Por Walter Brown.El paso de Néstor Kirchner por la vida política no quedará como uno más en la historia argentina. Su fuerte liderazgo trazó una huella profunda en una senda que muchos dirigentes eligieron seguir y otros tantos prefirieron no transitar. Pero ninguno pasó por alto su presencia. Ni oficialistas, ni opositores.
Con esa premisa llegó a la Presidencia en 2003, luego de la debacle de Fernando de la Rúa y el presuroso llamado a elecciones de Eduardo Duhalde. La escasa cantidad de votos obtenidos en la primera vuelta que perdió ante Carlos Menem y la renuncia a ballottage del riojano, le privó de arribar a la primera magistratura con el apoyo masivo en las urnas que consideraba imprescindible para iniciar una gestión en un país herido por la crisis económica.
La necesidad de mostrarse fuerte ante la población y eliminar la versión de que el Gobierno, realmente, sería manejado por Duhalde, quien lo había llevado hasta ese lugar cuando era casi un desconocido para la mayoría de los argentinos; profundizó el perfil que había trazado en la provincia patagónica, donde el personalismo y la obsesión por la administración ya eran todo un sello de Kirchner.
Quienes lo acompañaban en el gabinete santacruceño por entonces sabían que todas las decisiones pasaban por él, que más allá de tener un ministro de Economía, prefería controlar las cuentas personalmente; que podía llamarlos a las 3 de la mañana para tratar un tema pendiente; que no le gustaba tener reuniones de Gabinete y que sólo tenía un círculo reducido de personas con las que aceptaba debatir, entre ellos, la actual presidenta Cristina Kirchner, el ministro de Planificación Julio De Vido y el secretario Legal de la Presidencia, Carlos Zanini. Y que no aceptaba términos medios. Se estaba con Kirchner o contra Kirchner.
Aquél que se subía a ese tren, sabía que el proyecto del patagónico preveía al menos tres períodos al frente, con una escala intermedia de Cristina en el sillón presidencial –para no sufrir el efecto del fin de una era, tras el segundo mandato- y un regreso del conductor en 2011. Pero quienes abrazaron la bandera kirchnerista no contaban con que la propia vehemencia e intensidad con la que su líder encaró la carrera terminaría por agotar su resistencia física.
Kirchner respiraba política. Vivía la política. Ahora, habrá que ver como la política K sigue viviendo sin su líder.





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