Milei quiere disciplinar a periodistas

Milei quiere disciplinar a periodistas

Por: Jorge Fontevecchia. Lo que dijo Nicolás Massot durante el debate en Diputados de la llamada ley ómnibus: “Si lo mismo hubiera sido hecho por el kirchnerismo, hubiéramos puesto el grito en el cielo, digámoslo con todas las letras”, vale para nosotros los periodistas y los medios. Si los ataques a periodistas que realiza Javier Milei hubieran sido hechos por el kirchnerismo, los medios en los que trabajan esos periodistas hubieran puesto el grito en el cielo.

Sigue de ayer: “Periodismo y medios: EE.UU., Brasil y Argentina”

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Llama la atención la tolerancia y casi silenciosa aceptación de los medios tradicionales, y con mayor capacidad de resiliencia, a las humillaciones que Javier Milei somete a sus periodistas.

No pocas veces se mencionaron las similitudes del estilo decisionista y hasta autoritario de Javier Milei con Néstor Kichner; con el periodismo y los medios sucede lo mismo. Milei amedrenta, insulta, falta el respeto, calumnia y humilla (“los meo”) a los periodistas con el objetivo de disciplinarlos en la autocensura como forma de sobrevivencia.

Pero la comparación podría ser injusta para con Néstor Kirchner porque el expresidente, en su mandato previo a la crisis con el campo, por lo menos trataba bien a los medios afines mientras que Javier Milei vilipendia a los periodistas de los mismos medios que lo apoyan “descaradamente”, según la corresponsal en Buenos Aires del diario brasileño Folha de São Paulo en su columna citada en esta de ayer.

Por qué no reaccionan los propios medios es un tema de debate. Adepa, Fopea, la Academia Nacional de Periodismo sí lo hicieron pero ya dudan de sacar un nuevo comunicado quejándose de la desconsideración del Presidente con los periodistas porque la repetición sistemática termina naturalizado como ordinario lo que debiera ser extraordinario.

Ese es el gran peligro, normalizar lo anormal. Hay dos explicaciones que las ciencias sociales dan a las prácticas que utiliza Javier Milei. La primera es la Ventana de Overton y la segunda, la Ametralladora de Falacias.

 La Ventana de Overton (Joseph P. Overton) es una teoría política que “describe el rango de ideas o políticas que son consideradas socialmente aceptables en un momento y lugar específicos”.

“Piensa el conjunto de las opiniones en una sociedad en un rango que va desde lo impensable hasta lo popular, y solo unas pocas de todas ellas son consideradas políticamente viables o aceptables para la población”.

“Las ideas que están fuera de esta ventana son percibidas como radicales o extremas y, por lo tanto, tienen menos posibilidades de ser adoptadas o respaldadas por la sociedad”.

“Pero el movimiento o la ampliación de los temas que pasan a estar dentro de lo aceptable es una estrategia para influir en la opinión pública, dar forma al debate político en una dirección favorable y/o instalar la agenda”.

“De este modo, se normalizan ideas, propuestas o palabras que antes eran tabú, y ayuda a la reconfiguración de un nuevo centro, más extremo que el original”.

Javier Milei corre la Ventana de Overton a la derecha haciendo lo impensable radical y lo radical, aceptable. Para ello aplica otra técnica: la Ametralladora de Falacias también llamada Gish gallop (galope de Gish), que “es una técnica de debate que consiste en abrumar al otro con el mayor número de argumentos posible, sin tener en cuenta la exactitud o solidez de los mismos”.

“Su nombre viene del bioquímico Duane Gish, un reconocido y aguerrido defensor del creacionismo que, en debates sobre la evolución humana, solía presentar rápidamente una enorme cantidad de datos, argumentos y afirmaciones”.

“Con esta estrategia, Gish abrumaba a sus oponentes, que eran incapaces de reaccionar y refutar los argumentos que había presentado. De esta forma, lograba generar una percepción de debilidad de la teoría evolutiva”.

“La cuestión de fondo, y lo que hace que la técnica sea tremendamente efectiva, es que es más fácil y mucho más rápido difundir medias verdades que refutarlas, que exige más tiempo y energía”.

Se conecta con la ley de Brandolini, “también conocida como el principio de asimetría de la estupidez (...)que enfatiza la dificultad de desacreditar información falsa, cómica o engañosa: la cantidad de energía necesaria para refutar bullshit (falsedades, estupideces) es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlo”.

“Es una técnica bastante extendida en política norteamericana, la usaron Mitt Romney y Donald Trump. En España, en la última campaña, la utilizó Alberto Núñez Feijóo”.

Eso es lo que hace Javier Milei, qué hacemos nosotros los periodistas es la cuestión. ¿Aceptamos lo impensable como aceptable por efecto de la repetición ametrallante? A diferencia de la opinión pública, que recibe pasivamente las informaciones dadas, los periodistas y los medios en su conjunto como integrantes del sistema de formación de subjetividad de la sociedad tenemos la posibilidad de resistirnos al encuadre que desde cualquier gobierna se aspire a instalar como un relato; de la misma forma que lo hicimos con el kirchnerismo –con la misma vara–, hay que realizarlo con todos los gobiernos autoritarios.

En las reuniones que tuve en Brasil la semana pasada, el director del principal diario de San Pablo me decía que un colega suyo de Argentina justificaba el apoyo a Milei diciendo que en el balotaje era “un hijo de puta y un loco, que como el hijo de puta no cambia prefieren al loco con la esperanza de que con un buen psiquiatra se lo encamine”.

 En el otro extremo del campo ideológico, Juan Moteverde, el candidato de izquierda que sorprendió al casi ganar la intendencia de Rosario, citó la bella frase de Sartre en un tuit diciendo: “Solo en la acción hay esperanza”. Aquellos que prefirieron “al loco” y tienen capacidad de influir en la construcción del sentido común de época tienen la doble obligación de actuar –metafóricamente– como psiquiatras del loco ayudando con la crítica a recorrer el camino de la cordura.

Un presidente que elige Balada para un loco, romantizando el desvarío, requiere más que ninguno un periodismo que no se deje “secuestrar el estado de ánimo” ni se amedrente frente a las falacias de “ensobrados”, “viven de la pauta” (igual que Néstor Kirchner), “operadores”, “defensores de privilegios”, “pobre ser amarrado a la lógica de la vieja política putrefacta”, “que no la ve ni cuadrada”.

Milei quiere disciplinar a periodistas, como Néstor Kirchner. No lo va a lograr.

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