Por: Roberto García.Entretelones sobre el caudillo riojano. El amigable restaurante de Olivos. El curioso entorno de De Vido. Hay rumores de cambios en el gabinete.
Emitió un comunicado explicativo y, ante quienes se acercaron, desnudó palabras menos elegantes: "Me apartaron (del peronismo federal) como si no hubiese sido dos veces ex mandatario, nadie me habló de las maniobras legislativas, me postergaron en un par de actos, algunos pensaban que era contaminante sacarse una foto conmigo (Solá) y hubo quienes se adueñaron de la representación del interior (Rodríguez Saá y Romero)". Tampoco escondió el rebenque para sus parientes inmediatos: "Hablan por mí, dicen que estaré el miércoles 3 y que votaré contra el Gobierno; ignoran que para hablar estoy yo. Solo yo".
Si Menem busca algo de cariño y fama perdidos, los Kirchner no le van en zaga. Al menos, así concluyó ese encuentro repetido con los empresarios en Olivos, en el que Néstor se mostró radiante luego de la operación y Cristina habló hasta de sus experiencias con el acero inoxidable. Los invitados se disolvieron en elogios y zarabandas a favor del Gobierno (contra lo que dicen en privado). Baste señalar que el poderoso Alfredo Román dijo que, después de la crisis norteamericana, la gente hará cola para pedir la visa argentina, no la de los EE.UU. Un Nostradamus de Barrio Parque. Habitualidades felpudistas de Klima, Cornide, Lascurain, Fernández, para regocijo del matrimonio y el ego artístico que lo alimenta. Debe suponerse que el dúo no debe creer en esas palabras ni en el asentimiento cómplice de la mayoría. De inflación, nada; de gasto público, menos; de inversiones, sólo promesas; de recorte de subsidios, palabras al aire. Ni siquiera se aludió a la salida común y repetida en caso de incendio: el pacto social.
Ocurre que el almuerzo se tramitó, en su inicio, como respaldo al Fondo del Bicentenario que el Gobierno ha visto evaporar por incompetencia, el match con Redrado, la acción de la Justicia y el bloqueo parlamentario. Esa pretensión se hundió antes de preparar el menú. También la absurda búsqueda de declaraciones escritas a favor, cuestión que nadie pudo lograr. Entonces, caído el motivo de la reunión y las expectativas, quedaba el catering encargado y, como nunca viene mal un almuerzo en el que se halaga al anfitrión, se mantuvieron las invitaciones que, a fuerza de esfuerzos, armó a los trompicones Julio De Vido –"porque me va la vida en esta reunión", le atribuyen–, apoyado por su influyente secretario José María Anasagasti y un personaje que navega entre el sector privado y la función pública, Gustavo Cinosi, dueño de una mínima cuotaparte del Sheraton de Pilar.
Anasagasti, para muchos, intervino junto a su jefe en las reuniones previas, se sentaba a la mesa, opinaba; más sorprendió, sin embargo, cuando concurrió como asistente (o comisario político) a un almuerzo protagonizado por el alicaído Amado Boudou. Extrañezas del poder, a menos que Anasagasti sea mucho más que un organizador de citas o un portador de celular. Así se explicarían el auge y la prosperidad de los secretarios del kirchnerismo. Otro enigma es la febril actividad de Cinosi (muchos pícaros de sus interlocutores desgranan Ci-no-si, otros Ci-nuo-si), hombre que en tiempos recientes se filtraba ya con Alberto Fernández, acompañaba en los viajes a Cristina y, ahora, casi transpirando, colabora y presiona a favor de De Vido. Le debe sobrar tiempo a Cinosi en el sector privado –participa de otros emprendimientos turísticos, también de fluida relación con la embajada norteamericana–, ya que consume sus horas en el servicio patriótico a la actual administración. Un Pilar, claro, del Sheraton. Al menos, así lo ven los empresarios, muchos de los cuales se encuadran en la misma misión.
Por este encomio general, tal vez, los asistentes hasta evitan confesarse entre ellos; cada uno vive y disfruta lo suyo, apenas si observan una tendencia por la cual el Gobierno induce a responsabilizarlos por el alza creciente del costo de vida diciendo, además, que la futura discusión de salarios no es la causa de la inflación. Sin duda, es una consecuencia obvia. Las empresas alertan por demandas excesivas mientras los precavidos gremios han sido los primeros en anticiparse a las estadísticas: sólo firmarán acuerdos por seis meses. Ellos parecen ver subas que el Gobierno no reconoce. De esto pocos hablaron, más bien se gratificaron con las fantasías chistosas del jefe empresario de los camioneros, al tiempo que se expresaba cierta queja por Héctor Recalde, a quien le atribuyen la absurda versión –título de más de un diario– de que Techint negociaba productos con Malvinas mientras el país acentuaba su política de restricción con Gran Bretaña. También asombró la alineación del gobernador Schiaretti con la Rosada. Por lo menos, en el encuentro gastronómico.
Para no generar suspicacias, se soslayaron comentarios en torno a modificaciones en el gabinete a la aparición de figuras a convocar: se habla de León Arslanian para mejorar el trabajo con la Justicia; del ex gobernador pampeano Rubén Marín para entenderse sin fricciones con la oposición y, sobre todo, con los gobernadores pedigüeños; de un dirigente cordobés, Eduardo Accastello, con cierta inclinación por el rubro productivo. Por supuesto, esos nombres surgen en oposición al posible eclipse de otros funcionarios, sea la persistente oscuridad de Boudou (¿lo sucederá Débora Giorgi?), a novedades con las carteras de Justicia y el propio Aníbal Fernandez, quien –dicen– tuvo un encontronazo con Kirchner. Quizá sólo sea un rumoreo proveniente del propio corazón del Gobierno, ese que en ocasiones se muestra más autocrítico que los empresarios asistentes a Olivos. Aun así, por más que esas fuentes sean importantes, nadie se atreve a desentrañar lo que piensa el matrimonio. Son dos cabezas que también observan diagnósticos cotidianos poco diáfanos, pero confían en que los ingresos a partir del próximo mes por las exportaciones de soja alivien el cuadro económico y éste no se mezcle, como ahora, con el declive político que atraviesan.











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