La suspensión de la reunión de los Ocho es una tregua. La agenda pasa por la seguridad y los precios, dijo José Eseverri. La interna del PJ bonaerense amenaza con un incendio. Santellán y Eseverri en el Estadio Unico. Scioli cercado. ¿La lealtad sin límites? Los muertos de Ferrobaires y los muertos de la policía. El Palacio Belgrano en el olvido.
Que la reunión de los Ocho intendentes críticos se haya suspendido sin fecha -el Museo de Tigre se quedó sólo ayer a las 11- es una señal clara de tregua. Un mensaje al inoxidable Daniel Scioli. Los Ocho no están dispuestos a ser funcionales al kirchnerismo transversal y paladar negro que busca desgastar la gestión, convertir en lodazal el terreno que pisa el Gobernador, correrlo ideológicamente y socavar los carteles de "Scioli Presidente" que aparecían el jueves, pre inauguración del estadio único, en la autopista a La Plata.
Eseverri -José- fue uno de los voceros de la calma. La suspensión del acto no es, en palabras del General, moco de pavo. Allí se proclamaría -pública o íntimamente- la candidatura (pre) de Sergio Massa a la Gobernación. El Intendente le dijo en la semana a Radio Provincia que "todos estamos bajo el paraguas de Cristina" y con EL POPULAR habló de la lealtad gloriosa de Daniel Scioli. Y del posicionamiento político de profunda importancia que implicó la numerosa presencia de gobernadores en un acto convocado por el ex motonauta de brillante sonrisa y en el que Cristina era sólo una invitada. Los Pejotistas de Olavarría dicen que ese silencio repentino les "huele a arreglo" y a "estrategia". Tal vez no les falte razón. Mientras tanto, se pechean y se miden.
Después del circo platense, un grupo de intendentes y de dirigentes del PJ se juntó a comer en la casa de Baldomero "Cacho" Alvarez de Olivera, ministro de Desarrollo Social y aspirante a la Vicegobernación. Allí estaba el mercantil Miguel Santellán. Rechazaron las colectoras -golpean en el corazón de los intendentes del Conurbano y en las aspiraciones sciolistas- y dejaron en claro que en el encuentro partidario de Mar del Plata en el camping de Camioneros no se hablaría de lo importante y que sería una reunión de orden del día y abundancia de bueyes perdidos. Y así fue.
Color S
Eseverri y Santellán ni siquiera se cruzaron en el multitudinario acto en el estadio al que Scioli invitó a Cristina. Pero estuvieron los dos. José Eseverri, en el mismo sector de Gobernador y Presidenta.
Desde el PJ olavarriense lo miran con desdén. "Este muchacho está con los trabajadores cuando no están los patrones".
Toda la parafernalia y el brillo fueron sciolistas. El color también. No hubo artistas K. La estética light y de escaso contenido responde a ese vacío ideológico que le enrostran a un Scioli al que le encanta rodearse de la farándula y que permanentemente genera guiños a los enemigos mortales del kirchnerismo. Una de sus debilidades ha sido a almorzar, del brazo con Karina, en la tribuna de Mirtha Legrand.
Cristina le tiró un abrazo con publicitada calidez. Horas antes Julio De Vido había arrojado sobre la gestión bonaerense la responsabilidad de los muertos de San Miguel. Y en estos días le han horadado el poder de sus ministros, le han demonizado a la policía que Scioli maneja con el concepto duhaldista de la mejor del mundo, le cruzan, en boca de dirigentes kirchneristas, cada paso de gestión y le asestan las colectoras que no iban a existir.
Para reforzar un pragmatismo que no se condice con los reclamos ideológicos que los puros K le hacen a Scioli, la Presidenta sentó a su lado a Julio Grondona. Al hombre que encarna el poder sobreviviente a todos los gobiernos. Al que ha manejado el imperio del fútbol con marca de Padrino.
El Gobernador sonreía, levantaba el brazo y digería. A su alrededor apuestan todo el tiempo a cuánto podrá soportar su lealtad. Sin que le estalle una úlcera o perfore el diván del analista.
José Eseverri -que no estuvo en terreno marplatense de Moyano- quiso resaltar con naranja "la concurrencia de buena parte del peronismo nacional y de la mayoría de los gobernadores a un acto convocado por Scioli y no por Cristina". También palpó "mucho afecto militante con Cristina. Es un vínculo que va mucho más allá de la política, que roza con lo afectivo".
