Luis MajulMientras Cristina Fernández marcha sin inconvenientes hacia su reelección, los otros discuten menudencias que los hacen aparecer incapaces de manejar asuntos propios y ajenos. Mientras el Gobierno impone una reforma electoral a medida que incluye listas de adhesión y millones de pesos para la campaña electoral, la oposición acepta con mansedumbre la imposibilidad de hacer publicidad con recursos privados, al mismo tiempo que la Presidencia inunda los medios con propaganda oficial "autorizada".
Mientras Cristina aparece bien iluminada, cuidada, medida, protegida estética y políticamente en los actos oficiales, los otros se muestran desaliñados, con la luz inadecuada, con viejos micrófonos en la mano y pidiendo silencio antes de empezar a hablar. Y no sólo eso: mientras a ella las cámaras de televisión la toman en un plano en la que parece estar "por encima" de los demás, los otros se muestran a la buena de Dios, y a merced de militantes disfrazados de periodistas que le preguntan barbaridades, lo que los hace aparecer "por debajo" y siempre a la defensiva.
Mientras el Frente para la Victoria trabaja sin descanso y por anticipado sobre la militancia de base en las universidades, los barrios y las villas de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires, los otros no tienen una estrategia de campaña definida ni en los distritos ni en el resto del país. Mientras los asesores de marketing político de la Presidenta supieron aprovechar el impacto que causó la repentina muerte de Néstor Kirchner y convirtieron ese sentimiento, desde el primer minuto, en una inmensa energía de apoyo a la candidatura de su esposa, los otros todavía siguen dudando si criticar o mantener silencio ante las decisiones y las declaraciones de la jefa de Estado, lo que parece hundirlos más en su propia impotencia y confusión. Es más: entre los otros, todavía ninguno, a seis meses de las elecciones, tiene claro cómo enfrentar a una mujer que ha perdido a su compañero de toda la vida pero que, además, pretende seguir gobernando el país.
Mientras una decena de hombres del Gobierno se la pasan calificando a Mauricio Macri de vago, inútil e incapaz sin recibir ni una réplica del otro lado, quien se atreva a criticar cualquier decisión de la Presidenta o la administración, al instante será ametrallado con una serie de descalificaciones e insultos de políticos, medios, periodistas y artistas dispuestos a defender el proyecto "nacional y popular" como si fueran los dueños de la única verdad.
Mientras la Presidenta usa la cadena nacional para formular anuncios positivos y medidas que contemplan a millones de argentinos, los otros discuten asuntos que son importantes para el sistema democrático, pero que no revisten mayor urgencia e interés para la mayoría, como el bloqueo a Clarín y La Nacion o la pretensión del Gobierno de colocar más directores en las empresas privadas con acciones de la Anses.
Mientras el Gobierno continúa sin pausa copando medios de prensa para su proyecto de acumulación permanente, los otros se la pasan presentando proyectos de ley o de declaración o de repudio que nunca terminan de ser discutidos ni en las comisiones ni en el recinto, porque el oficialismo parlamentario los madruga o les tuerce el brazo una y otra vez. Si se lo mira con detenimiento, la jefa de Estado debería estar muy agradecida al diputado Agustín Rossi y al senador Miguel Angel Pichetto, sus espadas en el Parlamento. Ellos, entre otros, fueron los que hicieron posible que ideas ajenas como la ley a favor del matrimonio igualitario y la Asignación Universal por Hijo fueran presentadas como banderas propias del Gobierno, sobre la hora y sin el más mínimo pudor. Fueron también los que evitaron que la oposición se pudiera colgar la medalla de la suba del mínimo no imponible o el 82% móvil, lo que le hubiera quitado al Frente para la Victoria algunos votos peronistas y de centroizquierda.
Mientras la Presidenta y sus colaboradores siguen instalando los temas de la agenda nacional (lo que muestra, más que ninguna otra cosa, su supremacía política), a los otros los medios les "instalan" en la agenda pública sus peleas, sus dudas y sus papelones de internita electoral.
No es que en el Gobierno no exista una fuerte lucha por mantener u ocupar más espacios de poder. No es que los hombres de Cristina Fernández no se levanten cada día con la idea de neutralizar a Hugo Moyano para evitar que siga avanzando sobre las listas de candidatos. No es que el gobernador Daniel Scioli se vaya a quedar cruzado de brazos esperando ver cómo Martín Sabbatella lo termine de esmerilar con la bendición de la Presidenta y de su ministra Nilda Garré. No es que la inflación no exista porque Guillermo Moreno consiguió silenciar a las consultoras o que la inseguridad vaya a desaparecer, de la noche a la mañana, porque la ministra le cambie de nombre a las escuelas de Policía o denuncie la corrupción y los negocios de los jefes de la Federal.
Todo eso existe y nadie puede asegurar que algún día no vaya a explotar. El nuevo dato es que el Gobierno aprendió a ponerlo debajo de la alfombra, mientras machaca con los datos positivos del consumo y les pone enormes reflectores a las miserias de la oposición.
Tanto margen de acción tiene Cristina Fernández hasta las elecciones de octubre que bien puede darse el lujo de pensar en su sucesión para 2015 o en fantasear con una fórmula de perpetuidad, aunque eso tampoco aparezca en los grandes titulares de los diarios.










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