Por Mario WainfeldPegado a la tele, al celular, leyendo los medios online, el cronista deplora estar en hora de cierre. Llegan imágenes en vivo desde Ecuador.
En el formidable libro Jefazo, el periodista argentino Martín Sivak escribe la crónica de un largo lapso que pasó junto al presidente boliviano Evo Morales. Describe características similares: activismo infatigable, audiencias a toda hora, pulsión por convocar actos a diario, afán por dedicarse a todo.
Lula da Silva, Cristina Fernández, Néstor Kirchner, ni qué decir Hugo Chávez, son también hiperquinéticos, hiperpresentes, enchufados 24 x 24 todos los días del año. Conducen países diferentes, tienen procedencias y prácticas distintas pero los homologa un modo directo, comprometido de hacer política. Todos somos semejantes a nuestros contemporáneos, acaso más que a nuestros ancestros.
La diplomacia presidencial de este Sur encastra con esa lógica. Muchos encuentros cara a cara, con agenda abierta, salteando las mediaciones convencionales. Los presidentes se exponen, conseguir consensos entre pares “en tiempo real” es un desafío.
Mandatarios de derecha, como el peruano Alan García o el chileno Sebastián Piñera, son tan enfáticos como el que más bancando a su par ecuatoriano. Una sabiduría colectiva mitiga las diferencias ideológicas: la paz y la estabilidad democrática son un recurso de la región. Recurso escaso, arduamente conquistado, sustento del crecimiento económico. El protagonismo local es otro signo de época. Barack Obama y Hillary Clinton defienden, de palabra, las instituciones de Ecuador. Pero los que acuden al galope a Buenos Aires, los que resuelven son los presidentes de Sudamérica. Brasil y Argentina han actuado siempre a la par, con sincronía y una eficacia inéditas.
La gobernabilidad es ardua. Nada está garantizado, baste recordar los golpes fallidos de Bolivia y Venezuela, el exitoso de Honduras, la bamboleante situación en Paraguay. Pero hay también aprendizajes colectivos, una solidaridad inédita.
El cronista termina esta columna. Seguirá prendido a la tele, al celular, a los online. Para dormir, habrá tiempo. Conmueve ver a Correa hablando sin parar, uno quisiera estar ahí. Es medianoche, hora argentina. Mañana a las 6, hora ecuatoriana, el presidente estará en su lugar de trabajo, con los diarios leídos, a mil por hora, sabiendo que no está solo en su país, ni en el vecindario regional.









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