El kirchnerismo pone en juego su apretada mayoría. Aun si la mantiene, deberá someterse a duros debates.
Por eso, en el Congreso ya se palpita el cumplimiento de un ritual de los ciclos políticos, acentuado en el período kirchnerista: avance de las bancas oficialistas en comicios presidenciales y fuerte retracción en los de mitad de gestión. Esta vez, el bloque K en Diputados –donde tiene la mayoría más ajustada–, podría amortiguar una baja cosecha porque el 54% de Cristina en 2011 le aportó un buen colchón de bancas y renueva apenas 45 (35 propios y 12 aliados, obtenidas hace cuatro años) de las 132 (111 y 21) que retiene tras los saltos posprimarias. Otro dato: el kirchnerismo siempre necesitó de aliados para alcanzar las mayorías en ambas cámaras, con la variante de que esta vez está ves un aumento de los puros deberá compensar la probable baja de los votos “prestados”.
Con todo, si las sumas y restas del domingo dejan al oficialismo en un equilibrio inestable en esa cámara (donde le sobran tres para el quórum) y con un dominio más ajustado en el Senado (tiene 40 y aún perdiendo dos o tres mantendría la mayoría), las dudas por lo que se viene pasarán por otro lado. Ahí va la primera: ¿El reparto inicial quedará en postal o se transformará en una película de nuevos pases y reacomodamientos?. La que sigue: ¿Los gobernadores que se anoten para la sucesión presidencial o para la propia aceptarán que sus legisladores sigan aportando votos sin chistar a un modelo en problemas, sin meterse en el debate de las correcciones necesarias?.
En los próximos dos años, la elaboración y debate de leyes con el ojo puesto en la pelea por el sillón de Rivadavia marcará el pulso del kirchnerismo, el sciolismo, el massismo y varios otros “ismos” de raíz peronista. Y tal vez termine generando tanto o más ruido en el resto del arco partidario, al punto que obstaculice un armado conjunto que le permita a la oposición actuar a la vez de control y de fuente de proyectos innovadores.
Es que la superpoblación de pretendientes del liderazgo anti K, con el ingreso de Hermes Binner y Julio Cobos (además de Sergio Massa), más la continuidad de Elisa Carrió en Diputados y Ernesto Sanz en el Senado (donde la tropa de Mauricio Macri pondrá el pie por primera vez), vaticina en simultáneo un mayor brillo del Parlamento y el riego de convertirlo en un ring para un duelo de egos.
De hecho, desde esos espacios ya se levantaron voces advirtiendo que recupere o no la mayoría alcanzada en 2009 (perdida enseguida en el Senado y más tarde en Diputados), a la oposición se le hará cuesta arriba repetir el esquema del grupo A. Hasta hubo referentes que anticiparon su resistencia a quitar a Julián Domínguez de la presidencia de la Cámara baja aunque el bloque K vuelva a quedar relegado a primera minoría.A todo esto habrá que adosarle la irrupción del massismo como una novedad transversal que ya provocó quiebre en el peronismo anti K. Para más datos, en el Senado el otrora enemigo de los K, Carlos Menem, y un radical volcado últimamente al lado K, José Roldán, parecen haber montado un dique a las aspiraciones de avance opositor.








Comentá la nota