El último alarde de optimismo K: superar el 60% de Perón del ’73

Fernando Gonzalez

Muchos lo disfrutan y muchos lo sufren en los circuitos del poder. El optimismo es hoy la moneda de mayor circulación en el universo kirchnerista. La muerte de Néstor terminó con la caída en las encuestas y abrió un horizonte de reelección para Cristina. Hay quienes todavía prefieren la prudencia pero prevalecen los kirchneristas que apuestan a ganar la elección presidencial en primera vuelta. En este grupo sobresale una decena de funcionarios con despachos en la Casa Rosada que se ha puesto un objetivo aritméticamente temerario: quieren que el 23 de octubre la Presidenta obtenga mayor porcentaje que el que sacó Juan Domingo Perón en 1973.

Si sólo se tratara de votos, no sería una hazaña porque en 2007 Cristina ya había obtenido 8.651.066 sufragios, bastante más que los 7.359.252 votos que sacó Perón el 23 de septiembre del ‘73. Pero cuando se habla de porcentajes, todavía nadie superó el 60,1% con el que el ya anciano líder dejó atrás a su histórico rival, el radical Ricardo Balbín que no alcanzó el 24%. Por eso, los cristinistas que sueñan con romper el record del general deberán rebasar el 60% de la masa de votantes, algo así como 13 millones de votos positivos de acuerdo al grado de participación electoral que se registre en octubre.

Más allá del laboratorio electoral, siempre pasible de errores de cálculo, es interesante evaluar las hipotesis que se esconden detrás de los números. En su columna del lunes 23 de mayo en El Cronista, Luis Majul ha escrito que hay kirchneristas diseñando planes de reforma constitucional para que Cristina tenga una nueva posibilidad de ser reelecta en 2015. En esas ideas se asienta el sueño oficialista de eternidad que estrenó la diputada Diana Conti hace algunos meses.

Hay que recordar que los proyectos de eternización no son privativos del kirchnerismo. El Consejo para la Consolidación de la Democracia, que Raúl Alfonsín impulsó a mediados de los ‘80, no tenía mayor objetivo que la reelección del líder radical que terminó yéndose antes de tiempo de la Casa Rosada. Una década después, Carlos Menem alargó a diez años su permanencia en el poder mediante el Pacto de Olivos con la UCR, y también intentó la alquimia de la re-reelección que no consiguió pero que hirió de muerte las pretensiones de Eduardo Duhalde de heredarlo en la Casa Rosada.

A casi 30 años de la restauración democrática, los dirigentes pasan pero quedan en pie las heridas más lacerantes de la sociedad. La pobreza, que no cede; la inseguridad, que se acrecienta; y la inflación, que siempre vuelve y complica las posibilidades de los sectores más desprotegidos de la Argentina. Sobre ese escenario resbaloso, los gobiernos consumen tiempo y energía planeando el modo de perpetuarse en el poder. Y repiten el error histórico de no entender que es el foco en la gestión lo que les va a permitir mantenerse en el tiempo. El kirchnerismo es la víctima más reciente de esta enfermedad incurable. Una simple mirada atrás le permitiría aprender de los fracasos del alfonsinismo y del menemismo. O del fracaso de aquel Perón anciano de los ‘70, al que le envidian la masividad de los votos y del que casi han olvidado el cóctel de confrontación y decadencia en que terminó todo aquello.

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