Por Rubén RodóEn vuelo rasante y fugaz, con ropaje de candidato presidencial -aunque omitió su expreso reconocimiento-, pasó por el firmamento de la aldea Sergio Massa, en una revista de la propia tropa, escasa de soldados y de menguado poder de fuego, por ahora.
Massa, para Alperovich, fue un visitante no deseado, incómodo, que hubiera querido que nunca apareciera. Provocó más que escozores dentro del peronismo comarcano; en particular, sacudió al zar ya sin corona. Preocupado, mandó a monitorear sus desplazamientos para mensurar su inserción entre la gente. Juntó mucha más concurrencia -de dispares estratos- de lo que pensaba la Casa de Gobierno. Con la caña de pescar en la mano vino a engrosar la feligresía de su capilla. Ese fue su propósito central, con una respuesta masiva en Famaillá, donde los anfitriones Orellana exhibieron su poder convocante. El acto y las empanadas sonaron a mieles en sus oídos y en su paladar. En todo momento fue flanqueado por su lugarteniente Gerónimo Vargas Aignasse.
También ante el sector empresario desplegó su catecismo de propuestas, llevado por el ex senador nacional José Yayo Carbonell. Por desinteligencias de última hora ese encuentro en la FET no fue más amplio. En LA GACETA cerró sus declaraciones señalando que en su abrazo convocante, cuyo único límite es moral, sumará a todos los que estén dispuestos a construir el futuro, sin mirar hacia atrás. De sus últimas palabras se desprende -hay que preguntarse-, si echará un piadoso manto de olvido sobre la corrupción que fue una arista saliente de la era K. Sería bueno saber qué piensa de este asunto altamente sensible.
Sabedor de que el interior del país es su déficit electoral, es ahí donde el nuevo líder piensa volcar su esfuerzo cada vez más, para hacer pie y afianzarse en su salto hacia la Casa Rosada. La plaza tucumana es un mojón en esa cadena de evangelización política, que mucho importa, soltó el timonel de campaña Juan José Juanjo Álvarez ante esta columna.
Su incursión en suelo tucumano no le cayó bien al gobernador. No pocos de los que fueron sus seguidores miran con cariño al diputado nacional y buscan el alero de su sombra. Esperan pacientemente el momento propicio para cruzar la cerca. Alperovich siente en su piel la sensación del abandono y la deslealtad. Y de ahí sus cavilaciones y la angustia de no ser el de antes. Debiera saber que es el destino inexorable de los que dejan el poder. Al final no les sirven ni café. Ve que el peronismo aldeano, otrora atado a su voluntad, se pulveriza en un proceso de divisiones internas. Como pintan las cosas, se vislumbra más de un candidato en el recambio provincial de autoridades. Uno, sin ninguna duda, enarbolará la bandera del massismo. ¿A quién bendecirá el ex intendente de Tigre? Hasta aquí, un misterio.
Con su presencia Massa, además, selló la ruptura de la corporación oficialista en la Legislatura de la que formaban parte Orellana, Vargas Aignasse y Teri, sumisos incondicionalmente al ex zar durante una década. El trío cometió el pecado de no irse en el momento en que se sumó a Massa. Alperovich no desaprovechó la ocasión y los terminó marginando no muy elegantemente de la bancada. Los espoleó públicamente y, finalmente, les quitó las comisiones internas que presidían por inconfiables.
No fue por piedad que no les suprimió la vitualla, sino ante la amenaza de uno de ellos de que si les retiraba los víveres, revolearía la media y sacaría los trapitos al sol, revelando la podredumbre dentro de “la honorable Legislatura”. Demasiados problemas afronta Alperovich -aumentos salariales, el caso Lebbos, entre otros- como para sumar otro escándalo de corrupción en su haber, de por sí recargado de graves irregularidades. En su fuero íntimo, en diálogo con la almohada, Alperovich especula, seguramente, que Massa puede significar para él, más adelante, el madero al cual aferrarse, cuando la era K transite sus últimos estertores, adhiriendo entonces al diputado sin problema de conciencia alguno. Lo hizo tantas veces antes que una más qué importa. Entre sus opciones está también Daniel Scioli. Sin embargo, no moverá las piezas mientras Cristina no defina su delfín. Descuenta que si se asocia a un jugador que no tiene la venia de ella, recibirá del cielo sólo el fuego.
