París bajo fuego. El 73% de los franceses aprueba su gestión tras los ataques a París. Antes era el presidente galo más impopular.
La tragedia agiganta al presidente François Hollande, que hasta ahora era el jefe de Estado más impopular de Francia. No sólo en los sondeos, que lo hicieron subir ocho puntos desde los brutales atentados en París. En los peores momentos para su país, Hollande sabe encarnar los valores republicamos de Francia ante el horror del terrorismo y no vacila. Actúa completamente convencido, sin fijarse si sus medidas son populares o impopulares, de derecha dura o de izquierda. Es el nuevo jefe de guerra y, solo, decidió lanzar masivos ataques aéreos al ISIS, el día después de los atentados, sin la menor solidaridad de sus pares europeos. Luego sacó de la galera un artículo 42.7 del Tratado de Lisboa, que fuerza a la Unión Europea a defender a un socio atacado y comenzó a construir, en plena crisis, una política de defensa común de la UE.
Ante la adversidad, desde la masacre de Charlie Hebdo en enero hasta los horrendos ataques simultáneos del ISIS una semana atrás, se produce una transformación “mediterrandiana” en Hollande. Pero que, al mismo tiempo, lo hace parecer al ex presidente Jacques Chirac porque es humano. Es un lenguaje opuesto al de Manuel Valls, su apasionado primer ministro franco catalán. Marcial pero cercano, controlado, con un tono de autoridad, sin dejarse dominar por el pánico o la emoción. Aplomado. El 73% de los franceses cree que “Hollande estuvo a la altura de los acontecimientos ” y el 26% no, según una encuesta de Le Parisien.
Un jefe de guerra singular, “un improbable comandante en jefe”, como diría el Financial Times, “un John Wayne de los Campos Elíseos” para el diario de centroizquierda The Guardian, pero con un físico que no corresponde a su actual estatura de hombre de Estado. El “Presidente Normal”, que votaron los franceses en el 2012 para curarse del hiperquinético Nicolás Sarkozy. El mismo que logró frenar a Al Qaeda en Mali cuando su capital, Bamako, estaba bajo amenaza y envió sus tropas especiales para contener el asalto que dejó esta semana 27 muertos en hotel Radisson de su capital, con su país en estado de urgencia. Es solidario Hollande y no traiciona sus compromisos con los menos fuertes.
El jefe de Estado se salvó de ser asesinado en los atentados. Estaba en el estadio de Francia, junto al canciller alemán Frank Walter Steinmeir viendo el partido de futbol, cuando dos de los tres kamikazes se detonaron en las puertas del estadio. El ataque coordinado en París estaba en marcha. Con la mayor discreción, Hollande fue evacuado del estadio por su seguridad y en auto se dirigió, junto al ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, a dirigir la crisis. Pero antes ordenó no interrumpir el match, cerrar las puertas del estadio discretamente y que los fans fueran conducidos al césped para protegerlos. Esa calma que imprime en la emergencia es hollandismo puro.
Todas las dudas que pueden generar sus políticas en sus pares socialistas, que no pueden digerir el “liberalismo” social de Hollande, desaparecen cuando Hollande está a cargo de una crisis de seguridad y política exterior. Una verdadera transformación ante la adversidad, que impone el estado de urgencia, que asegura a una población aterrorizada con gestos y palabras humanas pero firmes. Un éxito para un hombre que Dominique Straus Khan, a quien reemplazó como candidato presidencial, consideraba “un perdedor, débil”. Hollande, el ministro de Defensa Jean Yves Le Drian; el ministro del Interior Cazeneuve y el apasionado premier Valls consiguen formar un equipo sólido, donde se distribuyen las responsabilidades y cada uno tiene su forma diferente de comunicar y conducir.