Después de la fiesta volvió la brasa del PJ bonaerense a las manos de Scioli. Un monstruo irrefrenable. Que le puede estallar en la cara al Gobernador y a la gente de a pie que siempre -no está de más repetirlo- recibe las esquirlas. Logró apaciguarlos una vez más. Y convencerlos de que la reunión en Sierra de los Padres debía ser liviana. "Nosotros no vamos a discutir estas cosas en un encuentro donde están todos mirando a ver cuándo nos peleamos", definió Miguel Santellán cuando ya estaba en la ruta, de vuelta. Más de 300 kilómetros con lluvia para hablar de nada.
El más leal
"Yo sé, y esto lo digo con toda seguridad, que él no autoriza ni avala que alguien hable de Scioli presidente", recalcó José -Eseverri- sobre los carteles de la Autopista. "Me lo dijo el día en que lo llenaron de huevos en Olavarría". Esos huevos que se ligó, en medio de la disputa campestre, tenían destino K. Y se los aguantó como a tantas cosas. "Yo soy muy leal", le dijo ese día a Eseverri. "Me alejé de Menem cuando comenzó con su tercera elección. Pero lo fui a saludar a Don Torcuato". Cuando el ex Presidente estuvo preso por el contrabando de armas.
El Intendente se admira de esa lealtad. Y lo asimila con Kirchner: "Ninguno de los dos ha dicho en privado lo que no sostiene en público".
Sin embargo los carteles y las carísimas movidas publicitarias de Scioli más sus contactos con gente poderosa y demonizada por el kirchnerismo inquietan al gobierno nacional. Le suenan, redondamente, a campaña presidencial.
Sagrado equilibrio
En un juego de equilibrios digno del Cirque Du Soleil, Daniel Scioli cedió a la presiones del kirchnerismo, pero se las arregló para tomar medidas efectistas que generen una imagen de autoridad ante un electorado de quince millones que en poco tiempo decidirá su destino.
Tres asesinatos en el Conurbano en el mismo día en que Nilda Garré, junto a un enmudecido ministro de Seguridad (Ricardo Casal), anunciara que bajaron los índices de criminalidad suenan, al menos, extraños. Dos chicos muertos en José León Suárez a manos de la policía en una fotografía brutal de la pobreza y la marginación pusieron blanco sobre negro acerca de dónde están los talones de aquiles de kirchneristas y sciolistas. Mientras se discute el poder partidario las balas policiales siguen matando pibes por la espalda como en Baradero y los bebés wichis de mueren de desnutrición en Salta. El mismo gobernador de Misiones -el Maurice Clos de nombre francés- al que se le fueron casi 300 niños desnutridos y admitió mil al borde del abismo, estaba en el Estadio Unico y aspira a la reelección.
Pero Scioli sigue haciendo equilibrio y generando gestos para la clase media a reconquistar.
1- Desautorizó a su Ministro de Educación cuando se incluyó en los programas educativos el escrache como forma de participación política. José Eseverri -que no olvida al campo en la puerta de su casa- recordó que "desde el origen el escrache es un método fascista; lo hacían los nazis contra los judíos".
2- Después de que Julio De Vido le cargó las cuatro muertes del tren de San Miguel, Scioli intervino Ferrobaires. Y nombró a cargo a un hombre cercano al Ministro de Planificación.
3- Para reafirmar su descalificación a Mario Oporto, dijo que "no vamos a permitir más cortes y situaciones que alteren la convivencia democrática" en la Provincia. "La paciencia de la gente se agota y la mía también", se endureció.
4- Tuvo que encarar una purga en la policía, a la que protege sistemáticamente. Bajó a 15 comisarios generales, pero sostuvo al máximo Juan Carlos Paggi y al ministro Ricardo Casal, el hombre de los ojos de cristal gélido. Sin que se toque a los jefes no es purga, dicen dentro de la Bonaerense. La fuerza provincial sigue siendo un reducto intocado de corruptela y gatillo fácil. No será Casal, por supuesto, quien meta mano en serio. De hecho, se le devolvió el poder a los comisarios después de la reforma Arslanian. Tampoco es Scioli quien puede encarnar esa grave decisión política. Porque no está convencido de que la policía no es la solución, sino parte del problema.
En Olavarría, el Intendente camina por delgados y similares hilos. Rescata a la policía y condena a la Justicia. Ya perdió la esperanza de que alguna vez se sepa quién o quiénes robaron en el Palacio Belgrano. Gente de su entorno lo ha escuchado quejarse de que en un caso de homicidio ocurrido hace dos años y que tuvo detenidos recién hace un par de meses, la policía tenía todos los elementos pero la fiscalía no actuaba. En el caso del Palacio, no hay nada. Y le robaron, casi, en su casa.









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