El PJ, llamado a la unidad

¿Se invitó o lo invitaron? Una pregunta digna de Hamlet.

Los hechos son los siguientes: José Manuel de la Sota se encontraba en Buenos Aires presto a abordar un avión para San Pablo cuando, de improviso, cambió de rumbo y se montó en una de las aeronaves presidenciales junto con ministros y secretarios del gobierno nacional con destino a Córdoba.

Una vez en nuestra ciudad, el ex gobernador participó con la Presidenta en el acto de presentación de un nuevo modelo de la firma Renault. Pese a no tener cargo formal ni en la Provincia ni en la Nación, el hombre fue ubicado entre las autoridades, como si el aura de su anterior investidura aún lo rodease. Lo sucedido puede tener uno u otro significado conforme se responda al interrogante inicial. Si De la Sota se “invitó” al evento presidencial, sus intenciones de alinearse dentro del planeta K quedan absolutamente a la vista; no más perífrasis. Pero, si fue invitado por Cristina Fernández, las cosas cambian. Y cambian mucho.

¿Cuáles podrían ser las razones del kirchnerismo nacional para invitarlo? A nadie escapa que De la Sota fue siempre un dirigente esquivo tanto a Néstor Kirchner como a su esposa, independientemente de su silencio táctico en los últimos meses. Tampoco era un secreto que los operadores locales de la Presidenta (y, en su momento, de su esposo) habían intentado por todos los medios posibles socavar su poder dentro del peronismo local. En las horas de máxima tensión que vivieron Córdoba y la Nación apenas Julio De Vido supo mantener algún vaso comunicante entre estos polos en mutuo rechazo, con un balance de poder que -hasta el fallecimiento del ex presidente- se inclinaba hacia la coalición entre Juan Schiaretti y su antecesor. Considerando estos antecedentes, la hipótesis de la invitación presidencial podría parecer como contradictoria.

Este razonamiento, no obstante, debería impugnarse por superficial. En rigor, lo único que separaba a De la Sota con el gobierno nacional hasta la semana pasada era el hecho empírico que el kirchnerismo constituía, por estas latitudes, una mala palabra. En aquel contexto, si el peronismo local decidía alinearse -sea por recursos o sea por presiones- con la Presidenta su futuro político podía quedar seriamente comprometido, pese a sus buenas gestiones provinciales. Demasiado riesgo para un partido acostumbrado a ganar, y una posición perfectamente lícita para cualquier político.

Esta limitante fáctica parecía haber sido aceptada en los últimos días de Néstor Kirchner, al punto tal que sus principales referentes habían dejado traslucir una suerte de “no objeción” a las elecciones desdobladas que preveía convocar el gobernador. Sin embargo, su prematura desaparición dio por tierra con aquellos acuerdos. Ahora el kirchnerismo ya no puede utilizar la dialéctica “pingüino-pingüina” que tan bien le funcionaba: queda sólo la Presidenta como única garante del espacio, y debe jugarse con todo a su reelección antes que otros (como podría ser el caso de Daniel Scioli) se le animen.

Esta lógica, tan inapelable como realista, reserva un especial capítulo a Córdoba. Ya nadie en el gobierno considera que el peronismo local pueda ser cooptado o marginado exitosamente del armado nacional. Si la Presidenta quiere su reelección, deberá apoyarse inexorablemente en el PJ oficial que conduce el tándem De la Sota-Schiaretti. No tiene escapatoria, aunque la adopción de esta estrategia conlleve dos costos fácilmente identificables: el primero, el previsible enojo de la izquierda vernácula por tener que aceptar el liderazgo de aquellos referentes, demasiado conservadores para sus sueños libertarios; el segundo, una cierta frustración de Eduardo Accastello, el único dirigente K con tropa propia y, hasta ayer, monopolista de las relaciones cordobesas con la Casa Rosada. Ciertamente, una irritación izquierdista no debería conmover demasiado esta línea de acción, pues estas ideas difícilmente representen el 1,5% de los votos provinciales. Es el disgusto del Intendente de Villa María lo que debería ser más preocupante para los estrategas nacionales dado que, en rigor, sus votos son indispensables en la contabilidad electoral del peronismo.

Pero también podría razonarse de otro modo. Tal vez, De la Sota fue invitado sencillamente porque ni la presidente ni sus ministros quieren otro electrón suelto que termine fusionándose dentro del núcleo del peronismo federal. Quizá ni siquiera exista un “plan B” kirchnerista para Córdoba sino, simplemente, una estrategia preventiva para evitar que se inventen excusas para romper del todo con la Casa Rosada. Quizá el propósito inicial del gobernador en el sentido de asegurar el triunfo desdoblando las elecciones y dejar para después las inevitables posiciones sobre la elección presidencial siga más vigente que nunca, y que De la Sota se subió al avión simplemente porque no podía desairar a Cristina Fernández quien, más allá de su investidura, se encuentra pasando por un trance humano que merece el apoyo y la compresión de cualquiera. Fuera cual fuese el verdadero motivo de su presencia en Renault, una cosa parece ser clara: desde la Nación necesitan un PJ cordobés unido, aún cuando en la comarca quedan cosas por arreglar. El principal peligro que lo atormentaba, esto es, que la gestión de Schiaretti quedara ahogada por alguna suerte de revancha K, parece aventado y, con ello, debidamente conjurado la amenaza de una debacle de la cual él hubiera sido acusado de complicidad.

Lo invitaron. Seguramente, para algo más que presenciar el lanzamiento de un nuevo vehículo en la planta de Santa Isabel; tal vez, para otro lanzamiento.

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