La visión descarnada del poder global sobre la Argentina K

Fernando Gonzalez

Es el signo de estos tiempos. Los mensajes vía internet han puesto a la Argentina bajo la atención del planeta. En un caso, el de los cables del servicio de inteligencia de los Estados Unidos publicados por el sitio WikiLeaks sobre la personalidad de la presidenta Cristina Kirchner y, en el otro caso, por los miles de mails que revelan la trama de coimas y corrupción que vincula al ex secretario de Transporte, Ricardo Jaime, con el gobierno del fallecido Néstor Kirchner y la campaña electoral de 2007 que consagró a su esposa.

En ambos casos, la vulnerabilidad de los sistemas informáticos sirve para dejar al descubierto ciertos métodos que se utilizan en las capas más profundas del poder político y económico que suelen permanecer ocultos para la sociedad global. Resulta previsible que un grupo de personas audaces pero improvisadas como las que lideraba el kirchnerista Jaime pueda quedar atrapada por el descubrimiento de sus mails en los que detallaban hasta los montos que les pedirían a empresas españolas para ayudar a financiar la campaña electoral de Cristina de hace tres años. En cambio, la sorpresa de ver pinchado al servicio secreto más sofisticado del mundo agita a varios gobernantes y pone en ridículo a una potencia como EE.UU., jaqueada ya por la incapacidad de Barack Obama para devolverle el ánimo a la economía de su país.

La diplomacia estadounidense, según los datos de WikiLeaks, tenía dudas sobre la capacidad de la Presidenta y desconfiaba de su situación emocional al lado de Néstor Kirchner. Los consideraba “paranoicos” del poder y utilizó el duro adjetivo de “ineptos” al calificar sus dotes para la política exterior, haciendo eje en la posición que ambos sostuvieron durante los días del intento de golpe de estado en Honduras. Son informes construídos en base a consultas informales con dirigentes políticos o empresarios que mencionan en algunos casos.

Los documentos rescatan aspectos de la relación entre los Kirchner y el gobierno de Obama y Hillary Clinton, pero abren heridas que serán difíciles de cerrar. Una cosa es percibir la desconfianza de un país poderoso y otra es comprobar con semejante nivel de detalle las causas que generan esa inquietud. La aclaración de EE.UU. sobre que los cables fueron robados de su sistema de inteligencia no parecen suficientes para apagar el enojo de los mandatarios involucrados. Y el silencio de Cristina en estas horas es elocuente al respecto.

Hillary ha dicho que los documentos no representan la política oficial de EE.UU. pero jamás negó la veracidad de los cables. Angela Merkel y Silvio Berlusconi (a quien han criticado por sus “fiestas salvajes”) ya se apuraron a decir que el escándalo no afectará la relación estadounidense con Alemania e Italia. De todos modos, el descarnado strip tease del servicio secreto que alimentó como ningún otro a la literatura y la cinematografía contemporánea muestran un reflejo autoritario que remite más a los tiempos de la guerra fría que a estos días en los que la información desnuda los rincones más oscuros del poder.

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