En su territorio, ante el electorado de más alto nivel de vida de toda la Argentina, cerrado a sueños de batacazo de sus adversarios, Mauricio Macri convirtió ayer a Horacio Rodríguez Larreta como cuasi Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma, y avanzó él mismo otro casillero hacia su propia consagración como el principal candidato presidencial de la oposición política argentina.
Para que no quedaran dudas de su control total sobre la fuerza política que fundó en 2002, cual capo de una escudería de Fórmula 1 decidió no sólo quien ganaba sino también quien salía segundo. Queda sí la incógnita de que grado de incomodidad le acarreará externamente la derrotada de ayer, Gabriela Michetti, con su imagen “victimizada” por dos hombres de su propio partido.
Pero con todo, esa no parece ser la incógnita mayor. Lo serán las que surgirán cuando empiecen a dar sus veredictos otras audiencias, otros electorados no tan dispuestos a hacer la vista gorda como el electorado porteño que, como lo hizo antes con el radicalismo, parece admitir y tolerar todo a Macri. Ayer se repitió esa benevolencia, ya un clásico porteño (ver aparte).
Joven, empresario exitoso y luego presidente de Boca Juniors, Macri pasó a la política en 2002. Al año siguiente ya ganó la primera vuelta de las elecciones para Jefe de Gobierno, equivalente a haber debutado en primera casi sin haber hecho inferiores. Entonces, sólo la directa participación del presidente Néstor Kirchner en favor de Anibal Ibarra hizo que perdiera el ballotage.
Aquel antecedente histórico puede resultar útil para un análisis probabilístico sobre Macri en el devenir de la política doméstica. La prédica del Alcalde de la Ciudad Autónoma desluce nítidamente cuando se topa con argumentaciones fundadas o con liderazgos intensos como era el de Kirchner, quien torció en favor de Ibarra una tendencia que parecía irreversible.
Esa carencia evidente lo hizo por largo tiempo esclavo de los consejos de Jaime Durán Barba, a quien últimamente ha desoído. Pero la argumentación política no es su fuerte y si llegado el caso, se pronuncia en contra de alguna (la científica, satelital, etc), después no sabe sostenerla o, directamente, se desdice. Para quien se ofrece para presidente, es una desventaja grande.
Su discurso de anoche en la Costanera, lleno de generalidades y afirmaciones tipo “podemos vivir mejor”, careció por completo de fundamentación.
Para el futuro quedarán otras incógnitas derivadas del ejercicio de una jefatura personal, absoluta, que Macri impuso al Pro. Sólo una, tal vez la principal. ¿Si no gana las presidenciales de octubre, fuera del ejercicio del poder, quién se pondrá sobre sus espaldas la tarea de hacer política partidaria?
LA CABA, UNA FRONTERA
El joven y más que correcto candidato a Jefe de Gobierno por el Frente para la Victoria (FPV), Mariano Recalde, padeció ayer en carne propia la histórica preferencia del electorado porteño hacia fuerzas políticas que se muestren distantes del peronismo.
Sólo con sus críticas a la política de Vivienda del Pro, y sus precisiones respecto del (inexistente) mercado inmobiliario porteño, el presidente de Aerolíneas mostró su jerarquía, los puntos que calza como candidato. Pero la mejor canción naufraga ante un auditorio reacio a escuchar.
Nunca fue malo Daniel Filmus en el pasado ni tampoco lo fue Recalde ahora. En conocimiento de ese obstáculo recurrente, anoche los candidatos presidenciales y principales dirigentes del FPV se dieron apoyo mutuo en el bunker del oficialismo, y enviaron un mensaje unificado y de convicción propia al resto del país.
Por el contrario, Martín Lousteau, con un perfil juvenil que incluye cierto roce con la farándula, circuló ayer por un camino asfaltado, facilitado por aquellos elementos que hunden sus raíces en la historia política y social de la Ciudad Autónoma.









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