Por: Susana Viau.Apenas unas figuras visitaron al ex presidente durante su convalecencia. Y muy poca gente. Su propia ausencia le impidió sacar provecho del tropiezo de Julio Cobos y frenar a tiempo la embestida de su enemigo íntimo, Carlos Reutemann.
La salud de los enfermos.
Julio Cortázar, 1966.
La obstrucción de la carótida de Néstor Kirchner puso en pantalla durante 72 horas continuadas la soledad del matrimonio presidencial. Que la oposición permaneciera al margen del ACV que, según la poética expresión de Daniel Scioli, había obligado a "destaparle las cañerías" al titular del PJ, era esperable; menos previsible resultó la escuálida solidaridad de gobernadores, intendentes o figuras del justicialismo con un ex presidente, el jefe de uno de los dos grandes partidos, un diputado de la Nación. Pero lo más significativo fue, sin duda, que esa noción difusa llamada "gente" siguiera con sus trajines diarios y diera la espalda a la zozobra del matrimonio, que no se cansa de proclamar que es quien más ha hecho en este siglo y en el otro por los pobres, los explotados y los desvalidos de esta tierra. Los pueblos aman a quienes, no importa con qué fines, los han sacado de la oscuridad. De eso ha vivido y vive el peronismo desde hace casi setenta años. La ausencia de ese pueblo en la puerta del Sanatorio Los Arcos, los llamados a las radios con mensajes que Víctor Hugo Morales prefirió abstenerse de reproducir encienden luces rojas para la pareja patagónica. Ni siquiera el quebranto carotídeo de Kirchner logró mover la aguja que marca en las encuestas su alejamiento de las preferencias del electorado. Entre el aburrimiento y la desazón, unos pocos militantes de La Cámpora y del Movimiento Evita vivaquearon en la vereda. Enfrente un puñado de pecheras verdes acompañó la vigilia. A eso se redujo todo. Se ha dicho hasta el cansancio: Kirchner no es un dirigente amado; se lo sigue por ambición o por temor.
Únicamente en esa cultura de la mezquindad es posible inscribir la utilización que uno de los médicos de confianza de la familia presidencial hizo del episodio. Donato Spaccavento reveló que fue su consejo el que impidió que el enfermo fuera internado en el Hospital Cosme Argerich, tal como, en un gesto honorable, éste había dispuesto cuando ocupó la jefatura del Estado. Durante la gestión de Mauricio Macri –sentenció–, el Hospital Argerich no garantiza la atención que exige un paciente con esa patología. El actual gerente de Administración de Prestaciones Especiales (APE) de la ANSES le sacaba el jugo a la hemiparesia de Kirchner (quizás instigado por él mismo, de Kirchner todo puede esperarse) para facturarle al jefe de Gobierno su decisión de separarlo de la dirección de la institución. El ginecólogo filomontonero no reparó en que por encima de su herida narcisista estaba la repercusión que sus palabras podían tener sobre la mayor parte de los porteños, muchos provincianos y hasta ciudadanos de países limítrofes imposibilitados de acceder a la medicina prepaga y para quienes el hospital público es la única y gran alternativa. Una alternativa que en materia de calidad profesional nada tiene que envidiarle a la asistencia privada y ha resistido milagrosamente el abandono al que se la somete de modo sistemático desde la política. Spaccavento, ex secretario de Salud de la intervención en Santiago del Estero, donde dejó un recuerdo polémico y un reguero de denuncias, ex secretario de Salud de Aníbal Ibarra en el Gobierno de la Ciudad, ex director del Argerich y sanitarista amateur, se define como fervoroso defensor de la responsabilidad del Estado en materia de salud. Una declaración de principios que colisiona con su carácter de socio de empresas prestadoras del sistema público, como RX Consulting y Centro Callao, o gerenciadoras, como Siglo XXI Salud, estructuras éstas creadas por los privados para administrar instituciones públicas (el PAMI) y obras sociales, auténticas predadoras de la cotización de los trabajadores. Nadie rectificó las declaraciones de Spaccavento. Incapaz de alzarse por sobre los despechos personales, ni las actitudes de grandeza ni los buenos modales sobran entre el funcionariado político del Frente Justicialista para la Victoria. Por eso, tampoco hubo flores ni condolencias oficiales en las exequias de Tomás Eloy Martínez, extraordinario periodista y quizás el más importante escritor argentino de los últimos años. Ni siquiera la Biblioteca Nacional, tan dispuesta a abrirse para las sesiones de Carta Abierta, registró su muerte. El silencio de la administración contrastó con la corona de Scioli y mensajes tan dispares como los de Felipe González o Emanuel Ginóbili. Tomás Eloy Martínez pagaba con el desdén gubernamental la insolencia de publicar en el diario La Nación y de haber criticado en abril de 2006 el faltazo del presidente Kirchner a la inauguración de la Feria del Libro. "Cuando el poder no lee, el poder no piensa", había dicho el narrador. El actual secretario de Cultura, Jorge Coscia, le respondió entonces que hay libros "saboteadores de un proyecto de país que nos haga libres y autónomos". En el imaginario K también los novelistas forman parte de la conspiración.
La noticia de que el gran administrador del poder yacía en el quirófano de una clínica capitalina convocó el fantasma de Isabel. Cristina Fernández, en lo que puede tomarse como un fallido, no se privó de elogiar el gobierno de Perón-Perón, y, para mostrar que el timón del Estado no estaba en peligro, masculinizó su discurso. La Cristina sindicalista en tono callejero habló de "canchas", "lesiones" y "banquitos" de suplentes. El ateroma se había dado a conocer en un pésimo momento. Le impedía a Kirchner sacar rédito del declive de Julio Cobos ("Se desnucó con lo de Redrado", opinan en el Peronismo Federal) y salirle al cruce a Carlos Reutemann, quien con una sola frase y en lo que sus aliados consideran la mejor jugada de su carrera política, se ubicó como el desafiante perfecto. El entusiasmo que generó en los disidentes la irrupción del santafesino tuvo un ingrediente adicional: por primera vez, señalan, asumió la identidad del Peronismo Federal y, aunque vuelva a hundirse en el ostracismo, Kirchner ya sabe a qué atenerse.
Un tercer frente ensombrece la convalecencia del paciente: el casi seguro descalabro legislativo al que han empezado a resignarse sus jefes de bloque. Las dos cámaras estarían listas para firmar la defunción del Fondo del Bicentenario. En el Senado, Miguel Ángel Pichetto está punto de debutar como el primer jefe de bancada peronista que pierde el quórum con que contaba desde 1983. Lo supo en el instante en que el pampeano Carlos Verna lo miró a los ojos y le dijo: "El decreto así no va". De todos modos, el kirchnerismo retendrá, por gracia radical, la presidencia provisional Senado, que los peronistas federales querían para el salteño Juan Carlos Romero. Gerardo Morales y Ernesto Sanz abogan por el statu quo. Teniendo a Cobos, lo contrario sería un abuso, aducen. Lo único que inquieta a algunos opositores son los rumores originados en la prensa británica y replicados por un servicio de inteligencia castrense. Temen que eventuales hostilidades producidas en la zona de Malvinas entre petroleros ingleses y pesqueros de Santa Cruz puedan ser alentadas como maniobras de descompresión política. La versión aggiornada de los chatarreros de la Georgias, del célebre y costoso "incidente Davidoff".















Comentá la nota