El presidente Hollande decidió la guerra abierta después que Daech asesinara a mansalva a 130 inocentes franceses. Bombardeó al ISIS infinitamente solo. Rompió el tabú que dividía a la Unión Europea después de Ucrania y está negociando una ofensiva con Vladimir Putin, a quien se negó a entregarle las barcos militares que había construido y el otro pagado por la crisis de Ucrania. El jueves se pondrán definitivamente de acuerdo en Moscú pero sus estados mayores están ya en coordinación. Llamó al rey de Arabia Saudita para exigirle que dejen de financiar el jihadismo, a los millonarios qataríes, cuyo primer ministro llegó a Francia un día después de los atentados, a expresar su solidaridad. Llamó al presidente iraní, que aterrizará en Francia próximamente para una visita que canceló ante los atentados terroristas. Con sus muertos llorados en las calles de París, comenzó a construir “la gran y heterogénea coalición” para destruir al ISIS y sus recursos.
Lunes, el primer ministro británico David Cameron en el palacio del Elíseo para comprometerse a bombardear Siria. Martes, con el presidente Barack Obama en Washington, para discutir la estrategia para eliminar al ISIS y que tropas regionales se fortalezcan en el terreno para que no haya “botas occidentales” combatiendo al ISIS. Miércoles, una comida informal con la canciller alemana Angela Merkel en París, agobiada por la oposición a los inmigrantes sirios, y el jueves a ver al presidente Vladimir Putin en Moscú para certificar su nueva alianza. Esta Yalta de la guerra del siglo XXI, tan compleja y con intereses muy difíciles de reconciliar. Un componedor como Hollande, que ama la política, es un habilísimo negociador, capaz de encontrar un resquicio de positividad en el más negativo de los escenarios, con su sentido del humor y sus mortíferas frases de una sola línea para destruir con ironía al otro, puede llegar a conseguirlo porque es una directa víctima de Daech y un espejo para los otros.
“François” y “Barack” se llevan bien, han conseguido establecer una excelente relación personal que el presidente norteamericano Obama no tiene con el primer ministro británico David Cameron. Ahora Hollande va a Washington y forzó a la Unión Europea a aportar naves a acompañar en la guerra. Una fragata británica y una belga están acompañando el portaaviones Charles de Gaulle, que está operacional frente a Siria. Hollande está haciendo política, diplomacia y guerra. Todo al mismo tiempo y le está saliendo bien. Puro pragmatismo.
El ministro de Defensa francés acaba de decir que la destrucción de Daech (jamás dicen Estado Islámico) “pasa por una obligatoria presencia de tropas en el terreno que no tienen que ser forzosamente francesa”.Y que van a atacar Raqqa y Mosul. Obviamente cuenta con los kurdos, a los que armarán hasta los dientes, las tribus y como pueda ( ya lo están haciendo en Irak disimuladamente con los estadounidenses) , con los iraníes. Eso es lo que va a negociar el jefe de Estado con sus pares. Francia va a enviar fuerzas especiales, su portaaviones Charles de Gaulle tiene 26 aviones de combate, 18 Rafale y 18 Super Etendar, más 12 aparatos en Emiratos y seis Mirage en Jordania. La decisión del ministro de Defensa, el más popular del gabinete, es bombardear Mosul, y Raqqa, donde se encuentran los centros de decisión y de formación de jihadistas del ISIS. “Hay que bombardear las dos ciudades, las capacidad de recursos del Estado Islámico, es decir los campos petroleros”, anunció Le Drain. Si bien Francia y Rusia no coordinan aún los bombardeos, tienen el mismo enemigo: Daech”, según el jefe del Estado Mayor francés, Pierre de Villiers.
En su tour diplomático, Hollande buscará coordinar esta coalición y sus aliados en el terreno. Una mezcla imposible de Kurdos pro independentistas, tribus sunitas, chiítas iraquíes. El principal problema será el rol de Irán, un acuerdo imposible entre la sunita Arabia Saudita y el régimen shiíta de Irán, que se detestan pero tienen en el ISIS el mismo enemigo, y Turquía, que se ha transformado en un impredecible aliado de la OTAN con el islamista Erdogan de presidente, que hace guiños al ISIS porque su enemigo numero uno es Bashar al Assad. La habilidad y el charme de Hollande tiene el desafío de volver ese rompecabezas de intereses divergentes en una alianza posible.





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