A lo largo de casi 11 años, el César de pago chico controló la tribu oficialista con el látigo en una mano y la billetera en la otra. Fue su estilo de sometimiento, idéntico al del kirchne-cristinato. A la hora del ocaso y en un talud sin paradas, comenzó un lento desangramiento, iniciado por el díscolo trío parlamentario anudado al tigre bonaerense. Se ahondará -y bien lo sabe- a medida que se aproxime el adiós. Si el éxodo no se ensancha ahora es porque Alperovich los tiene abulonados con “los gastos sociales”, dinero negro distribuido a su antojo con montos dispares, conforme el grado de genuflexión de los acólitos. Pese a la presión, son cada vez mayores las resquebrajaduras dentro de la corporación que Alperovich no podrá detener. Silente, la desobediencia se ensancha cada día.
Los legisladores ya sin re, reelección -más de una veintena- buscan desesperadamente un lugar bajo el sol, para no quedar a la intemperie en el recambio inminente. No están dispuestos a perder la pitanza que recibían tan generosamente. El peronismo tuvo y tiene una capacidad infinita de ubicuidad y cambio de piel sin cambiar la piel, en una transmutación permanente, sin problemas de conciencia para servir al señor de turno. Alperovich está entre ellos. Es un travestido peronista de germinación tardía, migrado de la UCR.
Massa se convirtió hoy en un imán capturando adeptos, dentro y fuera del peronismo, después de su triunfal irrupción en la galaxia política nacional. Inteligentemente y con mucha picardía fue el primero en salir al ruedo con una fuerte campaña contra la modificación del Código Penal, sin estado parlamentario y aún en barbecho. Su mensaje impactó en todos los estratos sociales. No es el de un sesudo tratadista experto en esa corriente del derecho. Ni le importa. Exprofeso fue disparado al corazón de la ciudadanía que padece a diario el ataque de la delincuencia, ya en las calles, ya en sus casas, o en cualquier parte. El miedo como un acompañante cotidiano se instaló en el país. No hay argentino que no haya sufrido este flagelo de la inseguridad en carne propia, sin que el Estado, hasta ahora, haya desplegado una campaña positiva para erradicarlo y asegurar a la gente vivir en paz y tranquilidad. La inseguridad muchas veces lleva consigo una retahíla de muertes. Fue denostado por Raúl Eugenio Zaffaroni, timonel del equipo reformista, quien lo mandó a estudiar derecho, como también por el kirchnerismo y otros sectores.
A todos a quienes lo maltratan y critican sin piedad, porque su llamado no encaja en la ortodoxia del procedimiento constitucional, les contesta con una argumentación simple como contundente: expliquen a la gente, al ciudadano común por qué se disminuye las condenas a los narcotraficantes y a pedófilos, por qué se eliminó la figura de la reincidencia, etc., etc. El nombre de Massa repica ahora bajo todos los cielos del país. Dejó de ser un ignoto forastero en la Argentina profunda. Ese es un ferviente anhelo de todo político. El ex alcalde lo consiguió convencido de lo que habla por una envidiable vía rápida y efectiva, que no se le ocurrió a ninguno de sus contendores. Al Código de la discordia, no nato todavía, no se sabe si Cristina le pasará el plumero después de tanta polvareda.
Días atrás, durante el feriado de carnaval, en un hotel de Termas de Río Hondo -según se supo- el ex zar se reunió con Carlos Zannini, hombre de absoluta confianza y consulta de la Presidente. No sólo se habría hablado de garantizar los votos en Diputados, donde el kirchnerismo teme pasar sofocones por la ajustadísima diferencia, para asegurar el quórum. Se habría hablado también de bloquear la acción de Massa en la provincia, evitando la migración de nuevas camadas del peronismo. Para Alperovich no será tarea fácil contrarrestar el desgajamiento político, coincidente con el otoño. Es en la Legislatura donde más se observan las fisuras. Ahí, comenzó a desinflarse la postulación de Juan Manzur. Hasta Alperovich cavila si el Tío Yamil es el hombre que más le conviene en las elecciones de octubre. Sin el propio Alperovich en las varas del carro, es más que incierto su destino.







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