Luis MajulCómo terminará la incipiente pelea entre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el líder de la CGT, Hugo Moyano? Mal, porque el enfrentamiento no tiene retorno y la desconfianza entre ambos crece cada día más. El año pasado, meses antes de la muerte de Néstor Kirchner, ambos mantuvieron una fortísima discusión donde ella lo habría acusado de robar la plata de las obras sociales y él la había chicaneado recordando la sospechosa velocidad con la que el juez Norberto Oyarbide cerró la causa por enriquecimiento ilícito del matrimonio presidencial.
Al ala del gobierno que se autoproclama principista, encabezada por Carlos Zannini y Juan Manuel Abal Medina, no le molestaría que Moyano rompiera con Cristina Fernández. Ellos suponen que la escalada del conflicto pondría a la Presidenta en el mismo lugar en el que estuvo Néstor Kirchner apenas empezó a gobernar el país, después de enfrentar públicamente a la Corte Suprema de mayoría automática y a Luis Barrionuevo: con una imagen positiva que llegaría hasta las nubes, enfrentada con el dirigente con mayor imagen negativa, según todas las encuestadoras. Ellos piensan, no sin razón, que muchos argentinos son de memoria corta y que la escena de una Presidenta extorsionada por un grupo de sindicalistas dispuestos a parar el país durante varios días haría olvidar a la mayoría de la sociedad que Hugo Moyano tiene semejante poder porque lo transó con Néstor Kirchner y con este gobierno también. La jefa de Estado no tomó ahora la opción de romper de manera definitiva con el líder de la CGT porque Julio De Vido y otro ministro más moderado le hicieron ver la otra cara de la moneda. Le preguntaron qué pasaría si las calles se descontrolan ante un eventual desabastecimiento. Le plantearon, con crudeza, si estaría dispuesta a soportar una crisis social como la de diciembre de 2001. Le ayudaron a pensar, con suma tranquilidad, a quien responsabilizarían los argentinos si la cosa se desmadra por el paro de transporte, la imposibilidad de adquirir los alimentos básicos y la ola de saqueos que generaría semejante cuadro a lo largo y a lo ancho del país.
Cristina Fernández no tiene opción. Tendrá que llegar hasta las elecciones de octubre con el doble juego de las apariencias. Proyectando la imagen de una líder afectada por la muerte de su marido pero alentando la reelección del gobernador de San Juan José Luis Gioja para consolidar su proyecto de poder. Pidiendo ayuda dentro del marco del juego democrático pero convalidando la persecución de consultoras que miden la inflación real y de periodistas que no se someten al pensamiento único del denominado modelo nacional y popular. Vendiendo la teoría de que gana sola pero aliándose en silencio con la familia Saadi en Catamarca, con Carlos Menem en La Rioja o con cualquier dirigente capaz de asegurarle los votos necesarios para ganar en primera vuelta a nivel nacional. Financiando el más enorme conglomerado de medios oficiales y paraoficiales de toda la historia de la Argentina mientras afirma que defiende a rajatabla la libertad de expresión. Hasta ahora su estrategia está dando resultado porque sus hombres trabajan todo el día hasta en los aspectos más sutiles del plan reeleccionista. Porque son capaces de nacionalizar el importantísimo triunfo en Catamarca como de minimizar cualquier derrota electoral que sufran de acá a las presidenciales. Y porque la oposición duerme la siesta y va detrás de la agenda del gobierno en vez de mostrar sus errores y presentarse como una verdadera alternativa de poder.










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