Ricardo ForsterLa escena política va despejando sus incógnitas a un ritmo acelerado lanzando a ciertos candidatos otrora cortejados por el establishment al tacho de los desperdicios.
Sin poder sustraerse a la feroz cooptación que sobre ella ejerció la corporación mediática, la oposición se ha convertido, como ya lo señalé en otro artículo, en una suerte de tienda de los milagros en la que todos sus habitantes disputan por una porción de poder cada vez más paupérrima. Sin poder explicitar su núcleo ideológico por temor al espanto que podría causar sobre sus propios potenciales votantes, desguazadas sus pertenencias ideológicas por el predominio entre sus filas de las sacrosantas verdades de las encuestas y de sus sacerdotes oficiantes de la religión que reduce la política a encuestadolatría, cuyo señor máximo es el inefable Durán Barba, exponiendo el escasísimo nivel intelectual de algunos de sus máximos referentes, a la oposición parece no quedarle otra tarea que seguir manifestando la caída en picada de un discurso y una práctica que terminó por devastarla. De sus antiguas soberbias triunfalistas no quedó ni la ceniza de la esperanza.
Primero le tocó al pequeño e insignificante señor Cobos anunciar su casi retiro de la política activa después de haber alucinado con llegar a convertirse en presidente de la Nación por medio de la más absoluta falta de fidelidad y el deseo de agradar a su hija; después tuvo que clausurar sus aspiraciones su otro coterráneo, el senador Sanz, que ni siquiera alcanzó a mover mínimamente el amperímetro de una candidatura pergeñada entre gallos y medianoche por los señores de las corporaciones que imaginaban haber encontrado en Sanz la horma de sus zapatos, el radical complaciente con los designios del poder económico; después estalló el vodevil del peronismo neoliberal que, como si fuera un paseo por el tren fantasma del viejo Ital Park, acabó descarrilando mostrando los rostros impresentables de Rodríguez Saá y de Duhalde mientras que el colorado De Narváez, curado de espanto, comenzó a acercarse a las huestes de la última esperanza blanca, Ricardo Alfonsín, descubriendo que ni la plata ni decirse peronista alcanzan para aspirar, como en el 2009, a una buena elección; Felipe Solá, vista la cancha despejada y sin siquiera ruborizarse, parece entusiasmado con el incendio de su espacio político que le ofrece una extraña oportunidad pírrica para lanzar su candidatura; el inefable Mauricio Macri, carente de cualquier recurso intelectual y de cualquier vocación al esfuerzo y a la trabajosa construcción política, ha decidido renunciar a las grandes ligas para volver a jugar en el pago chico tratando de refugiar su inoperancia y su estrechés en una ciudad que ha conocido lo que significa ser gobernada por una derecha analfabeta, brutal y destructiva; y, por último, Pino Solanas, que haciendo gala de un oportunismo digno de mejor causa, abandonó raudamente su vocación nacional, su tozuda insistencia de bregar contra el bipartidismo, para terminar haciéndole el juego a la derecha mediática que prefiere, perdida por perdida, tratar, al menos, de conservar una cabeza de playa en la ciudad de Buenos Aires jugando sus garbanzos a dos puntas: por un lado, acogiendo nuevamente a Macri, aunque desilusionada de su hijo prodigio al que sólo parecen gustarle las fiestas kitsch con globos de colores y música de Gilda o las eternas vacaciones, y, por el otro lado, dejando que las huestes de Proyecto Sur, con Pino a la cabeza, se conviertan en la fuerza de choque que supuestamente por izquierda al menos intentará impedir que el kirchnerismo gane la capital.
Desde la soledad de su refugio de pitonisa de catástrofes que nunca acontecen (salvo aquellas que se refieren a la implosión de las fuerzas opositoras), Lilita Carrió se alegra al contemplar cómo los fuegos fatuos anunciados con retórica apocalíptica van despejando el escenario para convertirla en la estrella de una obra cuyo guión parece haber sido escrito por un capo cómico. Ella sola, guerrera de batallas cósmicas, para enfrentarse contra el revival, argentino, del nazifascismo (¿recuerda el amigo lector aquella frase memorable en la que la inefable pitonisa comparó a Néstor Kirchner con Hitler?). Como para hacer gala de consecuencia Lilita, junto con su inseparable compañera de andanzas camaleónicas, Patricia Bullrich, se dirigió raudamente al país del Norte, cuna como todos sabemos de la libertad y del respeto al derecho internacional y garantía última de la democracia y el Estado de derecho, para denunciar, cual Juana de Arco, que en la Argentina está amenazada la libertad de expresión. Entre pesadillas y presagios, Carrió, nuestra Casandra de cabotaje, sueña con enfrentar a su demonio personal: Cristina Kirchner que, para furia de la rubia platinada, ni siquiera se digna a mencionarla.
Resulta entre paradójico y absurdo que aquellos exponentes de la “verdadera y virtuosa” República, los que a coro se desgañitaron denunciando la falta de calidad institucional y el desaliño del kirchnerismo, esos mismos que agotaron todos los adjetivos para denunciar a un gobierno autoritario y hegemónico, impresentable y oportunista, se hayan convertido, finalmente, en lo que siempre fueron: una tienda de los milagros habitada por celosos guardianes de la incoherencia, la insustancialidad política y la avidez de un poder que se les escapa como arena entre las manos. Ellos, los demócratas, han contribuido, como nadie, a vaciar de contenido, de ideas y de proyectos alternativos a una República que, mal que les pese, se defiende con inteligencia de quienes, en su nombre, no han hecho otra cosa que dañarla y envilecerla. Hoy el mejor garante de instituciones sólidas es el tan odiado y calumniado kirchnerismo. Si, después de décadas, un gobierno democrático ha podido enfrentar con éxito el chantaje siempre brutal de las corporaciones económico-mediáticas, ha sido precisamente porque supo hacer todo lo contrario a lo que los escribas del poder le vienen diciendo a la oposición, que debe hacer para "rescatar" al país del escándalo populista. Y Cristina, como antes Néstor Kirchner, sigue dando lecciones de inteligencia y coraje político puesto al servicio no de los poderosos de siempre sino de los intereses populares.









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