VIEDMA (AV).- La residencia de Julio Arriaga se constituyó últimamente en una fortaleza de negociación política.
No definió ningún acuerdo, tampoco cerró puertas.
La opción más difícil radica en la alianza con la oposición.
Arriaga y Weretilneck reducen la primacía cipoleña a una disputa casi personal. El intendente no cede ese espacio y su antecesor no visualiza otra alternativa en la alianza con el PJ que el resguardo en un poder propio, como sería la jefatura cipoleña. El martes próximo, Weretilneck anunciará a su candidato -seguramente, será el presidente del Concejo, Abel Baratti- y quedará clausurada aquella negociación.
Frente a Arriaga, Saiz y Mendioroz coincidieron en algo: ambos le ofrecieron la vicegobernación. Cada uno, obviamente, con su proyecto. El gobernador pidio un respaldo para César Barbeito y el vice requirió lo mismo para su candidatura. El cipoleño se aferró a una lógica abstracción frente a la virulenta interna del radicalismo.
Mendioroz -acompañado por Pablo Federico Verani y Daniel Sartor- cenó con Arriaga.
El lunes, el anfitrión recibió con pizzas al gobernador, que concurrió después de participar de la inauguración de un local de campaña de Barbeito.
La vicegobernación con el oficialismo -actualmente- es el desafío que más seduce al cipoleño, que no descarta tampoco su postulación municipal. ¿Cómo sería esa doble participación? Ocurre que Saiz convocará a las elecciones provinciales, evitando -como ya lo hizo en el 2007- la simultaneidad con los municipios. Cipolletti deberá votar antes o después. Arriaga, entonces, maneja la facultad de ambas candidaturas.
Esta posibilidad derivó en un cruce con Weretilneck.
En el almuerzo que los reunió, el jefe comunal -con razón- lo provocó diciéndole que la vice en la fórmula del oficialismo era una salida perdedora. Arriaga aceptó el riesgo pero retrucó que, en ese caso, haría lo de Soria en el 2003 que perdió en la provincial y fue por el municipio de Roca. Entonces, los comensales discutieron sobre las posibilidades electorales en Cipolletti. Arriaga lo fustigó con su "40 por ciento de intención de votos" pero el intendente sólo le aceptó un 30 por ciento que él lograría revertir en favor de su candidato. Esa pugna dialéctica cerró ese cónclave, diluyéndose las perspectivas de coincidencias.





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