Inconveniente ansiedad

Por: Pepe Eliaschev.

Los planetas parecen alineados para los planes y los apetitos del Gobierno. Ausente del acto del viernes en la Nueve de Julio, la Presidenta fue colmada de elogios por el sindicalismo.

Ella alegó la necesidad de recordar a su marido para replegarse de nuevo en el lejano y poco accesible El Calafate, pero su gabinete se codeó en el palco principal con los líderes gremiales. Coherente con la decisión que ha tomado en la vida, el gobernador Daniel Scioli hizo elocuente acto de presencia. Ahí estaba, en ese hecho político, la naturaleza esencial de un compacto de poder y destinos cruzados. Poco apremiado, por ahora, de cara a la campaña electoral, el Gobierno se puede dar algunos lujos, como si la derrota de 2009 hubiese ocurrido hace 50 años. De hecho, la Presidenta hizo una nueva manifestación de guillermo-morenismo explícito el martes pasado, cuando, ataviada de gorrita y delantal de carnicera, presentó en la explanada de la Casa de Gobierno un nuevo proyecto de voluntarismo propagandístico, el esquema “carne para todos”, una de esas ideas que colman de dicha al Secretario de Comercio Interior y que Cristina Kirchner, lejos de disuadir, apoya con fervor. En esa ceremonia, el secretario presidencial Oscar Parrilli le compro seis kilos de carne a la Presidenta, aunque asistentes al acto negaron que la elección de ese funcionario para oblar el costo de la parrillada presidencial fuera totalmente casual. Aun cuando la situación política fuera del Gobierno ha ido cambiando lenta pero visiblemente en las últimas semanas, la Casa Rosada todavía tiene más problemas con su tropa que con las amenazas del adversario. No debe negarse que Cristina olfatea bien que la opinión pública no arde de deseos de verla junto a un vociferante Hugo Moyano. A ella ahora no le basta con no estar al lado de él. Además, ha vuelto advertir lo dañino que resulta para el país la seguidilla de reclamos y conflictos encrespados que motoriza una conducción sindical endulzada por la luna de miel que el sector vive con esta realidad. Pero los jeques sindicales son capaces de un pragmatismo imponente; en el acto del viernes los contingentes de José Luis Lingeri y Andrés Rodríguez se cuadraron junto a los batallones que más clamorosamente reclaman cambios revolucionarios. Lingeri y Rodríguez, que de hecho son empresarios, fueron fieles escuderos de Carlos Menem en los hoy vilipendiados años ‘90, pero ¿de qué sorprenderse” si el ex presidente viene de proclamar esta semana que “a Cristina no hay con que darle”? Octogenario y dispuesto a eternizarse en un cargo que le preserve los fueros parlamentarios mediante los que repelería toda pretensión de investigación judicial, el senador por La Rioja se expresa con crudeza brutal, aunque no opinan muy diferente de él los hombres de la Presidenta, que suelen verbalizar jocosamente cada mañana por las radios su ostentosa convicción de que este gobierno es imbatible. En muchos sentidos, la percepción de “alegría” resulta indesmentible. Basta pararse en la terminal de salida de Ezeiza cuando aterrizan los aviones que vienen de Miami, descargando en suelo patrio bandadas de turistas nacionales literalmente tapados por los bártulos de su shopping desenfrenado. Cristina sabe de qué habla cuando, al pedir apoyo, se dirige también a quienes no la quieren, aun cuando sus billeteras hoy revientan de billetes de color verde. La Argentina vive, en este sentido, un fenómeno no demasiado diferente del jubileo noventista, cuando otro gobierno del mismo signo declaró por decreto que un peso equivalía a un dólar y viceversa. En el mundo de los negocios, nada demasiado diferente sucede, con el incremento del aumento del apriete del poder político sobre la desvencijada burguesía local, cuyas empresas están siendo progresivamente colonizadas por comisarios del Gobierno. La ofensiva contra la medicina prepaga (una categoría en la que abundan empresas de abusiva avaricia y que hasta ahora han vivido en una nube de soberbia) encontró a los jefes del sector solos y sin apoyo de sus camaradas de clase. Los bancos, que están ganando más dinero que nunca, miraron para otro lado. Los afectados de hoy están viviendo lo que años atrás padecieron, por ejemplo, empresas como Coto, Shell, Kraft y Techint; en todos los casos, el apetito voraz de los dueños del dinero y su visión cortesana de la relación con el Estado los condena al aislamiento y la derrota, como clase propietaria que congela su mirada en las ganancias de hoy, sin querer pensar en mañana. Algo debe puntualizarse, empero: aun cuando digieren con pocas o ninguna protesta las crecientes imposiciones políticas del Gobierno, los gerentes del capitalismo local expresan su desasosiego de manera menos ruidosa, pero más letal: no invierten. Será, en consecuencia, un ejercicio de equilibrio lo que la Presidenta proseguirá haciendo en las próximas semanas, dejándose querer por el sindicalismo, pero exhibiendo toques de autonomía y hasta reproches por unos excesos que no serían factibles si no hubiera aval del Gobierno para ellos. Solo puede cambiar la dirección de los acontecimientos la por ahora poco inminente transformación de la oferta opositora. El radicalismo de Ricardo Alfonsín ha conseguido un notable logro al plasmar el perfil de un partido unido y liberado de fratricidios de cara a las elecciones. Hace cuatro años, al UCR se mostraba carcomida por la devoradora seducción kirchnerista y exangüe por el fracaso de 2001, del que solo se hicieron cargo ellos, aunque muchos de sus socios frepasistas de aquella alianza luego pasaron sin pudor a los elencos del actual oficialismo. Pero una UCR que solo extienda sus acuerdos hasta sus pequeños socios de centro izquierda, no hace saltar el amperímetro. Desprovista la UCR del desafío ideológico que representaba la irrupción de Ernesto Sanz, tal vez Alfonsín consiga alejarse un poco de ese dogma estatista de siglo XX que algunos observadores le achacan. Ven que no se podrá competir con Cristina en octubre tratando de ser más kirchneristas que el kirchnerismo. Para hacer kirchnerismo, el producto verdadero son los Kirchner, se argumenta, no sin razón. Vienen, así, dos meses más de turbulencia y conjeturas, pero para comienzos de julio el escenario se mostrará mucho más cristalino, con la decisión del titubeante Mauricio Macri ya tomada y el destino del peronismo federal más perfilado. Más que nunca, no sirve de nada ser ansioso hoy en la Argentina.

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