Como Cristina es inteligente, no querría volver a ser presidenta

Como Cristina es inteligente, no querría volver a ser presidenta

por Jorge Fontevecchia

“Tener un final feliz depende, naturalmente, de dónde detengas tu historia”, decía Orson Wells. Eso se debe estar preguntado hoy Cristina Kirchner: cuándo detener su historia presidencial, ¿en la invicta reelecta 2007-2015? ¿En una candidata presidencial derrotada en 2019? ¿En nuevamente presidenta 2019-2023 no pudiendo gobernar con éxito por un contexto internacional adverso? El célebre psicólogo y Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, autor del best seller Pensar rápido, pensar despacio, explica el efecto codificador de los finales: “El recuerdo siempre magnifica lo que sucede al final”, haciendo que lo bueno que termina mal sea malo y lo malo que termina bien, bueno. El final distorsiona la percepción de la experiencia completa, resignificándola. PUBLICIDAD inRead invented by Teads Fue Lula quien sedujo en 2002 a Duhalde y en 2003 a Kirchner para superar el neoliberalismo en la Argentina Los científicos sociales Diener-Wirtz-Oishi, autores de End Effects of Rated Life Quality (Efecto del final en la evaluación de la calidad de una vida), definieron como “efecto James Dean” la tendencia a valorar más una trayectoria que concluye excitante que otra a la que luego del pico se le agregan años mediocres. Y una nueva presidencia de Cristina Kirchner sería, a los ojos de ella y de sus partidarios, mediocre si no pudiera reeditar un significativo aumento del consumo al no contar ya con el contexto de una deuda externa reducida por el default y la quita, los precios de las materias primas altos y, fundamentalmente, un contexto regional protector y legitimante. Durante la campaña presidencial de 2015, Lula vino a la Argentina y le dijo a Scioli: “Usted debe ganar porque si usted no gana, uno a uno irán perdiendo los gobiernos progresistas de todos los países de Sudamérica”. Lula tenía razón: solo ocho meses después de asumir Macri fue destituida Dilma Rousseff, otros ocho meses después Rafael Correa dejó la presidencia de Ecuador, diez meses más tarde la centroizquierda en Chile perdió las elecciones y Rafael Piñera fue reelecto, en pocos meses más el discípulo de Uribe, Iván Duque, corrió a Colombia más a la derecha, para concluir en Brasil directamente con el triunfo de Bolsonaro. Gobiernos de izquierda en rojo: una década. La foto de esta semana de Nicolás Maduro en la asunción de su segundo mandato, de por sí ya discutido, acompañado solo por un presidente sudamericano: Evo Morales, más el de Cuba (Miguel Díaz-Canel) por el Caribe y el de El Salvador (Salvador Sánchez) por Centroamérica, demuestra la soledad y el contraste con lo que fue el eje de gobiernos de izquierda cuando Lula presidía Brasil, a mediados de la década anterior. Brasil representa dos tercios de Sudamérica y desde Brasil Lula cobijó a Evo Morales, a Correa, acercó a Chávez a Néstor Kirchner y ya antes cobijó a Duhalde, partero del kirchnerismo frente a Menem. Fue Lula, desde antes de que el Partido de los Trabajadores lograra llegar a la presidencia de Brasil, pero siendo gobierno en muchas ciudades y algunos estados (provincias), quien en 1990 creó el Foro de San Pablo para reunir esfuerzos de los partidos y movimientos de izquierda, que por entonces no gobernaban en ningún país sudamericano y veinte años después lo hicieron en todo el subcontinente con la sola excepción de Colombia. Fue el peso económico, demográfico, militar y territorial de Brasil, sumado al aumento del precio de las materias primas, el catalizador de la llegada y mantención de gobiernos de izquierda en Sudamérica. De la misma forma, ahora la llegada de Bolsonaro y la prisión de Lula consolidan un cambio de toda Sudamérica, que pasó de estar en 2010 gobernada por partidos de izquierda a terminar la década mayoritariamente gobernada por partidos de centroderecha o líderes no de izquierda. ¿Cómo podría Cristina Kirchner llevar adelante un gobierno distribucionista no habiendo, como en la década pasada, stock de capital que consumir, ni precios de las materias primas altos, ni ayuda de los vecinos, más el corsé del Fondo Monetario Internacional? Quienes frecuentan a la ex presidenta y defienden su inteligencia sostienen que ella comprende muy bien la diferencia del contexto actual con el de cuando gobernó y que la principal motivación que la mueve es que no vaya presa su hija Florencia ni a mediano plazo ella misma y su hijo Máximo. Apuestan a que su racionalidad se sobreponga a su compleja psicología y prefiera no ser ella misma candidata para que el peronismo pueda tener un candidato de unidad con mayores posibilidades de triunfo. Bolsonaro no es la causa, es la consecuencia del giro a la derecha del que Macri también es actor y beneficiario Pero que a Cristina Kirchner no le conviniese ser presidenta nuevamente y eventualmente llegara a esa conclusión, no eliminaría la posibilidad de que igual deseara ser candidata prefiriendo, aunque derrotada, aspirar a quedar como jefa de la oposición. Puede no confiar en que la lealtad de ningún peronista la salve de los problemas judiciales y tenga que ser ella misma, a fuerza de protagonismo político personal, quien pueda ejercer alguna forma de presión sobre la Justicia. Simplificadamente, podría querer ser candidata para ganar perdiendo. Hay peronistas que sostienen que, frente a esa hipótesis, ya no sería Macri quien en 2020 haría lo posible para que terminara presa sino que los propios peronistas se encargarían de eso para concluir de una vez por todas con el tapón que ella significa para el surgimiento de nuevas figuras del PJ y que su presencia activa en la política no siga beneficiando a Macri al mantener viva la grieta. Pero, sea o no sea Cristina candidata, y de serlo pierda o gane, lo más importante es observar cómo la política argentina depende también de la política regional, cómo nos afecta lo que sucede con nuestros vecinos, y superar el provincialismo endogámico. 

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