En el oficialismo siempre hay un pero a la hora de definir políticas

Por Fernando Alonso

Dos ideas intenta instalar el discurso oficial desde hace algunas semanas: la primera, repetitiva en los últimos años, plantea que la economía argentina no atraviesa un proceso inflacionario sino un reacomodamiento de precios relativos, que no es lo mismo pero se parece bastante; la segunda, que con el despido de Martín Redrado del Banco Central ahora si van a poder generar un shock de inversiones que potencie la capacidad productiva para dar satisfacción a esa demanda interna generada con los planes sociales y los aumentos salariales acordados libremente en paritarias.

Está siempre la posibilidad de que la administración de Cristina Fernández logre alcanzar esos objetivos. Qué los industriales argentinos –grandes, medianos y pequeños– opten por mejorar la productividad y ampliar la capacidad instalada para ofrecer más bienes a menos precios y evitar el proceso de aceleración de la inflación.

Ese parece ser el objetivo de la reunión que convocó la jefa de Estado para este miércoles en la residencia de Olivos y a la que se espera concurran industriales, directivos de empresas y dirigentes de cámaras sectoriales, en una convocatoria mucho más amplia que la última concretada en diciembre pasado y que reunió mayoritariamente a hombres de negocios cercanos al kirchnerismo o por lo menos no críticos del oficialismo.

La política antiinflacionaria que descansa en el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, dejó de dar resultados como se admite en el propio kirchnerismo aunque nadie se atreva a desafiarlo públicamente. El problema es que ahora creen que se puede atacar la inflación con inversiones y si bien es necesario apoyar a la actividad productiva (a la industria y también al campo) es evidente que se trata de una política cuanto menos a mediano plazo y descalzada de las actuales urgencias.

Los encargados de allanar el terreno para que prosperen las inversiones son el ministro de Economía, Amado Boudou, y la desarrollista presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont. En el oficialismo, se entusiasman con la idea que la salida de Redrado permitirá que "ahora Economía y el Central trabajen juntos en orientar el crédito para la producción y no solo para el consumo", autonegando que los seis años que presidió el BCRA fueron durante las gestiones de Néstor Kirchner y Cristina Fernández y que la política económica fue siempre un resorte exclusivo de Néstor Kirchner que apenas aceptó compartirlo por necesidad en los primeros años con Roberto Lavagna. Incluso varios economistas incluídos ex ministros que trascendieron como consultados por el ex presidente negaron a este diario esa condición.

Boudou y Marcó del Pont seguramente lograrán coordinar políticas macroeconómicas, financieras y monetarias en el nuevo consejo creado por decreto para evitar que el Banco Central actúe como una entidad independiente y hasta en contradicción con las políticas que emanen desde el Poder Ejecutivo.

Pero en el oficialismo siempre hay un pero. Y comenzaron a gestarse en el propio oficialismo –el más ligado a Néstor Kirchner– maniobras desestabilizadoras sobre el ministro de Economía a quien culpan del fracaso del Fondo del Bicentenario y del papelón de anunciar al sucesor de Redrado que no estaba en condiciones legales de asumir.

En el caso de Mercedes Marcó del Pont por ahora tiene amplia libertad para exponerse en los medios, con la idea de capitalizar su discurso en los sectores progresistas con los que se gusta identificar Néstor Kirchner aunque no comulgue con sus políticas. Aunque a la hora de gestionar, Néstor prefiere operar directamente con Sergio Chodos y Benigno Vélez, director y gerente general de la entidad monetaria.

Tendrán dificultades en ese contexto Boudou y Marcó del Pont para poder llevar adelante el shock de inversiones que quiere la Presidenta si desde el propio entorno se encargan de minimizar el poder de decisión que detentan.

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