El presidente se repite en su show para captar la atención, pero la crisis que no resuelve se lo puede devorar. La patología del poder libertario, en un analsis contra la corriente.
Por
Diego Genoud
Javier Milei vuelve una vez más al Foro de Davos para hablarle a los Ceos del planeta, leer un discurso interminable y viralizar un nuevo álbum de fotos. Son los lujos que se da, convencido de que en la escena doméstica no tiene oposición ni tema que lo motive demasiado. Como en Jesús María con el Chaqueño Palavecino, el presidente se entrega al show con su público y se desentiende de la gestión, amparado en su alineamiento con Donald Trump. Pero su fortaleza real es un enigma, en una economía que no reacciona, vuelve a tener la inflación en alza y tiene por delante una montaña de vencimientos de deuda por pagar.
Un trabajo reciente del consultor Mariano Boiero analiza a Milei en clave opuesta a como él mismo se ve y se vende: no como una figura disruptiva sino como parte de una Argentina espectral, como si el presidente fuera el encargado de apagar la luz en un escenario político que tiene la vitalidad de una funeraria. Para Boiero, el topo Milei renuncia a la gestión para dedicarse a la batalla cultural y tiene déficits que le van a impedir consolidar su proyecto. Milei, dice, no es un animal político que construye poder sino un animal escénico que captura la atención. Esa diferencia puede marcar el fin de su experimento.
Entre los méritos que le adjudica, el autor sostiene que el líder de La Libertad Avanza es un actor que hoy exhibe una capacidad de aprendizaje táctico superior a la de sus adversarios y tiene un olfato animal para leer el clima social y redireccionarlo discursivamente en función de sus intereses. Sin embargo, dice, esa flexibilidad convive con una rigidez estratégica absoluta. Es un liderazgo que padece una limitación estructural: no puede dar el salto de la destrucción a la construcción. Por su adicción al show, Milei está condenado a repetirse a sí mismo, sin capacidad de institucionalizar un poder propio y construir un legado. Un piromaniaco sin capacidad de sembrar nada en la tierra arrasada de la que surgió y en la que se revuelca sin horizonte.
Politólogo y consultor especializado en estructura y gobernanza, Boiero afirma que Milei es el último exponente de una Argentina donde pesan todavía dos liderazgos del pasado, el de Cristina y el de Macri, los dos ex presidentes con los que hace sistema y los que analiza en detalle, tanto desde el punto de vista de lo que conservan como de lo que perdieron.
Por debajo de esas tres figuras dominantes, el autor ve un Centro Zombi y una legión de Sonámbulos que vienen de fracasar por enésima vez en las legislativas de 2025 y convierten en un paseo la confrontación política para Milei. “La oposición tradicional y el peronismo no cristinista operan bajo una lógica de volumen sin gravedad. Ocupan bancas, emiten comunicados y conservan estructuras burocráticas, pero caminan dormidos, desconectados de la vigilia brutal de la demanda social. Su patología es la inercia: ofrecen moderación y expediente administrativo en un momento histórico que exige sentido y conflicto”, dice Boiero.
En ese universo, habitan también los gobernadores que asumen una función puramente transaccional. Muy lejos de lo que alguna vez fue una Liga de gobernadores: dejaron de ser un bloque de poder que busca imponer un presidente y se convirtieron en un sindicato de acreedores. Trabajan la supervivencia individual y condenan al país a la orfandad.
En su análisis, titulado “Argentina espectral, Patologías del poder y la reconstrucción posible”, Boiero dice que los sonámbulos son tan necesarios para el trámite administrativo de la democracia como irrelevantes para la resolución del conflicto central. Hasta que no despierten de su inercia no van a poder construir un nuevo centro de gravedad política y van a seguir como el ruido de fondo de una época que se define en otra parte.
Lo central del trabajo es que no ubica a Milei como una solución a la crisis del sistema político sino como su máxima expresión, su manifestación más brutal. El último estertor de una larga agonía. “Entender la naturaleza espectral del poder actual es el primer paso para comprender que lo que hoy parece sólido —la popularidad del ajuste, la inevitabilidad de la decadencia— es tan volátil como el claroscuro que lo engendró”, afirma Boiero.
La pregunta que ordena el texto tiene que ver con la forma adecuada de enfrentar al gobierno de un animal escénico que no gestiona ni echa raíces. Para Boiero, el verdadero límite a Milei no es el rechazo sino la superación y, mientras la conversación pública siga atrapada en la dialéctica Milei-AntiMilei, el ex panelista seguirá ganando. Solo cuando la demanda social mute del castigo a la reconstrucción, Milei estará de salida y dejará detrás suyo la misma tierra arrasada de la que nació. No habrá una nueva Argentina, no habrá refundación, ni cimientos sólidos ni nueva institucionalidad. Solo un terreno baldío donde, para el autor, harán falta arquitectos y ya no tendrán función profetas y bomberos.




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