, la modificación del régimen de Decretos de Necesidad y Urgencia y la eliminación de la facultad del Ejecutivo para reasignar partidas, definida como superpoderes.
Estas victorias fueron posibles por el trabajo que lideraron las segundas líneas de cada bancada, que combatieron la vanidad de sus jefes. Algunos actores de peso fueron los radicales Rubén Lanceta y Silvana Giúdice; Patricia Bullrich y Horacio Piemonte, de la Coalición Cívica; Enrique Thomas y Eduardo Amadeo (Peronismo Federal). Federico Pinedo (Pro) y Gerardo Milman (Gen), entre otros.
Fueron quienes mantuvieron la fidelidad de monobloques como los del simpático salteño Alfredo Olmedo o la fueguina Patricia Fadul. Disimularon, además, la temprana rebeldía de la centroizquierda, el interbloque formado por 6 diputados de Proyecto Sur, 2 de Libres del Sur, 2 de Solidaridad e Igualdad y Miguel Bonasso, de Diálogo Por Buenos Aires.
Estos once resistieron las ofertas del Gobierno y le dieron vida al Grupo A a cambio de más lugares en comisiones de los que le correspondía en proporción, pero una vez iniciado le período de sesiones ordinarias diezmaron su apoyo, poniendo condiciones en cada votación.
Haciéndose rogar, terminaron apoyando en todos los proyectos trascendentes, pero sólo con el 82% móvil se animaron a garantizar su apoyo tácito en una reunión previa con referentes de todos los bloques. Es que como en muchas otras ocasiones, habían emitido un dictamen propio con alcances no muy diferencias, táctica que solían festejar los kirchneristas en su afán de dividir a la oposición.
En otros temas arrastraron el debate, como en la coparticipación del impuesto al cheque, que proponían eliminar; y el reparto en las provincias de los Aportes del Tesoro Nacional. El nulo vínculo con gobernadores e intendentes los colocó siempre en una posición cómoda.
Pálido final
Tras un primer semestre de furia, la última parte del año la armonía entre los pares fue yéndose, sobre todo ante los permanentes problemas para reunir quórum, por faltazos no siempre justificados.
A eso sumaron desinteligencias en algunos temas de peso como las retenciones a las exportaciones, donde no hubo forma de unir los intereses del Pro y el Peronismo Federal con los del socialismo, que amagó varias veces hacer rancho aparte pero nunca terminó de decidirse.
Rehenes casi todos del humor del gobernador Hermes Binner, los socialistas comenzaron a sentirse incómodos compartiendo mesa chica con los peronistas federales, donde se hacían oír los diputados del principal rival del longevo mandatario: Carlos Reutemann.
Situaciones así empezaron a hacer ruido. Una tarde, el cordobés Luis Juez instruyó a los tres suyos a no sentarse en sus bancas e impedir que haya quórum para iniciar la sesión, desinteligencias que el kirchnerismo observó casi como actor de reparto de un recinto que ocupó con pocos objetivos más que resistir.
Corría septiembre y los referentes de todos los bloques coincidían en que no podían sostener las expectativas de los votantes que el junio de 2009 creyeron haber logrado dejar al kirchnerismo sin el control del Congreso.
Por lo bajo, la mayoría coincidía en que era hora de pensar en una estrategia para salir del brete en el que se había metido en aquella noche de diciembre. La muerte de Néstor Kirchner, que le sumó al Gobierno un apoyo popular que parecía haber perdido meses atrás, afianzó ese diagnóstico. Las fuerzas con diferentes ideologías y objetivos habían perdido el enemigo que más hizo por unirlos.
El presupuesto resumió las tensiones internas que ya mantenían entre los bandos. Carrió, siempre más rápida en los primeros metros, se apartó de cualquier negociación y cuando olfateó conversaciones, las denunció como si se tratara de un delito en sí mismo.
El tenor de sus palabras acobardó a los radicales que ya habían empujado entre los suyos la opción de facilitar la aprobación del presupuesto en general. Y obligó a una contraofensiva de las autoridades de la UCR, ya sea del bloque como del partido. Pocos imaginan que después de ese cruce la chaqueña pueda reunirse en marzo con alguno de ellos.
Tampoco se vislumbra un objetivo más que el de llevar al recinto los proyectos pendientes, como la normalización del Indec, la prórroga de las ejecuciones hipotecarios, la regulación de la publicidad oficial y la ley de acceso a la información, el único de ellos listo para ser ley. Y en un año de campaña, se sabe, el Congreso no es el lugar más buscado por los políticos. Ni siquiera por los legisladores.











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