Tribulaciones de los gobiernos

Por: Rafael Bielsa y Federico Mirre.

El analista Timothy Gordon Ash escribió que Europa y los Estados Unidos están empeñados en una competencia de decadencias. Pocos sufren ataques de pánico tan crueles como los que declinan entre las escenografías todavía tiesas del apogeo.

La reunión en París entre Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, de esta semana, no sirvió para medicar las manías de los mercados. Apenas insinuaron la necesidad de contemplar un gravamen “tipo Tobin” (un impuesto sobre las transacciones especulativas en las operaciones con divisas), y se semicomprometieron a ayudar a los países en dificultades, a cambio de… una materialización de las podas del manual de estilo.

Lo más notable fue la idea de crear un gobierno económico que coordine periódicamente las políticas monetarias de la Eurozona. Han decidido nombrase a sí mismos como sus propios guardianes monetarios, como si la cola hubiese descubierto la delicia de chuparse al perro.

En cuanto a Estados Unidos, los recientes dichos de la directora gerente del FMI (Christine Lagarde) son una descripción restringida de los síntomas de los males. Los norteamericanos no puede ni soñar con ofrecer a Europa una versión de bolsillo del Plan Marshall, pero tampoco dan con una estrategia para impedir que el mercado europeo se achique como suéter de lana y el euro acompañe al dólar en la curva descendente. Se sigue queriendo atacar los efectos sin estar dispuestos a revisar las causas. Provenientes de algunos cubiles del sistema, llegan voces que dan cuenta de las razones de tanto cielo cubierto.

El economista Nouriel Roubini dijo en una reciente entrevista televisiva, que “Marx tenía razón” (ver aparte). Agrega Roubini que “el riesgo está presente, ya que los mercados no están funcionando”.

Hubo un tiempo en el que el sistema planificado centralmente pareció resultar superior a la economía de mercado: fue en 1957, cuando la URSS lanzó el satélite artificial Sputnik. Cuando la Unión Soviética se derrumbó, estaba el capitalismo democrático liberal para ocupar el hueco. Hoy es éste el que se desmorona. ¿Qué nuevo sistema existe para que entre en juego?

Para Roubini, las opciones son tres: 1. crecer; 2. ahorrar (ajustar); o 3. inflar (emitir y devaluar) con daños colaterales. Su consejo a los inversores: “mejor estar seguro que estar arrepentido”. Ergo, contado líquido mejor que acciones o bonos a futuro. Recurriendo a la simbología del cerdo en la fraseología española: “Para no hacer de marrano, culo en tierra y plata en mano”.

La dirigencia política del Norte en estado hipnótico (incluyendo a muchos banqueros), intenta encontrar un remedio para esta crisis como si no fuera una conmoción estructural sino un temblor fuerte pero cíclico. Y por lo tanto, una nueva tarea para remendones y curanderos políticos y financieros. Por eso es que abundan los pensamientos deseosos, del tipo de “se cree que todas las opciones políticas están exhaustas, pero se trata de un error”.

Ya no basta con agregar un poco de sostén (el nuevo barbarismo es el verbo “apalancar”) a la deuda pública, además de la privada; no alcanza con soltar unos billones más de dólares al mercado de bonos (de todos modos insuficientes). Creer que los bancos centrales y el mercado son dos actores con poder equivalente lleva a suponer que es concebible que los primeros pueden controlar al segundo. Nada menos verificable estos días.

Saltando de rango y yendo al grano: de lo que se trata es de una crisis de las democracias liberales y capitalistas de mercado. No se trata de “es la economía, estúpido”, pero tampoco de “es la política, estúpido”, sino de una crisis omnicomprensiva: la bancarrota moral del sistema, su ostentoso disimulo en la emergencia y la creencia de que el arrebato es igual a la fuerza. “Nunca los confunda”, le dijo una vez Adenauer a Kissinger.

Emerson decía que la tarea más penosa para el hombre es pensar y que, por eso, tan pocos lo hacían. Se trata de idear salidas que integren la suma de todas las esencias del comportamiento social, de sus defectos y de sus límites.

La gran ventaja de la época es la que se cifra en la cuasi imposibilidad de ocultar la verdad por mucho tiempo, merced al extraordinario efecto de la era digital en la diseminación de la incalculable información y, sobre todo, de la rapidez con que se puede desnudar a la mentira y al mentiroso.

Bertold Brecht, en su Galileo Galilei, nos dice que para la Iglesia Católica de entonces, la peligrosidad de éste residía en que incitaba a pensar, a leer el Evangelio, en lugar de proponer que todos se limitaran a escuchar lo que el clero les decía que el Evangelio decía.

Hasta hace muy poco, los obispos (o brujos) mundiales de las finanzas reservaban el fuego y el lugar donde se siente el crujir de dientes a los países que –curiosamente– éramos llamados heterodoxos, como la Argentina. Sin embargo, unos desde adentro de lo canónico, otros desde afuera o desde los bordes, todos seguimos más o menos girando alrededor de la ortodoxia. En verdad, de lo que se trata es de ver cómo y qué se amputa del cuerpo íntegro de la doctrina y con qué se lo reemplaza.

El sistema democrático liberal capitalista necesita una renovación ecuménica; nada más lejos de las agendas de los líderes. Que por ello van dejando de serlo o evocan la necesidad de que aparezcan los que faltan o no se alcanzan a ver lo suficiente, fenómeno que retroalimenta la crisis. Quien más quien menos, ya todos hemos visto que el zapato derecho no entra en el pie izquierdo.

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