El voto porteño, un enigma que esquiva los lugares comunes

Por Julio Blanck

Una ciudad que nunca duerme, que tiene un río que lame sus lujurias y sus crímenes, que nunca turba sus esplendores y su oscuridad.

Esa es la Buenos Aires que escribe Andrés Rivera, que se define judío, bolchevique y porteño, y que fue obrero textil y periodista antes de ser escritor. La escribe así en Kadish , el último de sus muchos y apasionados libros.

Esa es la Buenos Aires que se apresta a seleccionar a quien va a gobernarla durante los próximos cuatro años eligiendo entre catorce candidatos, que dan cuenta de su extraordinaria diversidad política y cultural.

Desde el final de la última y más cruel dictadura, la ciudad nunca amó tanto a ningún candidato como a Raúl Alfonsín.

En la elección presidencial de 1983 el gran caudillo democrático de esta era cosechó el 64 por ciento de los votos porteños. Una cifra descomunal, nunca igualada desde entonces.

Al podio imaginario de los más votados en elecciones de competencia abierta se suben dos políticos que tenían, por separado, atributos que estuvieron reunidos en Alfonsín. En la elección de diputados de 1997 desde el progresismo aparece Chacho Alvarez, el peronista bueno que esperaban los biempensantes porteños desde el 17 de octubre de 1945. Chacho llegó al 57% a la cabeza de la lista de la Alianza. También en nombre de la Alianza, dos años después, Fernando de la Rúa, tan radical como Alfonsín, se llevó el 54% de los votos de la Capital en la elección que lo hizo presidente.

De la Rúa había enhebrado una ristra de triunfos porteños del 83 en adelante y fue el primer jefe de Gobierno electo , con el 40% de los votos, en 1996. En aquella elección inaugural de la autonomía Aníbal Ibarra fue como vice del digno socialista Norberto Laporta, que terminó segundo. En el 2000, ya como candidato de la Alianza, Ibarra arrasó con el 49%, obligando a un inolvidable, iracundo y desbordado Domingo Cavallo a renunciar a la segunda vuelta porque la paliza ya estaba dada .

Ibarra, que alguna vez acunó un sueño de presidente, repitió en 2003 con todo el apoyo del flamante presidente Néstor Kirchner.

Consiguió revertir la derrota de la primera votación ganándole en la segunda vuelta a Mauricio Macri con el 53%. Vencido en su debut electoral, Macri quedó instalado desde entonces como referencia para el votante de la Ciudad. Desde ese trampolín, después de Cromañón y el ajusticiamiento político de Ibarra, ganó fácil el Gobierno porteño ante el kirchnerista Daniel Filmus, con 46% en la primera vuelta y un aplastante 61% en el mano a mano del balotaje.

La coronación de Macri fue un golpe para el lugar común que colocaba a Buenos Aires como la cuna de todas las libertades, todas las rebeldías y toda la sofisticación política. Mirada porteña, muy endogámica por cierto, que cuanto menos desconoce y casi desprecia las virtudes y valores de sociedades como las de Córdoba o Rosario.

Esa falsa leyenda de la Buenos Aires resistente a las derechas se había fortalecido en los años 90. Porque así como amó a Alfonsín, la Capital nunca quiso a Carlos Menem.

El dos veces presidente riojano sacó entre los porteños el 36% en su primera consagración y el 25% en la segunda. Pero la historia completa cuenta que gracias al 33% que logró Erman González, riojano y menemista, para ganar acá la elección de diputados de 1993, Menem rompió la resistencia radical y se encaminó derecho hacia el Pacto de Olivos y la reelección de 1995.

Esquiva y sin dueño, ni tan “progre” ni tan liberal , ajustada al vaivén de los tiempos y aficionada a los contrapesos del poder, la misma sociedad que aclamó a De la Rúa lo repudió con el “voto bronca” , un 29% en blanco o anulados que fueron primera minoría en octubre de 2001, y lo expulsó después con el histórico cacerolazo de diciembre.

Hasta hoy el kirchnerismo nunca hizo pie entre los porteños , En la primera vuelta presidencial de 2003 Kirchner quedó tercero con 19% y el ganador fue Ricardo López Murphy con 26%. Y en la presidencial de 2007 la Capital no le entregó el triunfo a Cristina, que quedó segunda con el 24%, sino a Elisa Carrió, que ganó claramente con el 38%.

Dice también Andrés Rivera, mirada ácida, de esperanza amarga y rigurosa: argentinos y porteños son indulgentes consigo mismos: depositan la memoria en el fondo de los inodoros, y aprietan los botones.

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