Por: Susana Viau.Carlos Menem se queja por el desaire de sus colegas del interbloque federal. José Pampuro no quiso asistir a la ruptura de la palabra dada a la oposición en el Parlamento. Miguel Pichetto está desgastado por las presiones de Olivos. Y hasta aseguran que Aníbal Fernández ha comenzado a dar señales de fatiga.
Eduardo Duhalde se negó a sumarse a la tarea. Menem tiene abundantes razones para sentirse desairado, dijo, pero cometió un grave error anteponiendo su malestar al interés colectivo. Quienes fueron sus colaboradores en los 90 opinan que el riojano no persistirá en su actitud reticente, pero no se atreven a poner las manos en el fuego. Cuando Menem decide, decide solo y mantendrá el suspenso hasta último momento. Por lo pronto, ha logrado instalarse en el centro de la escena, convirtiendo tanto a la oposición como al oficialismo en dos fuerzas "Menem dependientes".
La del miércoles pasado fue para el ex presidente una jornada de golf y de venganza, una venganza largamente macerada –al fin se ha criado en una cultura donde lo que importa no es el reloj sino el tiempo– y decidida al enterarse de que su nombre desaparecía de una de las comisiones porque Luis Juez no quería compartir con él ese espacio. No fue el pedido de Juez lo que le hizo hervir la sangre. Menem es realista. Lo que encendió su furia fue el relato de que Adolfo Rodríguez Saá habría tachado su nombre: "Y bueno, lo sacamos al Turco, si total no viene nunca". Sólo una persona supo con anticipación que no volaría a Buenos Aires. Ramón Saadi recibió su llamada temprano y de inmediato se comunicó con Néstor Kirchner.
Kirchner escuchó con cierta desconfianza el relato que le hacía el catamarqueño y le pidió certezas. Saadi se limitó a contestarle: "Me lo dijo el Turco y le creo". Antes de terminar la conversación, le pidió unos favores para un puñado de intendencias. "Yo lo arreglo con Aníbal Fernández", garantizó Kirchner, invadido por el mismo sabor dulce de la revancha. Desde poco antes del mediodía, en la reunión de jefes de bloque, Miguel Pichetto, cabeza de la bancada kirchnerista, ya sabía de la paridad numérica y aseguró que bajaría al recinto con lista espejo.
A partir de allí, que fuera lo que Dios quisiera. Pero no fue Dios sino Néstor Kirchner el que terció en la situación con un llamado que ordenaba obtener la presidencia provisional e irse. Pichetto cumplió y rompió otra vez lo que hasta el 28 de junio era una regla de oro en el cuerpo: no mentir. José Pampuro no quiso asistir al espectáculo de esa retirada en tropel y apenas elegido abandonó el recinto. El oficialismo no venció pero logró dejar grogui a la oposición. Fue un golpe efectista y efímero porque, tal como ironiza un importante personaje del Senado, el INDEC no maneja el almanaque y no hay fuerza capaz de impedir que el lunes sea 1 de marzo, el momento en que el Congreso, con una nueva mayoría, retorna a su propia dinámica.
Sin embargo, Cristina Fernández abandonó la reunión del Grupo Río para seguir en el terreno las alternativas de una muerte diferida. Lula formuló un duro pronunciamiento en favor de la reivindicación argentina sobre Malvinas, pero Cristina Fernández no estaba allí para escucharlo: ya estaba en Olivos, frente a la pantalla del televisor, siguiendo el debate de la Cámara alta.
Es cierto que a la intervención del nordestino no la guiaba la mera solidaridad regional: en su intervención asomaba una vieja y ambiciosa reivindicación de Brasil: la exigencia de contar con un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Cierto es también que, en un tono menor, los intereses de Petrobras no son ajenos a la prospección petrolera en el mar austral.
La decisión de la Presidenta de abandonar la cumbre al mismo tiempo que una plataforma británica se dirigía a la zona de Malvinas sorprendió a los técnicos del Palacio San Martín, descontentos asimismo por la escasa respuesta dada por el Gobierno a la entrada en vigor del Tratado de Lisboa que, en diciembre, otorgó a las islas el estatus de territorios de ultramar de la Unión Europea. No menos disgusto produjo entre los cuadros de Cancillería la búsqueda desesperada por parte de la jefa de Estado de una entrevista con Hillary Clinton, una funcionaria cuyo rango es a todas luces menor que el que ella tiene. Pese a los esfuerzos desplegados para concretar esa cita, hasta ayer a primeras horas de la tarde Clinton (que visitará Uruguay y Chile y sólo atravesará el espacio aéreo argentino) no había proporcionado aún un horario para formalizar el encuentro.
El malestar, por cierto, no se circunscribe a las arboladas calles del barrio de Retiro. En las inmediaciones del Ministerio de Defensa se comenta todavía con estupor lo ocurrido a mediados de diciembre, durante la entrega de sables a los oficiales ascendidos. Eran 17 integrantes del Ejército, 7 de la Armada y 9 de la Aeronáutica.
La ceremonia en el Salón Blanco de la Casa Rosada estaba a punto de culminar y a la Presidenta le llamó la atención la presencia de un sacerdote y una monja ubicados en primera fila de asientos. Preguntó a quiénes acompañaban y se le explicó que eran los hijos del flamante contralmirante Raúl Viñas, designado para dirigir el Liceo Naval. Cristina Fernández ordenó entonces rever el nombramiento porque consideró que su formación no era la que convenía para desarrollar esa tarea. Un alto jefe naval se lavó las manos y a modo de justificación explicó que Viñas era demasiado "reglamentarista", una calificación que en esas estructuras, hasta ahora, era considerada una virtud. De momento, a Viñas no se le ha asignado otro destino, un limbo administrativo que suele ser la antesala del pase a disponibilidad.
El kircherismo ya no anticipa. Ni siquiera contraataca. Se conforma con dar palos de ciego. Sus hombres más fieles y más eficaces han llegado al punto de saturación. Eso, susurran, le pasa a Pichetto, sometido a un desgaste incalculable y sin futuro. Mario Blejer, con sus predicciones pesimistas sobre la economía, puso una distancia casi insalvable con la Casa Rosada. Y, lo más curioso, su rompeolas, Aníbal Fernández, también comienza a sentir las consecuencias de la fatiga de materiales. Eso le confesó a Eduardo Duhalde durante una conversación telefónica mantenida hace pocos días. "Que vos te vayas es una señal funesta", habría dicho el lomense.
El jefe de Gabinete, que no se engaña, concluyó: "Todo seguirá igual mientras Néstor Kirchner esté al frente de las operaciones". Puede que esos síntomas sean los que han llevado al oficialismo a analizar una posibilidad siempre a mano: el adelantamiento de las elecciones presidenciales.










Comentá la nota