Por Francisco Sotelo- Juan Manuel Urtubey es el personaje de la semana que pasó por haber ganado la reelección como gobernador y por haberlo celebrado con un tour de dos días por los medios porteños con el propósito de posicionarse para la carrera por la Casa Rosada.
La Presidencia de la Nación es el objetivo del gobernador salteño desde sus primeros pasos en la política. Para él, el paso por el Grand Bourg fue y es un trampolín.
Antes de la muerte de Néstor Kirchner, Urtubey y su equipo analizaban con seriedad la posibilidad de una candidatura presidencial para 2011. Estaban convencidos de que este año comenzaría el poskirchnerismo; por eso, adelantaron seis meses las elecciones, confiando en obtener un amplio triunfo que lo catapultara a las grandes ligas. La desaparición del ex presidente, al que consideraban “el último de una época”, cambió el escenario. De todas maneras, Cristina recuperó enorme espacio desde octubre, pero aún no definió sus objetivos. Si por algún motivo ella no es candidata, quedaría un espacio libre.
Urtubey está convencido de que puede ocuparlo.
La voluntad de poder
Su recorrida por “las grandes ligas” de la política llevó a los periodistas porteños a tratar de ubicarlo en algún lugar del espectro; definiciones como “kirchnerista crítico” o localizaciones a “la derecha del kirchnerismo” proliferaron sin demasiada consistencia.
Para quien analiza la realidad política sin la cosmética ideológica, el kirchnerismo no es otra cosa que pragmatismo. Nadie podría discutir la identidad kirchnerista de los salteños José Vilariño o Antonio Marocco, quienes difícilmente pueden ser calificados de progresistas o izquierdistas. En el universo K conviven Daniel Filmus, Florencia Peña, Luis D'Elía, Aldo Rico y Luis María Díaz Bancalari, porque el kirchnerismo consiste, simplemente, en voluntad de poder y capacidad para crear relatos fantásticos. ¿Alguien que hoy merodee los sesenta años puede creer que Gustavo Santaolalla fue perseguido alguna vez por la policía?
Ser K es otra cosa y Urtubey lo sabe.
Para quien entiende el poder como un bien en sí mismo es coherente apoyar con euforia la ley de bosques y las políticas antiagrarias, que perjudican a la actividad productiva de la provincia, pero definirse federalista, oponerse al matrimonio igualitario y defender la enseñanza católica en las escuelas públicas. Esas contradicciones son problemas para las elites, pero no para la conquista del poder.
Una estrategia impecable
Su victoria electoral fue impecable. La estrategia está a la vista y ninguno de sus detractores debería dejar de percibirla. Los votos no definen quién tiene la verdad sino quién se quedará con el poder.
Si a una persona que vive en un asentamiento no se le da una casa pero se le mejora la que tiene, o se le da dinero para que él mismo lo haga, se le brinda un reconocimiento que se traduce en confianza. Y en votos. Urtubey cree en el poder y tiene una idea distinta del desarrollo. El supo transmitir una seguridad que las promesas de sus opositores no quebraron. Así, legitima su poder.
Pero la legitimidad política no desacredita las críticas y no debería convertir al opositor en enemigo.
La victoria no disimula que este verano se produjo la peor crisis nutricional en veinte años en el Norte salteño. Una crisis que se hubiera evitado si se aplicaban políticas sanitarias correspondientes a la gestión de Estado, que van más allá de la construcción de poder.
La muy buena elección no oculta, tampoco, que las “más de 30 escuelas” que Urtubey dijo ante la Legislatura haber construido durante su gestión en realidad son nueve, el resto son sólo mejoras
Los votos no multiplican “los panes y los peces”.
Tampoco disimulan que la ganadería se estancó debido a la paralización de la actividad agropecuaria. En la Legislatura dijo que durante su gobierno habían aumentado en trescientas mil cabezas el rodeo salteño. No aclaró que el salto se produjo entre 2007 y 2008, es decir, que cuando él asumió la gobernación, las vacas ya estaban preñadas.
Todo esto forma parte de la capacidad kirchnerista para construir discursos.
Identidad K
Urtubey es K, porque el kirchnerismo es construcción de poder personal como si se tratara de una epopeya colectiva. Es lo que ocurre desde 2003, donde se muestra enorme capacidad para mostrar confianza en lo inmediato y para satanizar a quien muestre preocupación por la favelización de las grandes urbes, la estatización de la economía, el aumento de la pobreza y la precarización del empleo, por ejemplo.
El lunes, Urtubey puso en práctica una lección que aprendió de Néstor. El ataque frontal contra Hugo Moyano fue una réplica de aquel feroz mensaje de 2003 contra Julio Nazareno. Ambos eligieron como destinatario de la estocada a la figura pública más impopular.
Nazareno dejó la Corte Suprema. Urtubey deberá conseguir que Moyano deje la CGT. La apuesta es fuerte, pero ubica al gobernador en medio de las fisuras que se abren en el kirchnerismo. Desde allí, se propone mirar a todos los actores.
Si Carlos Menem es hoy oficialista, cualquier reciclaje es posible en la política argentina. Urtubey y la generación de cuarentones sienten que avanza el poskirchnerismo donde habrá que barajar y dar de nuevo. En 2011 o en 2015, nuestro gobernador siente que es su turno. Esta semana avanzó varios casilleros en su instalación nacional; hoy se lo conoce como “el enemigo de Moyano”.
Para la mayoría de los argentinos, Juan Manuel Urtubey es un enigma. Para los salteños no será difícil imaginarlo como presidente. Sin embargo, hay dos interrogantes incluso para nosotros: Urtubey en la Casa Rosada ya no tendrá otra meta, más allá de la reelección. Además, si la economía mundial deja de ser tan benévola como en los últimos años o si el nivel de gasto público se hace insostenible, el poskirchnerismo, quien sea que lo encarne, se tornará crítico.
La ceguera gorila de Pino
Nadie puede ignorar el futuro, pero tampoco se puede negar el presente. La ceguera es mala y eso lo sabe Pino Solanas. A los disparates que venía diciendo desde hace años, hablando de temas que no conoce, como la minería, apoyando a piqueteros sin saber sus causas, le sumó ahora la descalificación del voto de Juan Manuel Urtubey. Ofendió a todos los salteños, porque hay cosas que no se tocan, pero también insultó a su propia historia. Nadie que conozca la trayectoria del director de "La hora de los hornos" podría imaginarlo defendiendo el voto calificado, tal como lo hacían las antiguas oligarquías.
Ese punto está claro: la gente no decide sobre la verdad o el error sino que elige al gobernante que le inspira más confianza. A Urtubey, la legitimidad se la brindó la gente. Pino, una vez más, demostró que la mezquindad y el prejuicio son nefastos, para la izquierda o para la derecha.











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